Revista Viajes

Berlín y el grito de la libertad

Por Holanda Hispánica Georgina Zinno @HolandaHispnica

Berlín y el grito de la libertad

A mis espaldas el famoso Reichstag, el Parlamento alemán



Berlín, capital de Alemania,  cuya proximidad con suelo neerlandés no sólo  es a nivel limítrofe, sino también histórico; es una ciudad cosmopolita, internacional y al mismo tiempo muy alternativa. Caminando por Berlín uno no puede ser indiferente a la esencia de esta ciudad que parece que todo lo puede.  En muchos de sus rincones aun se puede palpar el desgarro de una sociedad, el grito silencioso que corroe los sentidos, todo esto además de ser un destino turístico con todas las letras. Berlín es una de las ciudades europeas más vivas y más fascinantes del mundo. En ningún otro lado hay tanta variedad en arte, cultura, vida nocturna, recreación y claro, también una gran dosis de historia mundial. Un cóctel explosivo que a nadie pasa desapercibido. Elegí viajar a Berlín por un impulso interno. Este año 2016 me propuse viajar todo lo más que pueda, un poco para compensar por todos estos años que vivo en Europa (este año serán 16) y no tuve la oportunidad de movilizarme, aun estando tan cerca. Otro poco porque viajando sola es una gran aventura y no sólo se conoce más del entorno, se conoce más de uno mismo. Viajar y además poder escribir sobre estos destinos es uno de los objetivos para desarrollar este 2016.

Berlín y el grito de la libertad

Berlín cautiva


Berlín fue una elección lógica después de haber pasado un fin de semana en casa de un familiar en la ciudad de Nuremberg. Primera vez que visitaba Alemania y fue una gran sorpresa, ya que además de sentir el bichito viajero, comprobé con mis propios ojos y sentidos que, viajar sola es una experiencia única e irrepetible. Este artículo da cuenta de mi experiencia personal viajando sola y con un bajo presupuesto. Y con una propuesta vegetariana. Espero que lo disfruten, tanto  como yo disfruté de este viaje. Berlín, el impulso de conocer el otro lado de las cosas.
Al este y al oeste Me alojé en un hostal por la zona de Alexanderplatz, en pleno este de Berlín. Una cama en un cuarto compartido entre 6 personas. Con baño incluido. El hostal tenía buenas críticas por internet y a mí lo que más me importaba eran el precio y la ubicación. Lo demás ya era parte de la aventura de viajar sin saber muy bien a dónde.

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Fersehturm, torre de TV de Berlín

Llegué al hostal (Hostal One 80º) desde el aeropuerto gracias a un bus de línea interna que salía desde el aeropuerto de Tegel en menos de 10 minutos. Hay que sacar el ticket en una máquina ahí en la parada. Es un aeropuerto standard que cumple su función, está entre 50 y 30 minutos en viaje en bus hasta el centro de la ciudad, parte este, Alexanderplatz; donde hay metro, tren y toda clase de transporte público y privado. Es un centro dentro de sí mismo. Ahí está la torre de tv de la época del socialismo, cuando Berlín todavía estaba en manos de la DDR (SED) y el muro separaba un lado del otro. Llegué al hostal y allí había vida, mucha gente, también era una fecha especial: 26 de diciembre, segundo día de Navidad. En mi cuarto conocí a  una chica de Hong Kong que también viajaba sola, así que enseguida hicimos buena conexión. Y no sólo fue interesante para mí poder hablar con una veterana viajera solitaria, también quedamos para desayunar juntas al día siguiente y visitar el Berliner Dom (Catedral), donde ella quería ir a misa, ya que era el primer domingo ese fin de semana de Navidad.

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Berliner Dom, Catedral de Berlín

También había dos chicos en la habitación, uno que estaba durmiendo cuando llegué y desapareció a la mañana siguiente. Otro en otra cama, dormía a pata suelta, cuando Kitman y yo nos preparamos para salir del hostal.

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Vista del Dom

El desayuno no estaba incluido y pensamos que encontraríamos algo abierto de camino al Berliner Dom. Craso error, un domingo todo absolutamente cerrado. Terminamos tomando un desayuno (estilo francés con croissant para mí, estilo alemán con salchicha para Kitman) en un restaurante italiano que nos hizo el favor de abrir antes de tiempo. De ahí salimos caminando para el Berliner Dom y toda la zona del Museumsinsel (Isla de los Museos), donde se encuentran los museos más famosos. El Dom estaba cerrado para turistas y sólo se permitía el acceso a los feligreses que querían participar de la misa. Entramos por una puerta contigua donde nos dieron un auricular conectado a un aparato donde se hacía la traducción simultánea. No pasaron más de 15 minutos y después de haber aprovechado la oportunidad para sacar algunas fotos del interior del Dom, decidí separarme de Kitman, hasta la noche y aproveché la mañana de sol para recorrer un poco la zona. Finalmente decidí entrar al Museo de la DDR, justo frente al Berliner Dom.

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Junto al canal, estas estatuas, al lado del Museo de la DDR

El pasado pisado? Habiendo tantos museos en Berlín, con una amplia y variada oferta de arte, desde la riqueza de la antigüedad hasta las más afamadas obras pictóricas del mundo,decidí gastar 7 euros en una entrada para ver este museo que recrea la vida de los alemanes que durante 42 años de su vida estuvieron sometidos bajo régimen soviético, en el Ostberliner, Berlín del Este.

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Libertad de expresión?

Es un museo que a primera vista parece muy pequeño y como poco interesante. Ni bien uno entra siente que allí sucede más de lo que uno cree. El museo estaba lleno de gente, para entrar tuvimos que hacer una cola y mismo dentro del museo había que esperar para mirar determinados objetos expuestos. Esa misma idiosincracia de esperar todos en la fila nos ponía a todos en un mismo nivel. Así empezó el tour por el pasado de un gran pedazo de historia que nos toca a todos de cerca. Es un museo interactivo donde se exponen artefactos únicos, objetos del día a día; donde se puede tocar, escuchar y ver desde los ojos de aquellos que vivieron el régimen. Con objetos que nos acercan a la humanidad de la vida y, al mismo tiempo, al horror de la violencia, la negación y la falta de libertad. Es un museo lúdico, interactivo, para familias y para gente que como yo, desean aprender a escarvar la historia que nos toca a todos desde tan cerca. Fue un gran impacto conocer desde tan cerca la vida de una familia típica alemana viviendo bajo el imperante destino socialista de la época. Hay memorabilia, fotos y más que ponen en evidencia cómo un sistema ha logrado trascender los bordes mismos que ha creado. Uno sale del museo con la idea de abrazar la vida allí mismo, con un poco de sangre en el ojo cuando descubre que durante 42 años estos alemanes fueron engañados en pos del beneficio de una minoría. Es triste. Es real. Está en el aire que se respira. Pasado y  presente

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Teatro Gorki

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Brandenburger Tor 

Salí del museo un poco cansada y abombada, en tan sólo dos horas y media ví y absorví todo lo que una persona puede para entender mejor ese trozo de pasado histórico. Sentía unas inmensas ganas de caminar, de salir.Allí cerca había un mercado de arte, con puestos donde vendían pinturas y artesanías varias. Me quedé embelesada mirando unos imanes pintados a mano, escuché que el vendedor hablaba castellano y nos pusimos a hablar. El pintor, un argentino que había emigrado como músico y ahora vivía del arte, hacía 25 años que vivía allí. Cuando acució el hambre decidí parar en una especie de cocktail bar con palmeras de mentira y techos de paja adornando las mesas. El local estaba medio escondido cerca del Teatro Gorki (hoy en día uno de los más famosos teatros donde se ofrecen obras de carácter internacional). El lugar se llamaba Oasis y era todo lo que en ese momento necesitaba. Me senté a una mesa y pedí la primera (y única) Pilsner Berliner del viaje. También pedí una sopa crema de brócoli que vino con pan. Con eso recuperé las energías para seguir caminando. Bajé por la avenida Unter den Linden, un boulevard que recorre el centro de la ciudad y donde se ven los más emblemáticos edificios. Hacia el final se llega casi en línea recta hasta la Brandenburger Tor y la Pariser Platz. Esta edificación alemana es la decoración que da a toda la zona, donde están las embajadas más importantes y a escasos metros se encuentra el imponente Parlamento, el famoso Reichstag, uno de los símbolos más emblemáticos de la historia alemana. En un día normal tal vez hubiera hecho la cola para reservar la entrada (había una cola kilométrica) para poder apreciarlo por dentro, ya que se hacen visitas guiadas a la cúpula, donde se puede apreciar la vista de la ciudad. Justo enfrente se puede ver también un pequeño monumento en honor a las víctimas del muro.

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Monumento a las víctimas del muro

Es un monumento que nos trae de regreso a una realidad oscura que vivió la ciudad durante un largo período de tiempo. Entre las cruces está la de Chris Gueffroy quien quisiera escapar en 1989 y fue muerto acribillado en ese lugar. Se cuentan unos 100 muertos víctimas del muro. Después de haber llegado hasta allí y dar media vuelta, bastante agotada, decidí volver por la Unter den Linden hasta que encontré lo que necesitaba: un café donde hubiera wifi. Y torta de zanahoria.

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Cartel en la calle de Digital Eatery

Digital Eatery es un café y showroom de Microsoft. Después de la torta y ponerme al día en internet, decidí volver al hostal. Por el camino di varias vueltas, el ambiente estaba muy animado y aun muchos de los mercados de Navidad exponían sus artículos y vendían sus cervezas y salchichas por doquier. Fue interesante perderme entre la gente, entre los diferentes puestos del mercado, observar a la gente, resumir mis pensamientos del día, y por qué no? Comprar unas deliciosas castañas asadas. También pasé por un barrio cerrado de callecitas pintorescas, muy iluminadas, donde hacía centro a una vieja iglesia, la Nikolaikirche. El barrio se llama Nikolaiviertel y es un paseo romántico que aun mantiene su calidez, a pesar de haber sido totalmente destruido durante la segunda guerra mundial. Muchas de las fachadas se han mantenido a la vieja usanza, aunque sólo son cáscaras de lo que realmente es. Ser veggie y alternativo  Volví al hostal, no había moros en la costa. Con Kitman habíamos quedado para una cerveza en el lobby del hostal sobre las 22:30 hs, aun era temprano y todo indicaba que lo más importante era buscar un lugar para cenar. Siendo domingo, por la zona de Alexanderplatz había más movimiento que durante el día. Aun así fue caminar y caminar para encontrar un lugar decente para comer. Me aventuré hacia la zona noreste, dirección Prenzlauer Berg. Como era de noche, a las 17 ya oscurecía y no conocía bien la zona, decidí no aventurarme demasiado. Desde lejos avisté un cartel de Vega Falafel y ahí me dirigí sin dudarlo. Llegué a un pequeño local llamado Esra donde se servía comida árabe. Todo tenía muy buena pinta y el precio era muy accesible. Un poco entre pelos y señales nos entendimos con el dueño, él no hablaba inglésy yo no hablo alemán. Menos de quince minutos después devoraba un plato lleno de verduras empanadas y fritas, con humus, ensalada y pan típico árabe. Y una taza de té de menta fresca. Perfecto!

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Abundante y deliciosa comida árabe

Después salí y caminé un poco más, seguí caminando en línea recta, pasando por una zona de tiendas de marca y calidad, grandes empresas y pasajes perdidos llenos de graffities y street art. Este es un complejo alternativo donde hay varios talleres, cafés y mucho arte! Es un colectivo de artistas, se llama Haus Schwarzenberg.

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Haus Schwarzenberg

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Street art

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Street art de Anna Frank


Terminé dando una extraña vuelta por la cual perdí mi orientación. Terminé en un lugar desolado, donde había un gran edificio donde se veía entrar gente todo el tiempo. Por curiosidad me acerqué y entré también. Adentro pregunté, y el lugar no era nada menos que un teatro, justo tocaban el timbre de aviso que se terminaba la pausa y después de tomar algo en el bar todos los espectadores volvían a la sala. Es uno de los teatros más prestigiosos de Alemania. Se llama Volksbühne.  Decidí entonces volver al hostal y hacer tiempo hasta la hora para quedar con Kitman.

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Teatro Volksbühne

La vida nocturna en Berlín es una de las propuestas más masivas que se pueden encontrar. Mismo dentro del hostal ‘venden’ visitas guiadas a pubs donde se incluye el precio de una entrada o un par de shots. La mayoría de las personas que se apuntan a estos tours suelen ser menores de 30 años. Igualmente, en el lobby había ambiente, aunque el bar ya estaba cerrado, al final logramos brindar por una nueva amistad con una cerveza alemana. Después fue volver al cuarto y ya teníamos nuevas compañeras, tres australianas que se desplomaron en sus camas ni bien entraron, ya que venían agotadas en viaje en tren desde Praga. Se quedaban dos noches y seguían hacia Escandinavia. De repente, había una super energía en la forma de poder femenino viajero en un solo cuarto. Un buen signo. Muy temprano de madrugada nos despedimos con Kitman, ya que ella seguía viaje por Alemania. Esa noche dormí un poco mejor, una de las australianas había logrado graduar la calefacción del cuarto. Berlín y los berlineses Me levanté tarde, sobre las 10 y cuando salí, aun con hambre, me dirigí a uno de los shoppings más cercanos, el Alexa. Es uno de los shoppings más grandes e importantes, con 5 pisos y 180 tiendas. Allí, sabía, encontraría un lugar para desayunar sin tanto problema. Y encontré un local que vendían smoothies de yogur y luego un pequeño café. Personalmente no me gustan mucho los shoppings. Pero una cosa sí es seguro, en un shopping uno puede tener una mirada más local de la vida que se mueve en una ciudad.

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Auto pintado con diseño del artista francés Thierry Noir, pintor de la libertad

Por empezar era lunes, pleno día laboral, eran las 11 am y mientras yo tomaba un café con croissant, a escasos metros, un señor deglutía un triple combo del MacDonald’s. Toda la plaza de comidas, en el último piso del gigante centro de compras, estaba activo con gente esperando en los diferentes locales de comida. Ahí me di cuenta que esa es una gran diferencia con los holandeses. Mientras en Holanda paramos a comer un sandwich de queso, en Alemania comen comida caliente, sustanciosa e hipercalórica. Después tomé el metro, y grande fue mi sorpresa, sentada junto a unos jóvenes alemanes (que rondarían los 25/30 años) tomando cerveza en botellitas de vidrio a tan temprana hora, como si fuera lo más normal y cotidiano. Me gusta observar a la gente, entrar en sus vidas desde mi anonimato. Parejas con niños, gente mayor, trabajadores, aventureros, turistas. En el metro tienes la posibilidad de descubrir los diferentes personajes que habitan una ciudad. El metro es ideal para moverse desde dentro de la ciudad, esta vez quería aprovechar mejor mi tiempo y guardar mis energías para recorrer todo lo que aun me quedaba por ver, ya que mi viaje terminaba esa misma noche.

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Potsdamer Platz


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Kulturforum

Llegué al Potsdamer Platz, y me perdí entre la gente en ese complejo de edificios modernos, puro metal y vidrio, un conglomerado del modernismo, donde se encuentra el edificio Sony Center. Allí hay varias salas de cine, restaurantes y cafés. También caminé por el boulevard de las estrellas, donde han dejado su huella diferentes artistas y actores alemanes. Saliendo de allí te encuentras con el Kulturforum.

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Checkpoint Charlie


Toda la zona de museos y edificios dedicados al arte, desde la Filarmónica hasta la biblioteca nacional, que como era de esperar, al ser lunes, estaba todo cerrado. Igualmente, no pensaba perder el escaso tiempo que me quedaba dentro de un museo, por lo que seguí caminando y decidí tomar el metro hasta la parada más cercana a Checkpoint Charlie. Al bajar del metro, por la zona de Gendarmenmarkt me encontré con un chico italiano que también estaba en el hostal. Nos saludamos y juntos caminamos hasta Checkpoint Charlie, que era un mar de gente, sacándose fotos con los famosos militares norteamericanos. Este es el punto de encuentro y chequeo de los aliados en el límite geográfico entre este y oeste. También hay varios museos reproduciendo la historia de la caída del muro y los diversos medios usados para escapar del muro, entre ellos un globo aerostático. Del límite sólo queda una réplica de la casa de guardia.
El desgarro y el grito que nadie acalla
Mi nuevo amigo italiano y yo separamos nuestros caminos, él quería dirigirse hacia la East Side Gallery, donde aun se conserva parte del muro que fue pintado por diversos artistas; mientras que yo quería ir a la raíz del asunto y decidí seguir adelante hasta la parte noroeste, donde se encuentran los restos del muro y la historia del desgarro de una nación dividida.
Llegué con el metro y ya empezaba a hacerse de noche, lo que le daba una capa de melancolía a todo. Lo primero que te llama la atención son las barras de metal ya casi oxidado que representan el muro destruido. Es una larga hilera de barras de metal, y vas caminando por un caminito entre el pasto, que a su vez tiene fotografÍas que retratan la historia de esta calle, la Berliner Straße

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Berliner Straße

donde se hizo la división entre Este y Oeste de manera casi deliberada. La división se cobró las vidas de varias de las familias que allí vivían. Los edificios donde vivían fueron tirados abajo, y las familias fueron enviadas a vivir a otros lugares. Aun se ven los cimientos de algunos de estos edificios, y allí recibes una cachetada de frío y dolor, con audios y películas mostrando cómo el desgarro se apoderó de esas familias, divididas por un muro que partía sus derechos y los obligaba a acallar sus más íntimos deseos de supervivencia.

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Barras de metal que marcan donde se encontraba el muro


Caminar por allí es caminar por el pasado, es de repente sentirte que estás en otro planeta. Un planeta donde tu voz y tu voto no tienen valor alguno. Sigues hacia abajo y te topas con una estructura de metal, también oxidado, que hace de recordatorio para que veas qué tan alta y siniestra era la caseta del guarda. Sigues y ves una iglesia redonda y moderna, cuando en realidad allí había una iglesia que fue completamente destruida. Más adelante y llegas a otro muro, perpendicular, enfrente han construido un edificio alto donde subes la escalera y desde arriba puedes apreciar el panorama del terror, la ubicación del muro, y todo el terreno libre que queda entre la caseta y el muro, dando al límite con el Este y el Oeste. Te entran escaslofríos de sólo pensarlo.

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El muro visto desde arriba

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Mapa de Berlín durante la división del muro

Luego de haberlo visto y palpado con mis sentidos, decidí volver al hostal. Esa tarjeta de día por menos de €7 fue la inversión perfecta. Esa noche consigo un local pequeño gracias al Trip Advisor, donde se come comida vegetariana, casi al paso, y a buen precio. Coincide ser en la misma zona donde encontré el Vega falafel, a unos pocos metros de allí, un ‘take away’ con un par de mesitas, donde trabo conversación con un mexicano que allí trabaja. El lugar se llama Mishba y pasan música electrónica al ritmo que preparan las papas asadas o los burritos. La comida es buenísima y a buen precio, lo suficiente para seguir caminando un rato más, comprar imanes de souvenir y hacer tiempo. Es una linda noche, no hace tanto frío, y alrededor de la fuente de Neptuno, hay un mercado de Navidad. Decido ir a dar una vuelta, un poco despidiéndome de esta aventura y esta ciudad que ahora llevo en la piel. Esa noche no duermo, mi avión parte a las 6 am y mi primer bus hacia el aeropuerto sale a las 4 am. Como mis compañeras australianas vienen cansadas de todo el día haciendo turismo y tomando alcohol, deciden irse a dormir antes de las 23 hs. Decido entonces irme al lobby y hacer tiempo allí. Se hace pesado, y estoy cansada, aun quedan fragmentos del día en la retina.. sobre las 3:30 no aguanto más y decido irme. Junto mi equipaje y enfilo hacia el frío de la ciudad, caminando. Toda la zona de Alexanderplatz aparece como perdida en el tiempo, a pesar de sus edificios modernos y sus luces de modernidad, hay un halo de desgarro que sientes en el aire. Mientras me cruzo con un pakistaní que busca un lugar donde comer –a esas horas! -  y que le sorprende que una mujer sola camine a esas horas por allí, sigo hasta la estación de tren, donde todo está cerrado, sólo el local del shoarma está abierto. Allí me tomo un té con baklava, haciendo tiempo, afuera hace mucho frío, y por las calles sólo ves pandillas de jóvenes bebiendo cerveza y gritando. Mientras los vagabundos se acomodan debajo de los arcos de un puente, intentando dormir a la intemperie.

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Berlín de noche

Salgo de allí y hago apenas unos metros para llegar a la parada del bus, algunas personas están esperando como yo, algunas chicas,una pareja y unos cuatro chicos que hablan español y apuestan quien bebe más rápido su cerveza. Hay algo ácrido y envolvente, además del cansancio, siento que ya es hora de volver a casa. Berlín ha sido y es para mí una puerta hacia el pasado. He aprendido muchas cosas nuevas y sobre todo, constatado la importancia de un régimen político y cultural respecto a una nación dividida por el desgarro y la falta de libertad. Hoy caminas a las 4 am por sus calles y sientes que la libertad es una cosa de todos.  Como mujer soltera y viajera he sentido una gran libertad, pero más que nada, el poder que tenemos los seres humanos para trascender lo apocalíptico y retomar las riendas de tu vida, el presente.


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