Hay un momento que nadie te advierte cuando escribes un libro, y es el momento en que lo terminas y después lo vuelves a leer. No hablo de la corrección ni de la edición, sino de ese regreso más tardío, cuando el texto ya no es un objeto en construcción sino algo cerrado, algo que supuestamente te pertenece de una forma estable. Uno imaginaría que ese reencuentro trae orgullo, o al menos reconocimiento. Pero a veces lo que aparece es otra cosa como una incomodidad, casi vergonzosa, como si el texto no terminara de encajar con la persona que eres ahora, como si alguien hubiera usado tu nombre para escribir algo que no recuerdas haber sido capaz de escribir.
Me ha pasado con mi breve novela terminada y con los textos de un diario-ensayo que escribí durante los últimos dos años. He vuelto a ellos después de tiempo, con la curiosidad de quien abre un cuaderno ajeno, y lo primero que aparece no es el juicio ni la mejora posible, sino el desconcierto. Hay frases que reconozco como mías, claro, pero también hay algo en ellas que se me escapa, como si estuvieran escritas desde una claridad o una intensidad que hoy no sé reproducir. Y entonces aparece esa idea incómoda, casi ridícula, de que quizá no fui yo quien escribió eso, o al menos no el yo que soy ahora, no este yo más lento, más dudoso, más lleno de interrupciones internas.
El síndrome del impostor, del que tanto se habla antes de publicar, tiene una versión menos comentada después de terminar. No es el miedo a no ser capaz de escribir algo bueno, sino la sospecha de haberlo hecho por accidente. Como si el libro hubiera sido un estado de excepción en la propia vida, una anomalía creativa que no garantiza continuidad. Uno recuerda el proceso, las horas, la disciplina intermitente, las correcciones, los días en los que nada salía, y aun así la sensación persiste, la de que el resultado excede la identidad que uno cree tener.
Hay algo muy perturbador en la idea de que uno no es contemporáneo de sí mismo. Cuando releo lo que escribí hace dos o tres años, no solo veo un texto, veo a una persona que ya no existe del todo. No porque haya cambiado de manera espectacular, sino porque el tiempo va erosionando la forma en que uno se narra a sí mismo. Hay sensibilidades que se pierden sin que uno lo note, hay certezas que se diluyen, hay una intensidad que no siempre vuelve. Y entonces el libro queda ahí, como una especie de fósil activo, una prueba de algo que ocurrió pero que ya no sé exactamente cómo convocar.
Quizá el problema no es el síndrome del impostor, sino una idea demasiado rígida de continuidad. La expectativa de que el autor es una identidad estable, cuando en realidad escribir es más parecido a atravesar estados distintos de uno mismo. No escribe una sola persona, sino una sucesión de versiones que no siempre se reconocen entre sí. La que escribe en el momento de urgencia no es la misma que corrige, ni la misma que publica, ni la misma que relee años después. Y sin embargo todas firman lo mismo, como si compartieran una responsabilidad que en realidad se reparte en el tiempo.
A veces pienso que lo más honesto que puede pasarle a alguien que escribe es no reconocerse del todo en lo que ha escrito. No porque el texto sea ajeno, sino porque revela que uno no es fijo. Que hay algo en la escritura que nos sobrepasa en el momento mismo en que ocurre, y que luego regresa como prueba de una versión anterior que ya no tenemos acceso a reactivar. En ese sentido, el libro no es una identidad, sino una evidencia de transformación.
Tal vez la única forma de convivir con esto no sea eliminar la duda, sino aceptarla como parte del proceso. Aceptar que cada vez que escribimos algo que vale la pena, lo hace una versión de nosotros que después se vuelve inaccesible, y que lo único que podemos hacer no es repetirla, sino intentar volver a entrar en esa zona sin garantías de reconocimiento. Porque si algo enseña releer lo propio es que escribir no es confirmar quién somos, sino arriesgarnos a descubrirlo de nuevo, incluso cuando ya no estamos seguros de haberlo sido alguna vez.
