Son las seis y media de la mañana. El sol empieza a desperezarse por el este. El canto de los pájaros parece ahuyentar lo que queda de noche, que se bate en retirada. Un hombre con un raído mono de color blanco, con algunos parches descoloridos sale de una caravana vieja a la que el sol ha dado un barniz color crema. Camina por un asfalto hosco, con gravilla suelta, rumbo a la cafetería que hay enfrente. Alzando la vista por encima del enjambre de trailers y caravanas adivina a ver filas de gradas de madera en la ladera.
El hombre se ve reflejado en los sucios cristales de la cafetería en su camino. Varias personas de rasgos andinos limpian las mesas de migas. -Café. Solo.-masculla el hombre con voz grave. Un hombre al final de la barra, con un gracioso bigotito, se afana en la redacción de una especie de carta llena de tachones mientras da buena cuenta de un carajillo.
El rocío hace rato que ha desaparecido de la hierba y poco a poco la zona empieza a estar concurrida. Un montón de banderines triangulares de colores vivos ondean, mecidos por una suave brisa. El hombre del mono blanco se rasca la mejilla derecha y deja tras de si una mancha negra. La puesta a punto del motor le está dando problemas. Al fin y al cabo, el Alfa Romeo tiene más de veinte años. Con la mirada fija en un punto indeterminado, el hombre se recoge el pelo castaño en un enorme moño. Acto seguido se rebusca en el mono una cajetilla de tabaco. Dos mecánicos mientras tanto, tumbados bajo el coche, hurgan en sus tripas.
Tres pilotos conversan amistosamente sobre el partido de fútbol de la noche anterior. El hombre del mono blanco pasa a su lado y se saludan con un gesto de cabeza. Los conoce bien. El sol ya golpea duro y el hombre se despoja de la parte superior del mono, atándose las mangas a la cintura y dejando al descubierto una camiseta de tirantes también blanca, un fino colgante de oro con un crucifijo y una piel morena, curtida más que castigada. Fuma otro cigarro. La gravilla cruje bajo sus pies. Decenas de hormigas corretean sobre las líneas blancas que hay pintadas sobre el asfalto. Las líneas en algunos puntos apenas se ven, borradas por el paso del tiempo. Camina sin prisa pisando los pianos peraltados pintados con franjas rojas y blancas igualmente descoloridos, paseando por el lugar que luego recorrerá a toda velocidad. El hombre mira su reloj de pulsera. Tira el cigarro a medio fumar y da media vuelta, ajeno a la gente que alegremente bebe cerveza sentada en la hierba.
Una treintena de vehículos colocados en fila, rugen. Unas cinco mil personas, distribuidas a lo largo de todo el recorrido, aplauden entusiasmadas. El hombre del mono blanco se ha abrochado el cinturón de seguridad, ha besado su crucifijo antes de metérselo por dentro del cuello del mono. Se ha puesto unos guantes y ahora jadea a través del casco. Sigue con su ritual y después de guardarse el crucifijo da con el puño derecho cuatro golpes al techo del vehículo. Un pequeño dado de color rosa se bambolea colgado del espejo retrovisor. Cierra los ojos y “siente” su paseo por el asfalto de hace apenas una hora.
El speaker comienza a leer a través de varios altavoces un discurso que ha garabateado en la cafetería, a primera hora. -Hoy estamos aquí- comienza a hablar con voz impostada- alejados de los millones, del circo y la expectación mediática para rendir culto a lo auténtico. Lo auténtico somos nosotros.- El público aplaude enfervorecido las palabras del speaker, que hace una pausa. -…y acompañados por esta música celestial que son los motores rugiendo bajo este sol de jusicia quiero daros la bienvenida al circuito de las mil y una curvas. Bienvenidos a lo auténtico. Bienvenidos a lo indie. Bienvenidos al puto Circuito de Alejandría.-
El hombre del mono blanco abre los ojos. Rojo. Rojo. Rojo. Rojo. Verde. Con un rápido movimiento de muñeca mete primera mientras sus pies bailan sobre los pedales para soltar el embrague y pisar a fondo.
Visita el perfil de @Macon_inMotion
