En uno de sus forzosos descansos durante el prolongado proceso de filmación de Otelo (Othello, 1951), Orson Welles, que también hace de sí mismo, narra en este cortometraje de menos de media hora una historia de fantasmas que le contaron camino de Dublín, cuando auxilió a un automovilista que se había quedado tirado en la carretera.
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