Revista Filosofía

Carta abierta de un padre.

Por Andi

Si bien mis hijos superan los treinta años de edad, la juventud me preocupa y no solamente porque sea abuelo de siete nietos, teniendo la nieta mayor quince años. Nos asombramos por la convocatoria de FACEBOOK a las chupinas masivas y creemos, o mejor dicho, nos queda cómodo como en la casa de brujas, pensar o decir que el culpable es ese maléfico sitio de Internet.

Afirmar o creer eso es como decir que porque existen las armerías, estamos obligados a comprar un arma y salir a matar gente. O sea la idiotez a la enésima potencia.

Queridos congéneres, nosotros los padres y muchos adultos que tenemos responsabilidades sobre los niños y adolescentes nos hemos convertido en discapacitados de autoridad, somos los plebeyos engendradores de pequeños monstruitos que nos someten a sus caprichos y voluntades.

CARTA ABIERTA DE UN PADRE.

Por eso les compramos las zapatillas de marca y las más caras, los teléfonos celulares, la PC que nosotros no tenemos y cuanto capricho se les ocurre y si no se los compramos, ellos encuentran el modo de tenerlo.

Habrá quien me diga que hay jóvenes que no son así y de hecho es una verdad, pero una gran porción de nuestra juventud se encuentra en este estado, hecha pedazos, sin un rumbo ni líderes de valor a quien seguir e imitar, porque me y les recuerdo, que quienes les brindamos los "boliches donde ellos bailan", los cigarrillos que fuman, las drogas que consumen, la ropa que visten y la tecnología de la cual disponen, se la proporcionamos nosotros los adultos; o sea que no podemos sacar los pies del plato y tenemos toda la responsabilidad por lo que ellos hacen.

Hoy la estupidez está a la orden del día, un púber sabe más de rock que de historia argentina o geografía y mejor ni hablemos de matemáticas, pero, y hete aquí la cuestión este es un privilegio de los chicos de la ciudad, porque los jóvenes que viven en zonas rurales y deben caminar dos y hasta cuatro horas para asistir a la escuela, no tienen tiempo para esas tonterías  y sus padres cien veces menos instruidos que los de la ciudad no necesitan ni amenazarlos ni privarlos de nada para que vayan a la escuela.

Somos un puñado de obsecuentes necios e hipócritas que no deseamos asumir que la estamos pifiando y mal.

Lo terrible, aunque suene duro es que, el tiempo todo lo corrige y lo que no se haga hoy en el hogar o la escuela, mañana se hará desde un hospital, una celda o la triste habitación de un hospital siquiátrico.

© Raúl Lelli


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