Revista Cultura y Ocio

Autobiografias.

Publicado el 12 marzo 2011 por Alguien @algundia_alguna

Por Paul Theroux. Para LA NACION. 11 de Marzo de 2011.

Y estas 600 y pocas palabras son todas las que escribiré de mi autobiografía.

Nací, el tercero de siete hijos, en Medford, Massachusetts, tan cerca de Boston que incluso cuando era un niño pequeño que iba caminando por las calles laterales hasta Washington School podía ver la punta de lápiz de la Torre de la Aduana desde las orillas del río Místico. El río era todo para mí: fluía a través de nuestra ciudad y, por recodos bordeados de juncos y pantanos cenagosos que ya no existen, llegaba al puerto de Boston y al oscuro Atlántico. Era la razón del ron de Medford y de los astilleros de Medford; dentro del Comercio Triangular, el río conectaba Medford con África y el Caribe… y Medford circulaba místicamente en el mundo.

Mi padre anotó en su diario: “Anne tuvo otro varón a las 7.25″. Mi padre era un dependiente de embarque en una curtiembre de Boston; mi madre, una docente con educación universitaria, aunque pasarían veinte años antes de que volviera a la enseñanza. Los antepasados Theroux habían vivido en la zona rural de Quebec desde alrededor de 1690, durante diez generaciones, hasta que la undécima generación emigró a Stoneham, sobre el camino a Medford, donde nació mi padre. La madre de mi padre, Eva Brousseau, era en parte menomini, un pueblo de los bosques que se había establecido en lo que actualmente es Wisconsin durante miles de años. Muchos soldados franceses en el Nuevo Mundo tomaron por esposa o amante a mujeres menomini.

Mis abuelos maternos, Alessandro y Angelina Dittami, eran relativamente recién llegados a América, ya que habían emigrado por separado de Italia alrededor de 1900. Un italiano puede reconocer Dittami (“Dime”) como apellido de huérfano. Aunque aborrecía cualquier mención que se hiciera al respecto, mi abuelo había sido un expósito en Ferrara. Cuando era joven, se enteró de quiénes eran sus padres -un conocido senador y su criada-. Después de una turbulenta crianza en hogares adoptivos y de un incidente operístico (amenazó con matar al senador), Alessandro huyó a América y conoció a mi abuela, con quien se casó en la ciudad de Nueva York. Se mudaron a Medford con la urgencia y la porfía de los inmigrantes decididos a construirse una vida a cualquier costo. Lo consiguieron, llegaron a ser prósperos y la mezcla de piedad y petulancia hizo que toda la familia se volviera insufriblemente sentenciosa.

La familia de mi padre, gente del campo, no tenía recuerdo de ningún otro lugar ancestral más que de América, porque consideraban a Quebec tan americano como Estados Unidos, indiferenciables, y la frontera, pura presunción. No tenían ningún sentimiento por Francia, pese a que la mayoría hablaba francés fluidamente a la manera quebequense. “Hazlo comme il faut “, era la frecuente exigencia de mi padre. ” Mon petit bonhomme! “, era su expresión de elogio, con la pronunciación quebequense que convertía petit en ” petsí “. Una exclamación frecuente en quebequense, ” Plaqueteur! “, que significa “alborotador”, es una palabra tan antigua que no figura en la mayoría de los diccionarios franceses, pero yo la escuchaba a menudo. Heroica en la guerra (hasta las hermanas de mi padre sirvieron en el ejército estadounidense), en casa la familia era afable y autosuficiente, con gusto por la caza, por cultivar una huerta y criar pollos. No tenían nada que ver con los libros. Conocí bien a mis cuatro abuelos y a mis diez tíos y tías. Prefería grandemente la compañía de la familia amable, lacónica, poco pretenciosa e ineducada de mi padre, donde todos me llamaban Paulie.

Y estas 600 y pocas palabras son todas las que escribiré de mi autobiografía.

En un punto decisivo -más o menos a la edad que tengo ahora, 69 años- el escritor se pregunta: “¿Escribo mi vida o dejo que otros se ocupen de hacerlo?”. No tengo intención de escribir una autobiografía, y en cuanto a permitir a otros que practiquen en mí lo que Kipling llamó “el más alto canibalismo”, me propongo frustrarlos interponiendo obstáculos en su camino. (Henry James dijo que los biógrafos eran “explotadores post mórtem”.)

Kipling resumió mis sentimientos en un lacónico poema:

Y durante el escaso tiempo
que se recuerda a los muertos
no busquen nada más
que los libros que dejé atrás.

Pero para sembrar pistas falsas, Kipling también escribió un volumen de memorias, Algo de mí mismo, publicado póstumamente, y tan oblicuo y económico con la verdad que resulta casi engañoso. Por su táctica informalidad y su calculada distorsión se asemeja en gran medida a las autobiografías de muchos otros escritores. Por fin, aparecieron biografías de Kipling en que se cuestionaron los libros que dejó atrás, se diseccionó su vida un poco enclaustrada y se especuló (a veces de manera descabellada) sobre su personalidad y sus predilecciones.

Dickens empezó su autobiografía en 1847, cuando tenía apenas 35 años, pero la abandonó y, abrumado por los recuerdos de sus privaciones, pocos años más tarde se inspiró en ellas para escribir David Copperfield, que ficcionalizaba sus primeras desdichas y, entre otras cosas, tomaba de modelo a su padre para el personaje del señor Micawber. Su contemporáneo Anthony Trollope escribió una crónica de su vida cuando tenía alrededor de 60 años; publicada un año después de su muerte, en 1882, arruinó su reputación. Muy directo al hablar de su método en la ficción, Trollope escribió:

Hay personas que piensan que el hombre que trabaja con su imaginación debe esperar hasta que la inspiración lo induzca a la acción. Cuando he escuchado la prédica de esa doctrina, apenas si he podido reprimir mi desprecio. Para mí sería tan absurdo como si un zapatero tuviera que aguardar la inspiración, o un fabricante de velas esperara el momento divino en que el sebo se derrite. Si el hombre cuya tarea es escribir ha comido demasiadas cosas buenas, o ha bebido demasiado, o ha fumado demasiados cigarros -como a veces les ocurre a los hombres que escriben-, es posible que su estado sea desfavorable para su trabajo, pero también lo será el estado de un zapatero que haya cometido imprudencias semejantes… Una vez me dijeron que la ayuda más segura para escribir un libro era un poco de cola de zapatero en mi silla. Y por cierto creo mucho más en la cola de zapatero que en la inspiración.

Este párrafo tan directo anticipó la declaración del pintor moderno Chuck Close: “La inspiración es para aficionados. Yo simplemente me pongo a trabajar“. Pero esta afirmación del gesto de poner el trasero en la silla fue usada en contra de Trollope y pareció conferir a su obra un carácter tan pedestre que le hizo sufrir un eclipse durante varios años. Si escribir sus novelas era como remendar zapatos -se razonaba-, sus libros no podían ser mejores que un par de zapatos. Pero Trollope simplemente había escrito eso con su genuino y malhumorado yo, y sus libros desafiantes representan una clase particular de memoria inglesa, sensata y nada fantasiosa.

Creer o no creer. Esa clase de autorretratos se remontan a la Antigüedad, por supuesto. Uno de los más grandes ejemplos de autobiografía es Mi vida de Benvenuto Cellini, una obra maestra del Renacimiento, llena de disputas, pasiones, desastres, amistades y autoelogio del artista. (Cellini también dice que una persona tiene que tener más de 40 años antes de escribir un libro semejante. Él tenía 58.) Los Ensayos de Montaigne son discretamente autobiográficos y revelan muchas cosas sobre el hombre y su tiempo: su comida, su ropa, sus hábitos, sus viajes; Las confesiones de Rousseau son un modelo de llana franqueza. Pero los escritores ingleses dieron forma y perfeccionaron el relato de la propia vida, convirtiéndolo en una forma de arte, una extensión del trabajo de toda una vida, e incluso acuñaron el término: el académico William Taylor usó por primera vez la palabra “autobiografía” en 1797.

Dado que la tradición de la autobiografía es rica y variada en la literatura inglesa, ¿cómo se justifica la escasez o la insuficiencia de autobiografías entre los escritores estadounidenses importantes? Hasta la incursión expurgada en dos volúmenes de Mark Twain resulta larga, extraña, digresiva y por fragmentos, explosiva e improvisada. Casi toda la obra estuvo dictada, determinada (según él mismo nos dice) por su estado de ánimo de cada día. Un chiquillo y otros, de Henry James, nos dice muy poco sobre el hombre y, formulada en su estilo ulterior y más elíptico, se cuenta entre sus obras menos legibles. Los diarios de Thoreau son obsesivos, pero tan estudiados y pulidos (los reescribía constantemente) que el autor acaba por ofrecerlos en su poco atractivo rol de Comentarista de la Aldea, escritos para ser publicados.

E. B. White idealizó a Thoreau y abandonó la ciudad de Nueva York con la aspiración de vivir una vida thoreauniana en Maine. Como corresponsal, también White parece no haber despegado los ojos de un público más amplio que el destinatario de sus cartas, incluso cuando les estaba respondiendo a niños de la escuela primaria preguntas que le habían formulado sobre su novela, La telaraña de Carlota.

París era una fiesta, de Hemingway, que es un centelleante ejercicio de miniaturismo pero también un retrato autocomplaciente, fue póstumo, al igual que los voluminosos diarios de Edmundo Wilson. My Life and Hard Times (Mi vida y mis tiempos difíciles), de James Thurber, es simplemente un relato humorístico. S. J. Perelman concibió un título soberbio para su autobiografía, The Hindsight Saga (La saga retrospectiva), pero sólo logró escribir cuatro capítulos.

No hay autobiografías de William Faulkner, James Baldwin, John Steinbeck, Saul Bellow, Norman Mailer ni James Jones, por nombrar a algunos de los más obvios maestros estadounidenses. Uno tiene la impresión de que esa empresa sería considerada algo demasiado bajo para ellos, o que hubiera disminuido su aura de chamanismo. Algunos de esos hombres alentaron a dóciles biógrafos y encontraron a muchos Boswell que habían recibido una beca Guggenheim para hacer el trabajo. El principal biógrafo de Faulkner omitió mencionar una importante relación amorosa del escritor, pero sin embargo encontró espacio para nombrar a miembros de un equipo de la Liga Menor de Béisbol que Faulkner había conocido.

Los ejemplos estadounidenses de intentos exhaustivos de autobiografía -como género opuesto de las memorias selectivas- tienden a ser raros y poco esclarecedores, aunque Kay Boyle, Eudora Welty y Mary McCarthy escribieron memorias excepcionales. Gore Vidal ha escrito un relato de su propia vida en Palimpsesto, y John Updike hizo un temprano intento en A conciencia; ambos hombres eran distinguidos ensayistas, algo que los no autobiógrafos Faulkner, Hemingway, Steinbeck y algunos otros nunca fueron. Tal vez esta distinción sea crucial.

Lillian Hellman y Arthur Miller, ambos dramaturgos, escribieron extensas autobiografías, pero Hellman, en su autoconmiserativa Pentimento , omite decir que su amante de toda la vida, Dashiell Hammett, estaba casado con otra mujer. En Vueltas al tiempo, Miller reduce a su primera esposa, Mary Slattery, a una figura fantasmal que discurre fugazmente por las tempranas páginas de su vida.

Todo el mundo sabe que no se puede creer demasiado en lo que las personas dicen de los otros -escribió en una oportunidad Rebecca West-. Pero no tanta gente sabe que se puede creer aún menos en lo que las personas dicen de sí mismas.”

Confesiones a medias. La autobiografía inglesa sigue en general una tradición de digna reticencia que tal vez refleje la manera sobria y mesurada en la que los ingleses se distancian cuando escriben ficción. La tendencia estadounidense, especialmente en el siglo XX, era invadir la vida, a veces, borrando la frontera entre la autobiografía y la ficción. (Saul Bellow diseccionó sus cinco matrimonios en sus novelas).

Una notable excepción entre los ingleses, D. H. Lawrence, volcó su vida en sus novelas, una manera de escribir que le granjeó el favor del público estadounidense. La obra de Henry Miller, un gran defensor de Lawrence, es un largo anaquel lleno de escandalosas reminiscencias, que me estimularon y me liberaron cuando era joven? “¡Oh, toda esa agitada libertad sexual en el París bohemio!”, pensé, ignorante del hecho de que para entonces Miller vivía como un esposo faldero y dócil en Los Ángeles.

Las formas del autorretrato literario son tan diversas que creo que podría ser útil enumerar las muchas maneras posibles de enmarcar una vida. La forma más temprana puede haber sido la confesión espiritual, la pasión religiosa por purgar una vida y hallar redención: las Confesiones de san Agustín son un buen ejemplo. Pero a la larga las confesiones cobraron forma secular: una confesión subvertida en historia personal. El atractivo de la Historia de mi vida, de Casanova, se basa tanto en las conquistas románticas como en su estructura picaresca, que hace que el autor siempre se salve por un pelo. El lector de Recapitulación, de Somerset Maugham, que el autor escribió después de los 60 años (murió a los 91), nunca advertiría que, pese a haber estado brevemente casado, Maugham era bisexual. Dice al principio del libro: “Esto no es una autobiografía, ni tampoco un libro de memorias“. Sin embargo, incurre un poco en ambos géneros, a la manera reservada en que Maugham vivió toda su vida. “He estado ligado, profundamente ligado, a pocas personas - escribe, pero no va más allá -. No tengo ningún deseo de desnudar mi corazón, y pongo límites a la intimidad que quiero compartir con el lector.” En ese digresivo relato, terminamos por no saber casi nada sobre la persona física de Maugham, aunque su reticencia sexual es comprensible, dado que esa orientación era ilícita cuando se publicó su libro.

Las memorias son típicamente más delgadas, provisorias, más selectivas que las confesiones, menos exigentes, casi informales, e insinúan que son algo menos que toda la verdad. Crónica personal, de Joseph Conrad, pertenece a esta categoría: consigna los hechos externos de su vida y algunas opiniones y recuerdos de amistades, pero ninguna intimidad. El acólito de Conrad, Ford Madox Ford, escribió una gran cantidad de memorias, pero incluso después de leerlas todas uno no tiene casi idea de las vicisitudes (adulterios, escándalos, quiebras) de la vida de Ford, que más tarde fueron relatadas por un laborioso biógrafo en el volumen The Saddest Story (La historia más triste). Ford rara vez era franco. Calificaba a su escritura de “impresionista”, pero es evidente que la verdad lo aburría, como aburre a tantos escritores de ficción.

Entre las formas muy especializadas e inimitables de autobiografía en pequeña escala, pondría El enigma , de Jan Morris, que es un relato de su insatisfactoria vida como hombre, su profundo sentimiento de que sus simpatías eran femeninas y de que, en esencia, era una mujer. La solución de su enigma fue la cirugía, a la que se sometió en 1972 en Casablanca y que le permitió vivir el resto de su vida como mujer. Su cónyuge de toda la vida siguió siendo Elizabeth, con quien se había casado, como James Morris, muchos años antes. Otras destacadas memorias centradas en un tema son el autoanálisis de F. Scott Fitzgerald en El crack-up , John Barleycorn de Jack London, una historia de su alcoholismo, y Esa visible oscuridad de William Styron, una crónica de su depresión. Pero dado que el énfasis de esos libros está puesto sobre la patología, son singulares por ser casi historias clínicas.

En el otro extremo del espectro de las memorias breves pero potentes se encuentran las autobiografías en varios volúmenes. Osbert Sitwell necesitó cinco volúmenes para contar su vida, Leonard Woolf también cinco, agregando, de manera desconcertante, en su primer volumen Sowing (Siembra) la convicción de que “siento en lo más profundo de mi ser que, en última instancia, nada importa“. El título de su último volumen, The Journey Not the Arrival (El viaje y no el destino), insinúa que tal vez cambió de idea. To Keep the Ball Rolling (Para mantener la pelota en movimiento) de Anthony Powell es el título general de cuatro volúmenes de autobiografía… y también publicó sus extensos diarios en tres volúmenes. Doris Lessing, Graham Greene, V. S. Pritchett y Anthony Burgess nos han ofrecido el relato de sus vidas en dos volúmenes.

Este cuarteto ejemplar resulta fascinante por lo que revela: la afección maníaco-depresiva de Greene en Vías de escape, la crianza de clase media baja de Pritchett en A Cab at the Door (Un taxi en la puerta) y su vida literaria en Midnight Oil (Aceite de la medianoche), la infancia de Burgess en Manchester en Pequeño Wilson y el gran Dios, y la desilusión de Lessing con el comunismo en Un paseo por la sombra. Lessing es franca con respecto a sus aventuras amorosas, pero como omite sus pasiones, quedan fuera sus experiencias emocionales. Recuerdo una cita de la novela Books Do Furnish a Room (Los libros amueblan una habitación), de Anthony Powell, en la que el narrador, Nicholas Jenkins, reflexionando sobre un montón de memorias que está reseñando, escribe: “La historia de cada individuo tiene un aspecto apasionante, aunque usualmente el pivote esencial es omitido o velado por la mayoría de los autobiógrafos“.

En el caso de Greene, el eje esencial era su sucesión de relaciones apasionadas. Aunque no vivía con ella, siguió casado con la misma mujer hasta su muerte. No cesó de mantener otras relaciones amorosas y disfrutó de relaciones prolongadas, prácticamente matrimonios, con otras mujeres.

Los dos volúmenes de la autobiografía de Anthony Burgess se cuentan entre los más detallados y plenamente logrados -aparentemente, los de recuerdos más precisos- que he leído nunca. Conocí un poco a Burgess y estos libros suenan genuinos. Pero parece que gran parte del relato fue inventado o distorsionado. Una biografía íntegra, obra de un biógrafo furioso (Roger Lewis), detalla las numerosas falsificaciones de la autobiografía de Burgess.

Los dos soberbios volúmenes de V. S. Pritchett son modelos de la forma autobiográfica. Fueron muy aclamados y se convirtieron en best-sellers. Pero, a su manera, también eran arteros. Deliberadamente selectivo, por ser prudente, Pritchett no quería irritar a su feroz segunda esposa escribiendo cosas sobre su primera mujer, y el resultado es que parece que la esposa número 1 jamás hubiera existido. Y Pritchett tampoco escribió nada sobre sus romances con otras mujeres, algo que su biógrafo se tomó el trabajo de analizar. Nunca consideré a Pritchett, a quien frecuenté socialmente en Londres, un mujeriego, pero cuando tenía un poco más de cincuenta años reveló su faceta apasionada en una carta muy franca dirigida a un amigo íntimo, en la que decía:

El puritanismo sexual es algo desconocido para mí; el único freno de mis aventuras sexuales es mi sentido de la responsabilidad, que según creo siempre ha sido un incordio para mí… Por supuesto que soy romántico. Me gusta estar enamorado… porque las artes del amor se tornan entonces más ingeniosas y excitantes…

Es una declaración notable, incluso esencial, que le hubiera conferido a su autobiografía una muy necesaria cualidad física si el autor se hubiera explayado sobre el tema. En el momento en que escribió la carta, Pritchett tenía una aventura con una mujer estadounidense. Pero no hay sentimientos de esta clase en ninguno de sus dos volúmenes autobiográficos, donde se presenta como un hombre diligente y sometido a su esposa.

Algunos escritores no sólo mejoran una biografía anterior sino que también encuentran maneras indirectas de alabarse a sí mismos. Vladimir Nabokov escribió Conclusive Evidence cuando tenía 52 años, después lo reescribió y lo amplió 15 años más tarde con el título de Habla, memoria, una versión más juguetona, pedante y enjoyada de su primera autobiografía. ¿O es ficción? Al menos un capítulo lo había publicado en un conjunto de cuentos ( Mademoislle O ) varios años antes. Y hay un pintoresco personaje que Nabokov menciona en ambas versiones, un tal V. Sirin. “El autor que más me interesó fue naturalmente Sirin“, escribe Nabokov, y después de abundar sobre la sublime magia de la prosa del hombre, añade: “A través del oscuro cielo del exilio, Sirin pasó… como un meteoro, y desapareció, dejando tras de sí poco más que una vaga sensación de incomodidad“.

¿Quién era ese émigré ruso, ese brillante dechado de virtudes literarias? El propio Nabokov. “V. Sirin” era el seudónimo literario de Nabokov cuando, mientras vivía en París y en Berlín, aún escribía novelas en ruso y, siempre burlón, usó su autobiografía para ensalzar a su yo anterior y convertirlo en un romántico enigma.

Al igual que Nabokov, Robert Graves escribió sus memorias, Adiós a todo eso, cuando era más bien joven, y reescribió el libro casi treinta años después. Muchos escritores ingleses han pulido su autobiografía cuando aún eran relativamente jóvenes. El ejemplo más extremo es el de Henry Green quien, creyendo que lo matarían en la guerra, escribió Pack My Bag (Empaca mi equipaje) cuando tenía 33 años. Evelyn Waugh se embarcó en su autobiografía cuando estaba al borde de los 60 años, pero (como murió a los 62) sólo pudo terminar el primer volumen, Una educación incompleta, que describe su vida hasta los 21 años.

Un día, en el Club del Plantel de la Universidad de Singapur, el director del Departamento de Inglés, D. J. Enright, quien entonces era mi jefe, anunció que había empezado a escribir su autobiografía. Distinguido poeta y crítico, viviría aún más de treinta años. Su libro, Memoirs of a Mendicant Professor (Memorias de un profesor mendicante), apareció cuando Enright tenía 49 años, como una suerte de despedida de Singapur y de la profesión docente. Nunca volvió a retomar ese libro ni tampoco escribió una continuación. El libro me desconcertó: era tan discreto, tan impersonal, un relato tan cauteloso de una vida que, yo lo sabía, era mucho más rica. Me resultó obvio que Enright era más sombrío que el adorable Mr. Chips de sus memorias; tenía mucho más que decir. Fui tan consciente de todo lo que Enright había omitido que desde ese momento me quedó una suspicacia hacia todas las formas de autobiografía.

Nadie puede decir toda la verdad sobre sí mismo“, escribió Maugham en Recapitulación. Georges Simenon intentó desmentir esa afirmación en sus enormes Memorias íntimas, aunque la aparición del propio Simenon en su novela Las memorias de Maigret -como un joven novelista ambicioso, intrusivo e impaciente, visto a través de los ojos del viejo y astuto detective- muestra un autorretrato creíble. Me gustaría pensar que es posible lograr una confesión al viejo estilo, pero cuando reflexiono sobre esa empresa, pienso -como deben de haber pensado mucho de los autobiógrafos que he mencionado- lo importante que es para un escritor guardar sus secretos. Los secretos son fuentes de fuerza y, sin duda, un poderoso elemento de sustento de la imaginación.

Kingsley Amis, quien escribió un volumen de memorias muy divertido pero también extremadamente selectivo, dijo en su prólogo que había dejado afuera muchas cosas porque no quería causar daño a las personas que amaba. Es una saludable razón para ser reticente, aunque toda la verdad sobre Amis fue revelada al mundo por su diligente biógrafo en alrededor de 800 páginas de intenso escrutinio, autorizado por el hijo del novelista: la obra, la bebida, las mujeres, la tristeza, el dolor. A mí me hubiera gustado leer la versión del propio Amis.

A muchos escritores se les debe ocurrir, como sombría premonición, que cuando la autobiografía ya está escrita, se la entregarán a un crítico para que la examine y evalúe su legibilidad así como su veracidad y su valor esencial. La idea de que mi vida puede sacarse un aplazo me pone los pelos de punta. Empiezo a entender las omisiones de las autobiografías y a los escritores que ni siquiera se toman la molestia de escribir una.

Además, a veces he desnudado mi alma. ¿Qué puede ser más autobiográfico que la clase de libros de viaje, una docena de volúmenes, que he estado escribiendo durante los últimos 40 años? En muchos sentidos, esa clase de libros entran en el territorio de la autobiografía. Todo lo que uno quiso saber siempre sobre Rebecca West está contenido dentro del medio millón de palabras de Cordero negro, halcón gris, su libro sobre Yugoeslavia. Pero el libro de viaje, al igual que la autobiografía, es la forma enloquecedora e insuficiente que he descrito en este artículo. Y la consignación por escrito de detalles personales puede ser una experiencia emocional devastadora. En el caso de unas memorias sobre un tema que me arriesgué a escribir, La sombra de Naipul , compuse algunas páginas con los ojos llenos de lágrimas.

La suposición de que la autobiografía señala el fin de la carrera de un escritor también me induce a no escribirla. He aquí, con redobles de tambor, el último volumen antes de que el escritor sea eclipsado por el silencio y la muerte, una suerte de despedida, así como un signo inconfundible de que uno ya está “borrado”. Mi madre tiene 99 años. Tal vez si soy longevo, como ella lo ha sido, podría intentarlo. Pero no apostaría por eso.

¿Y qué es lo que hay para escribir? En el segundo volumen de su autobiografía, V. S. Pritchett habla de que “el escritor profesional que pasa todo el tiempo convirtiéndose en otras personas y lugares, reales o imaginarios, descubre que ha derrochado su vida escribiendo y que se ha convertido prácticamente en nada”. Y Pritchett prosigue: “La verdadera autobiografía de este amante de su propio ego está expuesta, con su intrincado follaje, en su obra“.

Me inclino más por adoptar el recurso de Graham Greene. Escribió un prefacio muy personal a cada uno de sus libros, en el que describió las circunstancias en las que lo compuso, su estado de ánimo, sus viajes, y después recogió esos prefacios en el volumen Vías de escape. Es un libro maravilloso, aun cuando haya omitido sus incesantes conquistas de mujeriego.

Cuanto más reflexiono sobre mi vida, tanto más me atrae la novela autobiográfica. El núcleo familiar es típicamente el primer tema que considera un escritor estadounidense. Nunca sentí que mi vida tuviera sustancia suficiente como para proporcionar los relatos anecdóticos que enriquecen una autobiografía. Nunca había pensado escribir sobre la gran familia parlanchina en la que crecí, y desde muy temprano desarrollé el útil hábito del escritor de ficción de tomarme libertades. Creo que me resultaría imposible escribir una autobiografía sin incorporar los mismos rasgos que deploré en las que he mencionado: la exageración, el artificio, la reticencia, la invención, el gusto por lo heroico, la mitomanía, el revisionismo compulsivo y todos los demás que son tan valiosos para la ficción. Por lo tanto, creo que mi Copperfield sigue haciéndome señas de que me acerque.

“Me gustan los trenes porque en ellos se puede hablar con la gente. Cuando viajo, no me interesan los edificios ni los monumentos, sino la arquitectura humana”, dijo Theroux al diario El País de Madrid hace un par de años. Su libro más famoso fue escrito durante una larguísima travesía básicamente ferroviaria, en la que unió Londres y Tokio: El gran bazar del ferrocarril. La misma devoción de cronista sobre rieles mostró en El viejo expreso de la Patagonia. Muchas veces se lo ha citado como candidato al Premio Nobel, y es también autor de novelas, una de ellas muy célebre, llevada al cine por Peter Weir: La costa Mosquito. Otras obras importantes son La sombra de Naipaul, que reseña su amistad con el escritor V. S. Naipaul, Las columnas de Hércules y Las islas felices de Oceanía”

Traducción: Mirta Rosenberg
© Cape Cod Scriveners Co., 2011.
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