Puedes ver Las normas de la casa de la sidra y darte cuenta de lo realmente feliz que eres. Porque tú también estás recolectando manzanas, criando langostas y viendo el mar por primera vez. Porque en esta pequeña e insignificante vida que sabes que llevas, de alguna manera estás encontrando eso que tanto amas y estás dejando que empiece a matarte. Como cuando te preparan la merienda o te traducen una película en catalán, ahí te empieza a matar. Cuando agarras el cuaderno porque has leído a Holden Caulfield y te ha recordado, de esa desgarradora y contradictoria manera, lo bella que puede llegar a ser esta mísera existencia. Y entonces garabateas y decides publicarlo. Al fin y al cabo solo cumples órdenes: deja que te mate. 
