Revista Viajes

Amsterdam, Rotterdam

Por Maria Mikhailova @mashamikhailova

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Mi aventura holandesa llega a su fin. Lo cierto es que, a pesar de haberme quejado tanto, he llegado a cogerle cariño a este pequeño país del norte de Europa. En agosto, en pleno calor, tocaba dejar Munich, mis dos años de vida allí, una vida que había logrado forjarme en el país que lidera Europa, dejando allí amigos españoles y extranjeros, un piso amplio y luminoso en plena ciudad olímpica, un trabajo en el que no me estaba yendo nada mal… Tocaba cambiar de vida: país, ciudad, idioma, casa, amigos.

Al principio sentía miedo. El miedo siempre nos acompaña en los grandes cambios. Tocaba hacerse con una bici, incluso para comprar el pan. Tocaba descubrir la nueva ciudad, hacerme a sus costumbres, a su clima de libertad sin pretensiones, al sonido de su idioma poco agraciado.

De Rotterdam me llevo su modernidad, su moderna y estrambótica arquitectura que impresiona, su buen gusto por la decoración, su clima multicultural, su viento que cala, incluso en verano, sus semanas seguidas de lluvia y otras pocas de sol, sus lagos apacibles y paisajes de naturaleza calmada, de colores pálidos.

También hubo momentos difíciles: la dificultad de encontrar un trabajo; la caída de la bici que se incrustó en una zona de obras en los raíles del tranvía y mis dos semanas de recuperación; las empinadas y estrechas escaleras de los edificios antiguos, que te hacen preguntarte por cómo los holandeses, siendo tan altos, consiguen mantenerse en ellas sin caer, bajando o incluso subiendo; y la desafortunada pérdida o más bien robo de mi supermóvil de tarjeta dual en la biblioteca central.

Creo que pese a todo, echaré de menos esta biblioteca, moderna y original, como todo lo que se aprecia en Rotterdam. Y las famosas casas cúbicas… ¿a quién se le ocurrió la ingeniosa idea de que los humanos podíamos habitar en un cubo y que éste podía contener más de una planta y, a pesar de sus paredes inclinadas y ángulos agudos, seguir siendo perfectamente funcional?

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Hace un par de semanas había pasado un fin de semana en Amsterdam: la otra cara de Holanda. ¿A quién no le impresiona esta Venecia del Norte? Canales en medio de las calles empedradas, bordeados por sus empinadas casas antiguas, con la ilusoria amenaza de caer encima de los transeúntes en el momento menos esperado, edificios que huelen a madera y humedad entremezclando marrones, negros y rojos, albergando ventanales gigantes, bicicletas formando parte de la decoración urbana de cualquier esquina y espacio disponible, las mismas bicicletas a punto de atropellarme en más de una ocasión, pues parecen surgir de la nada y retoman la velocidad al doblar inesperadamente cualquier callejuela inadvertida.

Amsterdam es la antítesis de Rotterdam. Historia frente a la novedad, lo antiguo frente a lo moderno, lo holandés frente a lo cosmopolita. Amsterdam alberga esos talleres de pintura improvisados, de aire clandestino, tiendas de antigüedades curiosas, de decoración, de arte. Amsterdam es la cuna de los coffe-shops, de la música indie y estética algo hippy, del molesto olor a cannabis a todas horas. También esconde en su corazón el famoso barrio rojo, lugar donde la prostitución viene a ser una profesión como cualquier otra, en apariencia. Amsterdam no deja indiferente a nadie: atrae a curiosos, a turistas, a estudiantes, a gente joven, en busca de juerga, de libertad, y también a los mayores, los que buscan su arte y su historia o simplemente desean sentir una atmósfera diferente.

El barrio okupa es otro de los lugares emblemáticos de la ciudad. El color de sus fachadas chillonas, de su protesta pacifista, de su haz el amor y no la guerra, vive y deja vivir… resume perfectamente la filosofía de los holandeses, comerciantes natos, que saben vender y sacar ventaja de cualquier situación, sea o no moralmente aceptable.

Así es Holanda, así la conocí yo. No sólo pasé por esas dos ciudades, viajé también a Leiden, a Utrecht, a La Haya, a Dordrecht… Visité los tulipanes de mil formas y colores en su precioso Jardín del Edén llamado Keukenhof y me enamoré de sus molinos, sus prados verdes y la quietud de sus lagos. Pero si me preguntan si me quedaría a vivir aquí, probablemente diría que no. Holanda resulta interesante para una temporada, pero no siento que éste sea mi lugar. Aunque sin duda volveré de visita, especialmente en la época de los tulipanes, porque es un espectáculo que no podemos dejar de ver al menos una vez en la vida.

Y a modo de despedida, os dejo con un grupo holandés que escuché recientemente en Amsterdam y que me sorprendió gratamente. Es una mezcla de pop, jazz, country y swing… el resultado es sencillamente brillante. Y es que si algo me encanta de los holandeses es su exquisito gusto por la decoración y por la música. De momento no he conocido otro país en el que estos dos aspectos tengan tanta calidad.

Sacrlet Mae: Direction South

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