El seguido el proceso a rajatabla, como siempre hago. He sido diligente, preciso, no habían complicaciones, todo seguía su curso natural, y en cuestión de segundos, todo se ha torcido con consecuencias dramáticas. No sé cómo, pero he perdido otro paciente.
Le doy vueltas, no tiene sentido, a no ser que yo haya cometido un fallo, pero creo que no ha sido así, no sé, puede que me haya despistado, o esté cansado, aunque suelo prepararme bien para estos casos. No lo entiendo.
Llevo mirando un rato mis manos, me ha parecido ver que temblaban un momento, lo cual es algo muy raro, tengo un pulso de acero, pero…juraría que han temblado.
Decididamente, debo haber incurrido en algún fallo. No hay explicación si no es por un fallo mío. Quizá no sea el cirujano tan bueno que todos dicen.
Me he cruzado con la familia del niño, les he pedido perdón por su fallecimiento, aunque quizá sería más justo decir que he sido su verdugo. Seguro que pude haber hecho más.
He pedido la semana libre, apenas he dormido estos días. Mis manos tiemblan cada vez más. Tengo la sensación de que si opero a alguien de nuevo, voy a matarlo.
Estoy pensando en atarme las manos, no puedo evitar que tiemblen, no las puedo controlar, ellas me controlan a mí. Debería haber muerto yo en la sala de cirugía, no ese pobre niño, ¿qué culpa tenía él de que yo sea un cirujano tan inepto? Deberían meterme en la cárcel, como el monstruo que soy.
Llevo tres días encerrado en mi habitación. Nunca debí haber estudiado medicina.
Soy un asesino.
Anoche tuve varias llamadas del hospital, hasta que apagué el teléfono. Solo quiero dormir, y si existiera una justicia poética, no debería ni volver a despertar.
Ha venido a verme una amiga enfermera de madrugada; mi hermana sufrió un accidente anoche, está muy grave, necesita una intervención muy compleja, a vida o muerte, y solo yo he realizado alguna parecida en el hospital, nadie más tiene la precisión necesaria para realizar la operación con alguna posibilidad de éxito.
Estoy lavándome las manos, me doy cuenta de que no tiemblan, como siempre que voy a realizar una operación. Debo salvar a mi hermana. Entro a quirófano.
Llevo unos minutos sentado fuera en un banco, frente a la entrada de Urgencias. Veo venir a mi padre. Está llorando. Me abraza, parece frágil, solo acierta a decir con voz entrecortada un simple “gracias”.
La mente, nuestro bien más preciado, nuestro mayor recurso, nuestra mejor arma. Es increíble el poder que tiene en nosotros, hasta como para poder curvar la realidad, doblarnos a nosotros, doblegarnos a base de miedos, de inseguridades, de irrealidad, capaz de tejer una tela de araña de dudas en la que apresarnos, crear un desierto de arenas movedizas en el que hundirnos a nosotros mismos.
Miro en mi interior ahora, tras descubrir que mi reloj de arena no es siempre un reloj de arena fluido, perfectamente sincronizado, no, es un reloj de arenas movedizas también, sobre el que debo estar atento, hasta que el último grano, caiga al fin.
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