Revista Cultura y Ocio

Aún no sabemos cómo llorar a nuestros muertos

Publicado el 30 septiembre 2026 por Ispamaga @is_ma_ga

A veces creemos entenderlo todo, que hemos aprendido a sobrellevarlo. Pero luego pasan dos semanas, dos meses o tal vez más, y te das cuenta de que no has vuelto a llorar por tus muertos ni has elevado una sola oración por sus almas -si acaso confías en ello-. De repente recuerdas, involuntariamente, su risa, su voz, la forma en que te llamaba por tu nombre. No piensas en quiénes eran antes de irse, ni en quién eres tú desde que no están. De la nada piensas en algo suelto: una palabra, un saludo, un mensaje de voz. Y es ahí cuando te das cuenta de que nada está bien. Llevas dos meses sin llorar y, en vez de alegrarte, te da culpa. Como si el duelo fuera una suscripción y debieras una cuota atrasada de lágrimas. Nadie te la va a cobrar, pero sientes que la arrastras.

La escritora Joan Didion diferenciaba el dolor del duelo: decía que el dolor es pasivo, algo que te pasa, pero el duelo requiere atención. Quizás por eso nos sentimos culpables cuando no lloramos; porque creemos que el silencio es falta de atención, o peor, olvido.

Nadie nos enseñó cómo llorar a nuestros muertos. ¿Verdad?

Nos vendieron el duelo de película -el llanto de dos minutos y el regreso a la normalidad- o el de la literatura -poético y limpio-. Pero nadie te advierte del dolor que te asalta meses después en el mercado o escuchando una canción cualquiera en el carro.

Antiguamente tenían el luto de un año de ropa negra, misas, velos, un calendario social que le decía al cuerpo cuánto tiempo tenía permitido ausentarse. Nosotros no tenemos eso. Como mucho tenemos los tres días en el trabajo y una o dos semanas de condolencias en redes, luego viene el silencio incómodo de quien te pregunta “¿cómo vas?” esperando que digas que ya estás bien y seguir. -Y no está mal. Cada quien con cada cual según la importancia que le den-.

Leemos en El laberinto de la soledad que la muerte nos venga de la vida, que la despoja de todas sus vanidades para volverla pura. Qué bonita suena la literatura hasta que te toca habitar tu propio laberinto. De pronto percibes un aroma, escuchas una voz a lo lejos y cae un recuerdo de golpe seguido por un llanto inconsolable -a veces, otras veces lo puedes dominar-. Y por un momento te aferras a lo físico, a la punzada conocida en el vientre, creyendo que es ese dolor cíclico, la marea roja que ya viene a bajar y no la ausencia de ellos. Porque a fin de cuentas un cólico se cura con un ibuprofeno y una bolsa de agua caliente, y esto otro no se cura con nada, pero todo se aguanta y de alguna forma ambas cosas van a terminar.

El duelo es el dolor más solitario porque ninguna palabra alcanza a expresarlo.

Lloras mientras cocinas, comes o cantas y sabes que ha pasado mucho tiempo sin pensar en ellos, en él, en ella… y te invade la culpa por haberlos olvidado por un instante. Sientes el vacío y el dolor brutal de la ausencia; esa voz que ya no escuchas, pero que sigue alojada en tu mente y que, por un segundo, vuelve a sonar con su tono exacto y su forma única de hablar.

Y sigues llorando, y está bien que así sea, porque así postergas el final de esa emoción: a los muertos nunca se les termina de llorar. QUE ESO QUEDE CLARO, solo se van acumulando sus recuerdos -por lo general, siempre los buenos-. Ayer él, después ella, mañana otro y pasado otro más. Lloras por los que se fueron y por los que aún están aquí, sabiendo que algún día también nos llegará el turno.

No puedes construir una casa de muñecas (no como la de Ibsen), sino más bien un hogar donde quepan todos. Un domo, una carpa, un seguro de vida que los mantenga unidos. Y por las noches repites en voz baja: “Gracias Dios por cuidar a mis sobrinos, a mis hermanos, mis cuñados, a mi esposo, a mi mami…”. Y te duermes creyendo que esa breve oración basta para ponerlos a salvo con la ilusión de que siempre van a estar aquí, y no allá. Y te entregas al sueño porque el dolor de la ausencia y la punzada en el vientre se han vuelto uno solo.

Rosario Castellanos se preguntaba qué se hace a la hora de morir, si se vuelve la cara a la pared o si se echa uno a correr como el que tiene las ropas incendiadas para alcanzar el fin. Yo no corro hacia el fin, corro hacia ellos.

La paradoja de estos días es: Sentirte quebrada por dentro, mientras tu instinto de madre, de hermana, de hija, se expande con una fuerza animal, queriendo parir, una y otra vez, un refugio eterno para los que se quedan, como si una pudiera resolver la muerte a punta de voluntad y buenas intenciones, si tan solo el cuerpo no insistiera, con esa terquedad tan poco heroica, en pedir ocho horas de sueño.

Duermes con la fe de que tu oración los protege a todos y con la leve sospecha de que si la muerte se atreve a tocar a tu puerta te va a encontrar en pijama y demasiado cansada para negociar.

A veces debemos leer a otros para entender este mundo. Leer a quienes vivieron un laberinto y nos ayudan a comprender que la culpa y el cansancio son parte de este proceso. No escribo para dar/darme respuestas, sino para agradecer que, sin pensarlo, muchos nos salvan del silencio.

La literatura a veces olvida que el duelo pasa por las entrañas, no solo por el intelecto.

Aún no sabemos cómo llorar a nuestros muertos

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