No para viejos.
Quique fue la primera víctima colateral del “viajecito” que nos dimos aquella noche. Suena muy feo decirlo, pero al ver que no estaba en los baños y no se le veía el pelo por ninguna parte, decidimos marchar los cinco restantes. Haciéndolo así, minimizábamos el riesgo de multa en caso de que pararan a seis dentro del coche. Lo siento, Quique, tío…
La salida al parking tuvo un efecto atronador en los sentidos, por lo menos en los míos. Chocolate estaba rodeada de arrozales cuyas aguas parecían una especie de pantalla colosal de neón, por el efecto de reflejar los cielos y el sol que salía, todo ello multiplicado por la saturación visual masiva que me inundaba, ay, mami. Los coches mostraban colores que nunca he vuelto a “ver”, palabrita, y las escenas dentro de ellos parecían imágenes de El Bosco (y total, no eran más que gente liándose porros o dándose el lote, ja).
Al entrar en el Ford Escort de segunda mano uno se dió un cabezazo, otro sufrió la caída de llaves y calderilla y Angie* -copiloto por ser chica- destrozó una uña al enganchar el cinturón. Parecían la Banda Patosa: “Aaaayy, la uñaa, leeche…” (la una), “La cabeza tío, osstia, que me entra dolor…” (el otro y, por último, el Señor Pierdecosas:) “Jodeer, no arranques aún, que no puedo coger nada…”. Esta última súplica llegaba tarde para el.
Porque yo ya había metido la primera, empezado a pisar el acelerador y -flipado como estaba- resulta que solté el embrague más bien tarde. El Ford salió rugiendo y levantando polvo -juro que sin querer- y poniendo perdido a un tipo que -para colmo- vestía vaqueros blancos.
Por todo ello, Vicente “risas de hiena” se meaba casi de las carcajadas, tanto por la polvareda como por el cubata que se le cayó a otro encima ( Sí, esta costumbre de entrar la bebida al coche era abominable) pero yo no estaba para risitas en ese momento y todavía no consigo reírme de lo que vino a continuación, oh, cielos.
Lo provocarían, seguramente, la entrada en la autovía de El Saler y la posterior aceleración y concentración en el movimiento. Noté que el volante “crecía” y mis brazos también. El espacio del conductor parecía agigantado, el parabrisas semejaba un escaparate enorme y el coche no parecía avanzar en ningún sentido.
No entendía el porqué, dado que yo estaba pisando a tope, pero la cuestión era que el paisaje a los lados se me antojaba una enorme alfombra, verde fosfito y por completo estática. El asfalto de la carretera mostraba una textura preciosa, que podía apreciar como si estuviéramos parados. Resultaba frustrante no avanzar, jope…
Y por eso me extrañó tanto lo que soltó de pronto Angie: “Nanoo, que velocidad, que fuertee…” ¿Como? ¿Velocidad? ¿De qué hablaba esta? Y tuvo que ser Vicente quien – esta vez sin risas de ningún tipo- me gritara y me sacara del trance: “¡Tío, jodeer, que vas a 175 por hora, que nos vas a matar!. La leche, resulta que Don Risitas llevaba razón esta vez. Miro acojonado el cuentakilómetros y me noto como una especie de afasia numérica traidora y repentina, santo cielo; se me había ido el significado de los guarismos y no entendía la cantidad. Aquello me dió tal susto que -de rebote y al parecer- la comprensión numérica pareció resucitar y sí, marcaba cerca de los 180 km/h, válgame el cielo.
También noté en ese momento un rugido ahogado, el del motor a punto de reventar y me vino la sensación del pie derecho apretando muy fuerte el acelerador. Bueno, aquello bastó para que enseguida dejara de hacerlo y Angie me riñera, manda guevos: “Vengaa, que cuando vamos en el coche de Quique, el no se raja y lo pone a tope” (pa matarla).
Años más tarde, doy gracias al dios de los majaretas porque no circulara nadie a esas horas del amanecer. Aún notando distorsiones raritas llegamos a continuación al parking de la Spook Factory, la “batidora“...
*vulgo Maria Angeles.
(Intentaré concluir la historia en la tercera entrega, ya que todas las partes juntitas provocarían un efecto tóxico leídas de golpe. El verano -por cierto- conseguirá que nos amemos como hermanos…)
Saludos acelerados.
