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Bienvenida al club

Publicado el 14 mayo 2022 por @lex_padron Álex Padrón @lex_Padron
Bienvenida al club

El príncipe caminó cansado por el corredor, mientras el espino se apartaba a su paso. Su cuerpo era ágil y bien esculpido, pero no era la pesadez de su avanzada edad lo que lo demoraba. En sus ojos, enmarcados por las arrugas, brillaba con luz mortecina una profunda pena.

Pero como lo inevitable sólo puede demorarse durante algún tiempo, al final llegó a una gran estancia llena del zumbido vacío de las máquinas. Apenas puso pie en ella, las paredes se iluminaron para apartar la tibia oscuridad. En el centro de la habitación había un sarcófago de cristal, y en él estaba Thaleia, tan bella como la había recordado durante toda su vida.

Se permitió unos minutos de descanso junto al lecho transparente, en los que apoyó su mano sarmentosa sobre el borde y dejó que sus ojos se llenasen de las facciones calmas de la princesa. Nunca había visto nada tan hermoso: ella aparentaba apenas dieciséis años, por lo que su piel era tersa y lozana. Su pelo de color sangre, que no había dejado de crecer, cubría sus senos pequeños y duros hasta la altura del pubis. Alguna de sus mucamas, con un inútil sentido del pudor, había envuelto sus caderas con una manta, así que la vista de toda aquella piel apetecible se interrumpía por un breve lapso para continuar en dos piernas largas que tenían las proporciones ideales de todos los pintores del mundo.

El príncipe suspiró y el aire se le quebró a medio camino en los pulmones, roto por un sollozo apenas disimulado por la palma en su boca. Sus ojos secos se irrigaron de agua y sal con todo lo que podía permitirse: una sola lágrima perdiéndose en los surcos del tiempo sobre su cara.

Sabía que debía hacerse lo ineludible, y que ese trabajo lúgubre le correspondía, pero le pesaba en el cuello como una cadena de rocas. Buscó en el pañuelo escondido en la manga un poco de compostura, arregló los vuelos de su traje ceremonial y se cercioró que el charol de sus zapatos brillaba de puro limpio. Con aires de resignación, desconectó el auricular para que, por fin, poder tener una agria conversación con la bella que dormía.

Mientras la tapa del sarcófago se descorría y el zumbido de las máquinas iba bajando de volumen, el príncipe anciano decidió que, a falta de un cliché mejor, iba a mancillar una vez más al amor de su vida. Se inclinó sobre el sarcófago abierto y la besó en los labios. Luego, esperó.

La primera reacción de Thaleia fue igual a la de cualquiera que despierta de un largo sueño. Aún con los ojos cerrados, llevó sus manitas a ambos lados de los ojos y se estiró, inhalando profundo. Luego exhaló con un gemido quedo, bajo las manos, hizo una inspiración fuerte, bostezó y miró en derredor.

Mientras enfocaba la vista, el príncipe tuvo el recato de retroceder dos pasos para quedar fuera de su campo visual.

—Buen día, princesa. ¿Cómo te sientes?

Thaleia volvió la cabeza hacia donde procedía la voz, aún adormilada.

 —Aún con sueño. ¿Ya hemos llegado?

—No con exactitud, pero ya es hora que despiertes.

La princesa se contempló las manos tersas y las uñas cuidadosamente arregladas por las mucamas y sonrió con esa candidez de la que siempre había hecho gala.

—Bueno, supongo que haya una buena razón para que me despiertes. Por cierto, no reconozco tu voz.

—Con toda seguridad tampoco reconocerás mi rostro.

—Permite que te vea, y ya decidiré.

El príncipe se acercó, mientras Thaleia se incorporaba a medias sobre sus codos. Su cabellera rodó hacia el suelo, descubriendo sus pechos, y el anciano apartó la vista, ruborizado. La muchacha rió con muchas campanillas en su garganta, divertida.

—¡Vaya! Obvio que no eres lo que esperaba ver, pero imagino por tus ropas finas que eres un consejero o el mayordomo de mi príncipe. Pero que no te dé pena, buen señor… a tus años, habría jurado que ya la vergüenza de ver doncellas desnudas habría pasado.

El príncipe le tendió con mano temblorosa una túnica y miró al suelo. Tuvo un nuevo arranque de pudor cuando vio como la manta breve caía a los pequeños pies de la doncella.

—Listo, ya puedes verme sin tapujos. Ahora explícame por qué eres tú quien me despierta.

Por respuesta, el anciano le indicó a Thaleia dos cómodas poltronas a unos pocos pasos del sarcófago. Ella trastabilló, aun algo atontada por los largos años en el campo de éxtasis. Él le ofreció pronto su brazo para que se sostuviera, y aún bajo el terciopelo de su jubón sintió la piel erizarse bajo la descarga eléctrica del contacto. La condujo en silencio, le sirvió una copa de la jarra en mesita que estaba entre los asientos y ocupó el suyo. Luego, esperó.

La princesa apuró la bebida, y se sintió más animada y alerta.

—Bien, creo que debemos comenzar por lo básico de la diplomacia. Mi nombre es Thaleia, pero imagino que eso ya lo sabes, así que me llevas ventaja. ¿Quién eres tú?

—Philllipe.

—Qué curioso. Mi prometido se llama de la misma forma.

El príncipe suspiró.

—Gran señora, yo soy ese Phillipe.

La muchacha miró sorprendida al anciano, entornando los ojos. Mentalmente, planchó las arrugas del rostro, tiño el cabello cano y coloreo la mirada desvaída del viejo.

—Dios mío.

—Siento mucho darle tamañas noticias de esta forma, pero el tiempo ha pasado diferente para nosotros, mi reina.

—¿Por qué has envejecido tanto? ¿Por qué saliste de tu campo de éxtasis? ¿Ya hemos llegado? Y lo principal, ¿por qué me llamas reina?

Phillipe se cubrió los párpados con el dorso de la mano y enjugo una nueva lágrima que pugnaba por rodar.

—Hubo un desperfecto en nuestro viaje, Thaleia. Por desgracia, durante el salto los sistemas se sobrecargaron y los campos de éxtasis se perdieron, junto con la vida de muchos de la corte.

—¿No han pasado cien años entonces?

—Noventa, para ser exactos. Feliz cumpleaños.

La princesa bajó la cabeza, sopesando la situación. Miró sus brazos juveniles, y luego los de Phillipe, llenos de marcas, surcos y lunares, haciendo cuentas.

—Tienes ciento siete años entonces. Yo, ciento seis.

—Dieciséis, tal como luces.

Thaleia se estremeció.

—Phillipe, mi Phillipe… ahora…

—Antes que lo digas, ya estamos casados. El rey falleció en el desperfecto. También la reina. Los pocos sobrevivientes decidieron que yo debía estar al mando de la expedición. Ahora, eres reina.

La princesa dejó de serlo inmediatamente, para comprender su nuevo papel.

—No puede ser, Phillipe. Eres ahora muy viejo, y yo demasiado joven. No podemos consumar, y necesito descendencia para poder colonizar Phecda B13. Tenemos que buscar un candidato apto…

El príncipe-rey bajó los ojos, culpable.

—Mi reina, mi bella durmiente…ya todo está hecho.

Thaleia se incorporó y comenzó a caminar nerviosa por la estancia, tratando de adivinar sin tener éxito. Luego se llevó las manos al vientre, notando la extraña ausencia de alguien que la había acompañado en sueños. Miró al anciano con una mezcla de terror y asco.

—Monstruo.

Phillipe la miró lleno de pesar.

—Era necesario, mi reina. En el accidente se quemaron también las cápsulas de todas las mujeres de la expedición. Solo la tuya sobrevivió a la catástrofe. Eras la única que tenía el material genético necesario.

Dentro de la cabeza de Thaleia algo estalló, liberando ya no una, sino un coro de voces que no la acompañaban ahora. El anciano seguía tratando de explicar lo inexplicable.

—Mi bella durmiente, entiende que no había otra forma. Si te hubiese despertado antes, tus ovocitos habrían envejecido contigo y hubiesen sido inservibles…

La princesa devenida en reina lo miró con furia y apretó los puños.

—¿Cuántos, miserable? ¿Cuántos hijos tengo ahora?

Phillipe se retorció las manos.

—De tu vientre, lo máximo que pudimos hasta que el médico lo consideró peligroso. Treinta y tres. Veintidós niñas, once varones. Tratamos de promover las hembras, pero no siempre se pudo. Dos niños murieron.

Thaleia se aferró al respaldar de la poltrona, presa de un repentino mareo.

—Maldito seas —murmuró entre dientes. Un repentino cansancio la invadió, y tuvo que buscar sostén en el asiento de la silla.

Quedaron por unos minutos en silencio. Ella, sin saber si llorar, gritar o volver a su ignorancia dentro del campo de éxtasis. Él sufriendo el peso de su arrepentimiento.

—¿Son todos tuyos, Phillipe? ¿O los otros cortesanos también gozaron de mi cuerpo mientras dormía?

—Todos míos, Thaleia. Yo soy el único a quien culpar.

—Mientes. Si han pasado noventa años, como mínimo mi hijo más joven tiene que tener cincuenta. ¿Permitiste acaso el incesto, monstruo? ¿Has degradado nuestra familia a eso?

Phillipe extendió las manos y las agitó, tratando de espantar la sombra de la duda.

—¡No, por Dios! Luego de pocos años logramos echar a andar las cámaras de crecimiento. Tenías ovocitos suficientes para conjugarlos con los de los hombres que quedaron.

La reina rió, esta vez sin gracia ni campanas, sino con el tañido que llama a la desgracia.

—Todos son medios hermanos entonces.

—Es suficiente para no contaminar la línea genética. La expedición tendrá éxito, reina mía.

—No me llames así, monstruo. ¿Por qué tenías que despertarme? ¿Por qué no me dejaste en el campo de éxtasis? Mejor, ¿por qué no me mataste para no ver en lo que me convertiste?

Phillipe suspiró y gimió quedo por unos minutos.

—Porque eres nuestra reina madre. Ya se han consumido los cuatrocientos óvulos que se podían usar, y merecías saber. La expedición será un éxito porque tú la salvaste… aunque yo tuve que hacer lo más horroroso para ello.

—¡Bestia, alimaña! ¿Qué te hace pensar que estoy orgullosa de haberte dado hijos?

—Entiende, Thaleia. No había otro remedio. Yo he tenido que ver morir a muchos de ellos, y no ha sido fácil. Tampoco envejecer sin ti.

—¿Por qué me torturas entonces? ¿Qué vida me espera?

Phillipe bufó apesadumbrado.

—Han pasado noventa años, reina mía. Tu leyenda ha prendido en nuestros nietos y bisnietos, y se ha elevado a cuento de hadas. Tuvimos que llenar de nanos de espinos todos los corredores que llevan a tu alcoba, pero aun así son más los que cada día mueren por llegar a la bella durmiente, a la madre de todos. Ya no me quedan fuerzas para dirigir solo la expedición: necesito a la reina a mi lado. De lo contrario, nunca tendremos éxito.

—¿Qué te hace pensar, viejo asqueroso, que respetaré nuestro voto? ¿No ves que soy joven y tú un carcamal inmundo? —estalló temblado Thaleia— Si tú has obrado contra natura, yo también puedo. Recuperaré el goce del que me has privado: si he hecho leyenda como la reina madre, tú serás el rey cornudo.

Phillipe rompió a llorar, con una tristeza que hacía compadecerse a las paredes de la habitación. Sacó de sus ropas un espejo, y lo puso frente a su esposa.

—Hay algo más que debes saber antes de presentarte a la tripulación. Tu campo de éxtasis te mantenía joven, pero era defectuoso.

—Feliz ciento seis cumpleaños, amor mío.


Bienvenida al club

Este relato fue publicado originalmente en el número 32 de la revista Korad, septiembre-diciembre 2018.


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