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Mis manos se llenan de melosidad

Publicado el 30 abril 2026 por Claudia_paperblog

En mi oído hay el sonido de una caracola, creo que es la onda que hace mi cabello a su alrededor, vuelve a repetir trafma, de pequeña iba a una escuela experimental y cuando volvió al instituto “normal” todo el mundo pensaba que vestía raro.

No puedo dejar de repetir que la vida es muy bonita a veces, mientras me como el helado de caramelo, mientras veo pueblos con casas bonitas, mientras mi cuerpo me permite moverme a un buen ritmo, cuando el sudor recorre mi cuerpo, cuando observo los pinos del Mediterráneo, que me parecen lo más bonito del mundo, cuando estoy en un pasillo lleno de flores lilas, aunque me gustaría darles otro nombre por ese color tan bonito que tienen, magenta o malva. Segunda vez en tan poco tiempo que siento que estoy en un sueño. Hay olivos a veces, piedras que los rodean, sombras en las que apetece acostarse y derretirse y luego el mar en el horizonte a partir de un punto, no puedo quitar los ojos de allí, su belleza es extraordinaria.

Los nísperos no parecen demasiado maduros, pero los recojo igualmente, su dulzor me explota en la boca aunque su carne no sea de un naranja intenso, sino pálido, más bien salmón. Mis manos se llenan de melosidad, siento el verano, huele a verano, dice G., hay un gato blanco y negro en el arcén, más bien en la cuneta, M. nos hace una foto en uno de los espejos de la carretera, de los que sirven para ver si vienen coches.

El lugar donde comemos es espectacular, no se oye el agua que se supone que brota de una fuente, pero me da la sensación de que sí, estamos sentados en una mesa de madera vieja, la estructura está torcida, la madera de un color oscuro resiste nuestro peso contra todo pronóstico. Les cuento sobre la vez que le tuve que enseñar la vulva a mi madre porque acudí a ella casi llorando, pensando que mi cuerpo no era normal, que se estaba formando ahí abajo un ser que no pertenecía a ese lugar. G. me dice que a ella le pasó exactamente lo mismo. Nadie nos enseña estas cosas.

Habla del libro que se está leyendo, en el que se explica que el cuerpo y la mente no siempre van acompañados en el sexo, que en la mitad de los hombres sí que van en concordancia la erección y las ganas de follar, pero que en las mujeres este porcentaje es mucho menor. Tener la entrepierna mojada no significa que estén excitadas, es un aprendizaje de la experiencia, el cerebro envía la señal al cuerpo para que se prepare porque cierta situación significa que habrá un encuentro sexual.

Les hablo de la facilidad que tengo para no pensar en otras cosas mientras follo y ellos se sorprenden.

-Alguna vez me encuentro pensando en alguna obligación que tengo pendiente y enseguida me reprendo y me digo: Disfruta del placer que solo te da el sexo.

-Pero es inevitable que tengas pensamientos mientras lo haces, ¿no? Como si te gusta o no, si la otra persona lo estará disfrutando… -alega M.

-Sí, eso sí, pero no siempre. A veces el placer es tan grande que ciega todo lo demás y como mucho puedes pensar en que no quieres que se acabe nunca, pero la mente se nubla, no ve nada más allá de lo que está sintiendo el cuerpo en ese momento.

Nos cruzamos con un par de hombres en ese monte solitario. Ni me fijo en ellos. A mis amigos les transmiten una sensación de extrañeza, como si no perteneciesen a ese escenario, uno camina unos metros por delante del otro, alguien menciona algo de droga, no sé si lo he oído bien.

Llegamos a la playa después de cruzar la montaña. Ha desaparecido la playa, el mar se ha comido la arena, hay excavadoras a la orilla, un paseo de cemento en ruinas, bancos desviados. Seguimos un poco más hasta un trozo con arena y nos tumbamos aliviados. Pensaba que estaríamos en silencio, que sería el momento de reflexión, pero M. y yo no nos callamos. G. se duerme. Alguna vez lo he dicho yo, pero esta vez es M. Podríamos ser los protagonistas de una película indie.

Mis manos se llenan de melosidad

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