-¿Bar “cutre” te sirve? ¿Quieres que cenemos?
Me pregunto por qué habría que entrecomillar la palabra cutre. Un bar es cutre o no lo es, no va entre comillas.
-Bar cutre siempre -le respondo -Y depende. Si comes de todo sí, quiero que cenemos.
No le haría esta pregunta si no fuese por el último chico que conocí, que solo comía pizza o hamburguesa. ¿A quién no le gusta el queso? En casa, se preparaba salchichas o sopa de sobre.
Es igual de alto que yo, me gusta cómo camina, le sonrío en cuanto se acerca.
-¿Andaluz por qué? -Es lo primero que me pregunta.
Yo me río, “no lo sé, es lo que me transmitiste, no te sé decir por qué”.
Me encanta el sitio, en el baño hay pegatinas de cooperativas y frases anarquistas garabateadas. El camarero tiene estrabismo y la camarera un flequillo cortado al estilo vasco, pero es argentina.
Hablamos mucho, él habla mucho. Apoya la primera vez después de brindar. A la segunda, apoyo yo también, me he decidido tras ver por dónde va la conversación.
Fusilaron a su bisabuelo durante la Guerra Civil por estar en el PSOE y le harán un homenaje en el pueblo este verano. Su abuelo nació y vivió una temporada en Argentina, así que cuando murió, se fue dos años a descubrir los orígenes de su predecesor, me cuenta anécdotas que le pasaron allí, me lo imagino con su nuevo amigo de road trip saltando vallas, conociendo a gente, durmiendo en cualquier lado.
-¿Qué quieres hacer? -me pregunta al salir.
-Yo ya he tomado muchas decisiones, ¿qué quieres hacer tú?
No sé cómo le miro, creo que lo hago sin querer, pero se acerca y me besa y sus labios están húmedos y quiero enredar los dedos entre su cabello.
Me vuelve a preguntar lo mismo y respondo igual. Acabamos en su casa, que está a unos minutos, uno frente al otro en la cocina, yo apoyada en el mármol. No tiene casi patas de gallo. Me bebo un litro de agua después de toda la cerveza que hemos tragado. Me da envidia su casa porque la que yo me he comprado es mucho más pequeña.
Me vuelve a besar, me desnuda, le desnudo, quiero comerle el lóbulo de la oreja y chupar su pendiente. Me lame entera, la boca, el cuello, las axilas. Me da curiosidad saber a qué le sabe mi sudor.
Alarga el placer al máximo, juega, para, me mira. Entra por fin dentro de mí.
-¿Era esto lo que querías?
Gimo, seguimos, suave, lento, sabe moverse.
-Me estás matando -le digo con los ojos en blanco.
-Espero que de placer.
-¿De qué te ríes? No te rías de mí.
-No me río, solo me sonrío, me gusta verte disfrutar.
Y dormimos juntos, desnudos, y me abraza y huele muy bien. Le pregunto quién cree que se dormirá antes, cree que es una pregunta rara. Me acaricia todo el rato, me besa los hombros, la espalda.
-¿Sabes? Creo que eres una persona muy inteligente.
-No sé qué decirte…
-Bueno, no creo, se nota que eres una persona muy inteligente.
Y creo que soy la primera en quedarme dormida.
Por la noche, tiene una pesadilla, jadea y agita las piernas agobiado. Le toco el brazo y le tranquilizo. Dan ganas de quererle.
Y a la mañana siguiente, tan pronto que aún no ha amanecido nos despedimos, que los dos hemos estado muy cómodos y que ya hablaremos para volver a vernos. No creo que me escriba, me siento algo vacía.
Y ahora me duele la barriga, aunque creo que es un dolor real, del frío, de dormir poco, de los pinchazos que aparecen últimamente de repente mientras duermo en el costado derecho. No hace frío, tampoco calor porque estoy a la sombra. El bikini y la toalla están tendidos y se mecen con el viento. Solo es abril. Me despido de este oasis sin ruido.
