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Alfred Hitchcock presenta: Posada Jamaica

Publicado el 28 septiembre 2010 por 39escalones

Alfred Hitchcock presenta: Posada Jamaica

El hecho de que Posada Jamaica (1939) fuera un mero entretenimiento con el que Alfred Hitchcock mató el tiempo mientras aguardaba a que se resolvieran definitivamente los flecos de su desembarco en Hollywood de la mano de David O. Selznick influyó de manera determinante en el resultado final. De hecho, el gran Hitch nunca quedó plenamente satisfecho de la historia ni del modo de contarla, aunque en ella aparezcan muchas de sus claves como narrador y consiga dotar a un argumento más propio del cine de aventuras de sus habituales gotas de suspense y profundidad psicológica.

Primera adaptación por parte de Hitchcock de una obra de Daphne du Maurier -le seguirían Rebeca (1940) y Los pájaros (1963)-, con guión de Sidney Gilliat y de la colaboradora favorita de Hitch -y probablemente también amor frustrado-, Joan Harrison, la película cuenta la historia de Mary (Maureen O’Hara, que en la práctica debuta en el cine en esta película, si bien del mismo año es su participación en Esmeralda, la zíngara, de William Dieterle, donde también comparte cartel con Charles Laughton), una joven huérfana irlandesa que, a finales del siglo XVIII, viaja a las costas de Cornualles para ponerse bajo la protección de su tía Patience (Marie Ney). Junto a su esposo, Joss (Leslie Banks), Patience regenta una taberna en la costa, la Posada Jamaica del título, que sirve de refugio a aventureros, náufragos, contrabandistas y marinos retirados que viven de recuerdos. También, sin embargo, la taberna es punto de reunión de un grupo de saqueadores, dirigidos por Joss, que manipulan las señales luminosas de la costa a fin de que los barcos colisionen contra las rocas y así, tras acabar a cuchillada limpia con los supervivientes, hacerse con las mercancías que transportan. Como la costa de Cornualles se halla siempre envuelta en fenomenales tormentas y tempestades, nadie sospecha de que se trata de naufragios provocados, y por tanto, la impunidad del grupo es total. Además, saquean barcos muy concretos, siempre buques cargados de riquezas cuyo paso por el lugar conocen gracias al chivatazo de un informador que no falla, un hombre bien posicionado que, en la sombra, maneja al grupo y que con las ganancias de sus actos de piratería intenta paliar las múltiples deudas que su alto tren de vida le proporcionan. Mary descubre el asunto cuando uno de los saqueadores está a punto de ser ajusticiado por los demás acusado de no compartir su parte del botín. Junto al marino, que esconde un secreto trascendental, buscan la protección del juez de paz, Sir Humphrey Pengallan (Charles Laughton), sin sospechar que él tiene más relación con el asunto de lo que creen.

La última película inglesa de Hitchcock antes de iniciar su etapa americana y de su retorno al Reino Unido más de treinta años después, es un compendio de las destrezas técnicas y de los intereses temáticos adquiridos por su autor hasta la fecha. Con una historia que, en esencia, al menos en su inicio, recuerda bastante al clásico de Stevenson La isla del tesoro, Hitchcock termina apostando por la intriga y el suspense por encima del componente aventurero de la trama, con una atmósfera a caballo entre las inquietantes puestas en escena asimiladas tras su breve estancia en la UFA durante el desarrollo del expresionismo alemán, junto con un gusto incipiente por la estética gótica que eclosionará un año después en Rebeca y que se mantendrá de manera intermitente durante el resto de su carrera, como en Psicosis (1960) o en La trama (1976).

Además, Hitchcock no abandona sus temas de siempre: el inocente injustamente acusado de un crimen que no ha cometido y el mundo de apariencias en el que nada es lo que parece, todo ello adornado con sus acostumbrados y sutiles toques de humor y rematado con un villano entendido en los clásicos términos de sofisticación y maquiavélica inteligencia, el personaje carismático que ha de actuar como polo de atracción sobre el que gire el interés de la trama. En ese sentido, Charles Laughton realiza una sublime interpretación de un personaje escrito a su medida (no en vano Laughton es también productor de la película), mientras que O’Hara deslumbra con una prometedora belleza que estallará poco después gracias a la magnificencia del color reflejado en su pelirroja cabellera.

La historia, destinada a un final feliz en el que todas las piezas encajen, los villanos sean brutalmente castigados o bien redimidos mediante una muerte catártica, se conduce entre el suspense, el romanticismo gótico y la violencia, y, como siempre en Hitchcock, cuenta con algunas escenas realmente impactantes, como son la colisión del navío contra las rocas que abre la película o el final en el que el malvado villano se precipita contra la cubierta del barco desde lo alto del palo mayor. Con lo que la película no cuenta es con el cameo de su director; Posada Jamaica es una de las cintas del mago del suspense en las que eludió aparecer ante la cámara, aunque eso, que ya había dejado de ser una necesidad de producción, no impidió que la película fuera un éxito de taquilla muy superior a lo esperado según la, en opinión del director, mediocre calidad del film.

El salto a Hollywood estaba a punto de producirse. El exitoso Alfred Hitchcock de la etapa inglesa iba a convertirse, no sin dura lucha, en uno de los mejores y mayores cineastas de la historia y en un icono cinematográfico reconocible en cualquier parte.


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