Revista Cultura y Ocio

Alea iacta est – @LaBernhardt

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

La palabra latina ars, artis significa “talento, habilidad”, sonaba en el aire la voz de Ana, la catedrática de Latín I, y yo me quería morir porque la mesa no me había contestado. Sí, así como se lee, pero luego volveré a este momento dramático. Sitúense, amigos: era viernes y en la tercera planta del edificio de Filosofía y letras sólo quedaban los enamorados de Ovidio, la profesora y yo, que en la vida hubiera escogido esta asignatura de no haber sido obligatoria en todos los primeros de filología.
Estaba allí por eso y por algo más espiritual: vamos, que me había enamorado hasta las trancas de un tío que también estaba en Latín.
“Muy bueno debía estar ese para que un viernes por la tarde estuvieras en clase, pringada”, estaréis pensando.
Pues ni puta idea, la verdad. Y ahora es cuando viene lo bueno: veréis, me enamoré de alguien que no había visto pero con el que me escribía en un trocito de mesa de la clase de Latín, como en una versión analógica de lo que algún día sería Twitter; llegar a engancharte a una persona a través de sus palabras, acudir puntual a la cita con una mesa en una clase aburrida, un viernes, y esperar el milagro de leer su mensaje. Me podréis llamar loca, de acuerdo, pero no digáis que no os recuerda peligrosamente al amigo Twitter…
Grosso modo -un saludo en forma de patada en los huevos a todos aquellos que dicen “A grosso modo”- aquí está la historia, pero volvamos al momento en el que deseé mi muerte, o no, mejor vayamos a cuando todo empezó:
Un viernes, por accidente, me refugié en el aula de Latín I. En mi ciudad no hace un frío polar, pero aquel invierno fue duro para lo muy mediterráneos que somos en la millor terreta del mon.
Tenía ensayo con la compañía de teatro pero aún faltaban dos horas para la cita,así que pensé: “Me meto a Latín, a ver por dónde van”
Llegué a clase y menudo el panorama: 30 estudiantes, como mucho, y una profesora a punto de jubilarse. Nunca entenderé qué es lo que gusta tanto de esta asignatura y en eso mismo debí estar pensando cuando, delante de mí, apareció algo que me hizo sonreír: la mesa tenía una pequeña endidura, en la esquina superior derecha, como una cueva pequeña y protegida por la capa de conglomerado, que resistía. La levanté con cuidado; en ese hueco cabría un mensaje. Y así pasó, que arranqué un trocito de mi libreta y escribí: “Hola, me aburre el latín de los viernes de la eternidad”. Introduje mi mensaje absurdo en ese hueco y cerré con cuidado la puerta de esa cueva mágica.
A la semana siguiente, un miércoles después de Lengua Inglesa I, subí al aula de Latín y fui directa a mi mesa. Y, oh, sorpresa, alguien había contestado: “Hola desde mi aburrimiento, hola desde la quinta declinación, en esta tercera planta de la eternidad”
Me tocaba Gramática, pero qué coño, me quedé en esa clase, en mi mesa de los mensajes y mientras un profesor hablaba de las subordinadas completivas con Quod, yo escribí otro mensaje, pequeño y lleno de sonrisas.
Durante los siguientes meses, además de ir conociendo a un desconocido, perdí -más- clases de lo habitual porque hacía guardia, literalmente, en la puerta de ese aula. Alguien, y no sabía quién, entraba allí, sin un orden ni una rutina de horario, y me contestaba.
Un día, la cordura me dio una hostia y me dijo: “pero tú qué coño haces dejándote mensajitos con alguien que no conoces, joder. Y encima tienes novio, zorra, que eres una zorra”.
Sí, ya veis, muy simpática la voz de mi conciencia. Y muy bien mandada yo, que dejé de escribir.
La buena voluntad y la promesa de una nueva vida sin gilipolleces me duró tres semanas, porque el cuarto viernes del mes de abril entré en el aula como si me persiguiera el diablo. La mesa estaba ocupada por una chica con cara de muy mala hostia, fruto sin duda de la pareja imposible: viernes por la tarde y latín. Me acerqué a ella y le dije: “tú no me vas a entender, pero es que yo, si no doy la clase en este sitio, me vuelvo muy loca”. Se levantó y nunca nadie me ha mirado con tanto susto como esa pobre chica lo hizo.
Levanté la tapita de conglomerado y encontré tres papelitos: un “Beso desde este viernes que huele a primavera. Sigo pensando en que deberíamos vernos”, otro “Sin tus mensajes, el latín es tan feo…beso desde este martes de abril” y un último “Imagino que De Catilinae coniuratione y mis mensajes te hemos matado de aburrimiento… Un beso desde este aula de la eternidad”.
Los recogí y salí del aula. No dejé ningún mensaje… hasta el viernes siguiente, y no encontré mensaje; mi chico eterno se había esfumado y yo, como ya os he contado, me quise morir. Así que desde la oscuridad de no encontrar mensajes en mi mesa, escribí un “Vale, quedemos fuera de esta fantasía, dejemos de ser eternos, seamos valientes y reales: quedemos en el mundo de verdad”
El lunes, ya tenía contestación:
“A las 8, este viernes, en la Pinada de los cuentos. Seamos reales. Alea iacta est”.
No sé cómo se pasan los días cuando sabes que vas a cagarla hasta el fondo, ni sé cuánta culpa se acumula en la espalda hasta que el peso no te deja caminar. No sé de dónde sacamos sonrisas de mentira para los que viven en la ignorancia del “confío en ti, amor”. No sé nada ahora; menos sabía con 18 años. Sólo recuerdo que la rutina de la semana me escondió de los remordimientos que me perseguían, que los ensayos de teatro me dejaron descansar un rato y que, pasar por la Pinada de los cuentos, desde entonces, me produciría un vértigo que nunca se me ha terminado de borrar.
Sé también que en esa clase de latín, ese viernes, entendí la Teoría de la relatividad de Einstein, porque nunca una hora fue tan eterna.
10 minutos antes de terminar la clase, lo decidí: no iría, no lo conocería. NO. Debía parar esa estupidez: yo tenía una vida real, una de verdad, -para, para por favor- me gritaba esa voz sorda, y yo paré después de bajar los tres pisos, paré después de correr hasta el aula de teatro. Paré después de ensayar La casa de Bernarda Alba y llorar mi Adela como nunca me salió en un escenario. Paré y no volví a latín. Dejé esa asignatura olvidada y la aprobé en mi último año, sin volver a pisar ese aula.
Paré y no volví a actuar en la Pinada de los cuentos, como había hecho cada jueves, hasta pasado un año de toda esta historia.
Paré.
Y sin embargo, cada vez que encuentro una mesa con un huequito, dejo un “Hola, no pude acudir a la Pinada. No pude ser real. Un beso desde la eternidad”.

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