Está claro que hay un ingrediente indispensable: los modernos sans-culottes, personas que se suman a la masa para depravar. Pero ni mucho menos se trata de un problema de cuatro gamberros, que rompen escaparates y roban a comerciantes que no tienen la culpa de casi nada. Oigo las inusualmente drásticas declaraciones del premier británico, David Cameron, y pienso que o bien no ha entendido nada o bien lo entiende demasiado bien.Ver la impotencia de la policía inglesa, ver grupos de autodefensa de barrio (“los patriotas”) gritando que van a linchar al que venga a robarles, ver bellos edificios ardiendo, saber que dos jefes de Scotland Yard han sido depuestos por corrupción en un año (“poderoso caballero es don dinero”), ver emigrantes corriendo por las calles, huyendo, me pone los pelos de punta. ¿Qué ocurre?
De todo lo que he leído hasta ahora me quedo con tres testimonios recogidos por el corresponsal de La Vanguardia en Londres. El brillante periodista Rafael Ramos:
«Por término medio la policía me da el alto tres veces al día sin motivo alguno, me pide los papeles, me hace un par de preguntas y me deja marchar tras comprobar que no soy ningún delincuente –se lamenta Patrick Radebe, el propietario negro de una imprenta de Peckham*–. Y eso que voy bien vestido, con traje y corbata, no luzco collares de oro en el cuello ni pendientes de diamantes en las orejas como los mafiosos locales o los capos de la droga. ¡Imagínese lo que ocurre con los chavales que llevan un chándal, zapatillas de deporte caras y el rostro cubierto con una capucha"».
«La cuestión es el reparto del pastel –dice Sylvia Major, una periodista de radio local–. Las clases trabajadoras de Peckham saben que nunca se van a hacer ricas a no ser que les toque la lotería»El periodista concluye:
«Los pobres y las clases medias de Peckham, como de tantas otras zonas deprimidas del Reino Unido, se dan cuenta de que, sin haber hecho nada malo y con los pretextos del terrorismo y la crisis, los poderes fácticos han emprendido una campaña para restringir por un lado sus libertades y, por otro, un pedazo del pastel que ya era de por sí raquítico. "Estamos viviendo –señala el profesor de economía Eric McComarck– un tira y afloja para ver con cuánto es capaz de conformarse la gente, hasta qué punto acepta una reducción de su nivel de vida para que las élites puedan mantener el suyo. Con el sector de la construcción hundido, y realizadas ya la mayoría de privatizaciones, fusiones y adquisiciones posibles, la única manera de que los poderosos sigan ganando dinero como hasta ahora es reduciendo los salarios y beneficios de los trabajadores. La rebelión ha empezado».Pienso en los disturbios de Los Ángeles o el caos armado que siguió al desastre del desbordamiento del Misisipi, causado por el Huracán Katrina. Cuando bandas armadas espontáneas tomaron la ciudad semihundida. Unos disturbios del pasado que no nos contaron, claro. Si una implosión semejante ocurre en los USA, donde el ciudadano puede ir armado, las consecuencias pueden ser catastróficas.También he recordado aquella epístola que escribí sobre laBatalla de Inglaterra. Durante la Segunda Guerra Mundial los jóvenes británicos corrían a alistarse y a morir en defensa de la Gran Bretaña. Creían en su país, seguramente. Ahora Inglaterra, como tantos otros hogares, está gobernada por grandes e insaciables corporaciones, aliados con la casta de los políticos, los nuevos sacerdotes del antiguo Egipto. Murdoch, mediante. Qué triste certificar todo esto.
* Lamento la interrupción de los Dioses Rojos de Vamurta. El domingo ya subo el segundo y último fragmento. La realidad es muy tozuda y los dioses pueden esperar.
* http://www.lavanguardia.com/internacional/20110810/54198299689/historia-de-una-decadencia.html* Peckham es un antiguo barrio aristocrático de Londres.
