Revista Cultura y Ocio

331/365 Malcolm Lowry

Por Calvodemora
331/365 Malcolm Lowry

“Bajo la influencia del mezcal , aquellos que en la vida normal son los mejores amigos harán lo posible por asesinarse uno al otro; pero una amistad nacida del mezcal, lo sobrevive, sobrevivirá a cualquier cosa.”

“Todas las nociones de libertad están asociadas al alcohol
y nuestro ideal de vida se reduce a una cantina
donde los hombres puedan sentarse y hablar y tal vez pensar
sin miedo al dragón nocturno” 

Malcolm Lowry

En cuanto me despeje un poco, me aturdo otra vez. Aturdido se vive mejor. Si me despejo del todo, sin esa ebriedad manejable, no sabría entender el mundo. Tampoco escribir. Hace falta un cierto grado de ebriedad para que fluyan las palabras. He probado a escribir sobrio, lo juro. Lo que se consigue al beber es verse uno. No hay espejo más franco. Ninguno que yo haya usado devolvió una imagen en la que me reconociese más. Para que yo, Malcolm Lowry, entienda el mundo no es indispensable el entendimiento, la cuenta cartesiana, el volcado de unos datos. Basta ir hasta arriba de ron. He sentido vibrar mi cuerpo al permitir que el alcohol lo recorriese como un río vertical y sincero. Quién puede decir eso. Son las metáforas las que nos informan del vaivén de las cosas, de su vértigo, de su fuego, de su veneno. Hay una ebriedad sin la que no podría respirar. Ni escribir, creo que ya he citado eso. Otra sin la que no podría leer. Confieso que leo poco. Apenas tengo tiempo. Cuernavaca es el paraíso. Puedes tener tres vidas y no conocer esta tierra linda de Méjico. En ocasiones, en excepcionales (y poco recomendables, añado) estados de sobriedad absoluta, reconozco que soy incapaz de comunicarme con los demás o incluso de razonar conmigo mismo. Mi mujer me entiende. Mi mujer no me entiende. Todas las mujeres que he tenido me han entendido. Todas las mujeres que he tenido no me han entendido. Qué puede hacer uno para que haya siempre una respuesta, no dos. Preguntado sobre qué es ese aturdimiento sobre el que construyo el mundo, respondí a alguien que no sabría explicarlo. Ni siquiera aturdido. Explicar algunas cosas es rebajarlas. Tengo en la cabeza una novela que contestará a todo. Necesito tiempo. Mezcal, ron, tiempo. Voy a escribir una novela que se va a llamar Bajo el volcán. Tardaré 10 años en finalizarla. Haré guiones para flojas películas de Hollywood. Iré de puyas a Sausalito. Tengo hígado para llegar al final. Para escribir tres obras maestras. He visto mi futuro y he sido agradecido. No será una mala vida. Las hay peores. He bebido tónico para el cabello en mis años jóvenes, cuando papá me pagó un viaje por el mundo. Cosa de ricos. He nadado en piscinas de la aristocracia y dormido con jóvenes de senos pequeñitos. Salvo por la sífilis que traje a casa y el suicidio de un amigo que me quería más de lo que deseé admitir, fue una experiencia altamente reconfortante. El infierno no es Méjico, como me he forzado a creer tantas veces. Debe estar en algún lugar, pero no aquí. Es un paraíso, si no piensas en las chinches y en ese culto enfermo a los muertos. Jan me ha limitado a un litro diario mi ingesta de alcohol. Es una buena esposa. Trato de hacerle comprender, pero no sabe que escribir una novela es un trabajo heroico y no hay héroe que no se dispense un milagro secreto, un reconstituyente primario. Mi sed natural me llevó a perderme días enteros. En una cárcel de Oaxaca pasé una noche. Temí que me castraran. Eso hacen con los comunistas. Miradme, les dije. Estoy borracho. Papá me liberó. Deja Méjico, deja la bebida, juega al golf, lo hacías bien, toca el ukelele en casa, escribe poemas de amor, sienta ls cabeza, ten fe en algo, vuelve a la iglesia. No se dan argumentos sobre la fe o sobre el enamoramiento, que vienen a ser la misma cosa. La ebriedad es un don, papá, no está al alcance de quien no cumple algunos mínimos requisitos. Hay que saber embriagarse. Papá no va a leer nada de lo que su niño el etílico. Tardaré en morirme: es el mezcal, son los dioses antiguos, ellos me confieren ese milagro, ellos me asisten. Un deliro con Dios de mi parte. No todos los delirios son satisfactorios. Algunos, los menos, son una epifanía que uno reclama para sí, por ver si conforta, por sentir esa comezón litúrgica, ese pequeño espasmo de luz pura.  Lo verdaderamente relevante de este acercamiento mío al mundo es que todo finalmente transitorio. No puedo contar en qué consiste el mundo. Tampoco en qué consisto yo. Hay una literatura del yo por ahí que no gusta por igual. En cuanto acometo la empresa de desmenuzarlo todo (esto que ahora escribo, pongo por caso) desbarro, me explayo en describir la periferia, eludo (creo que a posta) toda indagación fiable. Será la embriaguez sobrevenida. Si ahora dejo de escribir y releo este texto, pensaría que pertenece a otro. Son siempre de otros las cosas, no las tengo en propiedad, no soy del gusto de releer, ni de considerar que puede haber una corrección. Habría tramos que me resultarían inasequibles. Las briznas de complicidad son las que me informan de que es posible que yo sea el autor y que pueda considerar que algo mío (intransferible en otro formato que no sea el escrito) esté aquí, ofrecido como una confidencia, revelado sin pudor, como si fuese posible que alguien, al leerlo, pudiera contármelo más tarde. La otra opción es despejarme definitivamente, adoptar eso que en los otros a veces tanto me aleja de ellos y que consiste en una visión cartesiana de las cosas, no inmiscuyéndome jamás en lo escondido, desplazándome por la epidermis, al modo en que lo hacen otros y disfrutan en el empeño y no consideran qué se pierden al no caer en la cuenta de que hay un mundo retirado del visible, poco o a veces nada proclive a su desmenuzamiento sencillo, que precisa de una voluntad poética, al menos al comenzar, antes de que se requieran otros instrumentos. Pero no es una opción que me agrade. Conste que he pensado en ponerla a mi servicio. Incluso me he convencido de que me confortaría, que si me privaba de lo que ahora me entusiasma (el asombro, la perplejidad, la metáfora, el extrañamiento)  mi existencia no miraría al abismo y el abismo no se obstinaría en mirarme a mí. Abismado se vive mejor. Si me desabismo, sin esa caída lúdica y lírica y dulce, no sabría entender el mundo, y debe entenderse el mundo. Yo creo que una de las cosas a las que venimos al mundo es a entenderlo. Una vez entendido o mientras se va entendiendo va uno contando a los demás los avances, todo lo que se va dejando caer del lado de las revelaciones. En cierto modo, la religión no deja de ser una especie de grandilocuente manifestación de estas pequeñas consideraciones mías. En cuanto se advierte un esfuerzo por estabular estas conclusiones metafísicas, se las malogra. El hecho de que la religión no cuaje como debiera en toda criatura humana es porque se burocratiza en demasía. La fe, rebajada al lenguaje, contada al modo en que siempre ha sido contada, en parábolas, en pasajes fundacionales, en ensoñaciones apocalípticas, se malogra. La fe pura es la que se adensa pecho adentro y no se deja contar. En tales casos, soy un hombre de fe. El alcohol es divino, permitidme el recurso fácil. Me despeja saber que creo en algo. Me conforta. No sé qué fe es de la que hablo, ahora que lo pienso. La fe no es de pensar. Es metáfora. Es corazón. Es una dinamo loca que mueve el mundo. No es es la fe que se airea en los templos ni la que ha ido fluyendo por las generaciones, procurando un paraíso a sus feligreses. Esta fe mía es una que no sabría decir si lo es enteramente. Como si fuese una fe voluble, de idas y venidas, una que me visitase y me asistiese en gozo y que luego, como una amante eventual, lúbrica y atenta a todo lo que le pido, me abandonase con la promesa, en la partida, del buen regreso. La embriaguez es un receso de algo. Se escribe de ella para sentir que tiene alguna utilidad, aunque el cuerpo se hunda y la voz se abisme. Desde una distancia de la que no poseo certeza, me veo muriendo en mi propio vómito después de perseguir a una mujer con una botella vacía de Ginebra cara con intención de hacerle un siete en el pescuezo. Me gusta de vez en cuando el lenguaje chabacano, lo grosero. Papá mandará un Rolls para que me saquen otra vez del calabozo. En los de Nueva York no hay colegas de penurias que te quieran cortar los  huevos. Por lo menos, dejaré una gran novela. Eso hará que se me recuerde. Lo de menos será el infierno, la lujuria etílica. Ya tengo pensado mi epitafio: yo, Malcolm Lowry, difunto de Bowery, su prosa era Florida y a veces reñía. Vivió de noche, bebía de día y murió tocando el ukelele”. Tendré 48 años. Olerá a mezcal mi tumba. Hay aromas fuertes. El mezcal es un líquido incoloro con aroma de éter, que sabe a agua oxigenada o petróleo. Diré eso para que un biógrafo lo registre. Si alguien cierra los ojos mientras lee la historia de ese día de los muertos que me llevará diez años escribir olerá el tequila, el ron, el mezcal -ese brandy blanco-  y hasta habrá tortitas y tacos. Me encantaría que me enterrasen en el suelo de El farolito, la cantina de todos los borrachos de Méjico. El Cónsul y yo. En El farolito. 

En cuanto me despeje un poco, me aturdo otra vez. Aturdido se vive mejor. Si me despejo una imagen en la que me reconociese más. Para que yo, Malcolm Lowry, entienda el mundo no es indispensable el entendimiento, la cuenta cartesiana, el volcado de unos datos. Basta ir hasta arriba de ron. He sentido vibrar mi cuerpo al permitir que el alcohol lo recorriese como un río vertical y sincero. Quién puede decir eso. Son las metáforas las que nos informan del vaivén de las cosas, de su vértigo, de su fuego, de su veneno. Hay una ebriedad sin la que no podría respirar. Ni escribir, creo que ya he citado eso. Otra sin la que no podría leer. Confieso que me abandonase con la promesa, en la partida, del buen regreso. La embriaguez es un receso de algo. Se escribe de ella para sentir que tiene alguna utilidad, aunque el cuerpo se hunda y la voz se abisme

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