
Cobertura especial de Espectadores.
A mes y medio del fallecimiento de Alain Resnais, cuesta reseñar Aimer, boire et chanter como otra película del prolífico y admirado cineasta francés. Tampoco ayudan los noventa años de edad que el autor de Noche y niebla acusaba cuando filmó éste, su último largometraje. Nos sucedió cinco BAFICIs atrás con Eric Rohmer y su adaptación de Les amours d’Astrée et Céladon: ambas experiencias dan más ganas de celebrar la pasión imprescriptible de estos Maestros que de criticar las historias y estilos narrativos elegidos para renovar sus votos con el séptimo arte.
Curiosidades del oficio cinematográfico y/o de la existencia humana, el trabajo póstumo de Resnais gira en torno a un enfermo terminal cuya muerte es inminente. Aunque los espectadores nunca lo vemos en escena, este personaje juega un rol tan fundamental como los otros seis a cargo de Sabine Azéma (la esposa -ahora viuda- del director en la vida real), Hippolyte Girardot, Sandrine Kiberlain, André Dussollier, Caroline Sihol y Michel Vuillermoz.

En honor a la verdad, los alérgicos al teatro filmado habríamos preferido que Resnais se despidiera con un guión cinematográfico original en lugar de con una adaptación artificiosa de ¡encima! una pieza británica (Life of Riley). Sin embargo, las circunstancias póstumas de proyección conmueven tanto que aún los espectadores reticentes sucumbimos a esta versión de la obra de Alan Ayckbourn, primero porque se trata de una despedida, segundo porque auspicia un inesperado reencuentro con el dramaturgo que inspiró el rodaje de la entrañable Adorable seductor, tercero porque nos brinda la oportunidad de volver a ver a los actores mencionados, en especial a la gran Azéma.