El perro meó tranquilo, largo y tendido, con dedicación. Después arrancó al trotecito y se perdió doblando la esquina. Dejó tras de sí un riacho amarillento y humeante que lentamente se filtró entre las juntas de las baldosas y llegó hasta mi boca, todavía entreabierta, todavía sangrante. Podía sentir el frío del cordón en toda la cara, y podía escuchar claramente a la gente que charlaba en uno de los balcones cercanos. Pero no podía hablar. A pocos centímetros, cerca del cantero con las begonias, vi tres o cuatro de mis dientes desparramados, los reconocí por las manchas de nicotina y alquitrán que todos me criticaban. Eran las tres de la mañana, buena hora para morirse en la vía pública.
