Revista Cine

“A Streetcar Named Desire”, de Elia Kazan

Publicado el 01 marzo 2010 por Avellanal

La figura de Elia Kazan me suscita, reiteradamente, sensaciones encontradas. Se me antoja que su caso, aunque con matices desiguales, se asemeja al de Roman Polanski, otro director tan controvertido, menos por sus cualidades dentro del set de filmación que por su proceder en la vida misma. Con el correr de los años, ha quedado en claro que las películas de Ed Wood son desastrosas en sí mismas, por sus guiones propios de infantes, por sus actuaciones lamentables, por sus montajes destructurados, y no porque al mítico director le agradara travestirse. Sin embargo, a la hora de poner bajo la lupa algunos trabajos de Elia Kazan, depositarios de un enfoque desencantado e inconformista con relación a la época de prosperidad que sobrevino una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, resulta problemático dejar de lado la contradicción que significó su colaboración con el Comité de Actividades Antiestadounidenses en pleno auge del macarthismo. Una vez más: la biografía del artista no es ni remotamente la única clave para comprender su obra, ni mucho menos un elemento que deba entrometerse cuando ésta es adjetivada. No obstante, reitero: al enfrentarme a sus films no puedo dejar de pensar en el paradojal itinerario de un hombre que, por medio de sus mejores legados artísticos, trasladó a la pantalla grande una visión ácida del american way of life, para luego defenderlo a capa y espada, traicionando colegas sin ninguna clase de cosquilleo.

“A Streetcar Named Desire”, de Elia Kazan

En ese sentido, si hay una película de su autoría que merezca erigirse como emblema de lo antedicho, a mi entender A Streetcar Named Desire se posiciona como la más apropiada. El nombre de Tennesse Williams –autor de la obra de teatro y a la vez guionista de la adaptación cinematográfica– normalmente nos remite casi de modo automático a una serie de tipologías temáticas: seres atormentados por un pasado acuciante y condicionados por la subrepticia presencia de unos deseos reprimidos en permanente peligro de eclosión, al tiempo que, como trasfondo, esas características especiales generadoras de individualidad entran en colisión con las normas culturales totalizadoras e impermeables que impone la sociedad. Todo eso se hace presente en la historia de Blanche, Stanley y Stella, con el agregado de un contexto socio-político que la sitúa en tiempo y espacio, permitiendo de este modo plasmar una mirada menos idílica de los años de posguerra en los Estados Unidos.

Blanche, al encarnar la decadencia de la aristocracia terrateniente (decadencia que no sólo se verifica en la progresiva pérdida de las extensiones de tierra), que por un lado pregona el puritanismo a rajatabla,  pero por el otro no tiene reparos en deshonrar esos mandatos pétreos, se convierte en el personaje más rico y enigmático de la obra. Soñadora, refinada, de una fragilidad lindante en lo patológico y con un infamante pasado que se empeña en ocultar, por momentos salpican en su atormentado ser, reverberaciones de Emma Bovary. Stanley, por su parte, no es más que uno de esos individuos arquetípicos surgidos de la pluma de Tennesse Williams: rudo hijo de inmigrantes polacos, representa la carencia de sentimientos, la brutalidad y el machismo en estado puro. Asimismo, su participación en la gran guerra brinda una de las pistas para trazar un perfil menos grueso: quizás de allí deriven, como vestigios del horror, la inestabilidad emocional y la imposibilidad de lograr un equilibrio, que se traslucen en necesarias conductas de violencia y dominación Por último, Stella (hermana de Blanche y mujer de Stanley) completa el trío protagónico, personificando el ideal conservador de la sumisión femenina, la tolerancia (mezclada con resignación y temor) despojada de todo juicio crítico.

Al ponerse en la piel de Stanley Kowalski, un Marlon Brando sudado y tosco, con la camisa desgarrada y despeinado, alcanzó definitivamente las luces de su merecido estrellato, comenzando a forjar un sinuoso camino que lo transformaría en un mito cinematográfico como no ha habido igual. ¿Qué otros actores han logrado transmitir a tal grado ese animal magnetismo con un arrebato de ira o un par de gritos? El enfrentamiento actoral que mantiene con Vivien Leigh es también antológico porque ambos actores poseían, en mayor o menor medida, rasgos salientes de sus respectivos personajes. La otrora Scarlett O’Hara, se reconstruye –diez años después– en una conmovedora Blanche que refleja todo su martirio interior por medio de unas poderosísimas miradas, y entonces los espectadores asistimos, sumidos en una suerte de hechizo, a un penoso y lento desmoronamiento en pantalla. El contraste entre la delicada profesora de Lengua y Literatura y el inculto obrero de sangre polaca, su carácter de sujetos portadores de ideales culturales irreconciliables, es tan abismal como lo son las formas interpretativas de Brando y Leigh. Pese a que ellos dos monopolizan el centro de atención durante todo el metraje, en las actuaciones de Kim Hunter y Karl Malden, el director encontró complementos de lujo que fortalecen el resultado final del filme.

“A Streetcar Named Desire”, de Elia Kazan

Algunas fisuras en el guión –con respecto al pasado de Blanche, omitiendo el descubrimiento de la relación homosexual que llevó a su marido al suicidio, y pasando por alto la violación que sufre por parte de Stanley, así como una sustancial modificación en el desenlace– no le quitan en absoluto su carácter netamente teatral a la película de Elia Kazan. Es sabido que no necesariamente por basarse en una obra de teatro, una adaptación cinematográfica debe patentizar características propias de dicha arte escénica. Así lo demuestran múltiples versiones de El sueño de una noche de verano o Romeo y Julieta, entre otras, que con mayor o menor pericia han sido llevadas al cine. Dejando de lado ya las interpretaciones, es necesario precisar que los ambientes reducidos y la escenografía minimizada favorecen a la creación de una atmósfera renegrida y claustrofóbica en la que los protagonistas permanecen inmersos, invariablemente. La redención no parece posible en el humilde hogar de los Kowalski, las heridas no cicatrizan en el barrio obrero de New Orleans donde abundan las tabernas, los modales groseros, el blues, el alcohol y la muerte. Todos los caminos conducen al psiquiátrico, y al final nos sobrevuela la duda: ¿quién triunfó en este duelo de vanidades rotas y autodestrucción? Estimo que en la dificultad que se nos presenta a la hora de determinar tal dilema también radica un pedazo del deslumbramiento que causa hasta el día de hoy A Streetcar Named Desire, o la contracara de la bonanza de posguerra.

A Streetcar Named Desire (EE.UU., 1951).
Director: Elia Kazan.
Intérpretes: Vivien Leigh, Marlon Brando, Kim Hunter, Karl Malden, Rudy Bond, Nick Dennis, Peg Hillias.
Calificación: 8,25.


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