
Ilumino una mañana de mayo leyendo en voz alta el poemario Claridad, con el que José Agustín Goytisolo obtuvo el premio Ausias March en el año 1959. Ha sido una excelente decisión sacar este libro de la estantería y dejar que sus hojas vayan pasando lentamente por mis ojos. Comienza la obra con una ensoñación de plenitud y felicidad, a la sombra de un almendro (“Cinco años”), pero pronto irrumpe en ella la guerra de 1936, que trajo “un polvo de odio y una / tristísima ceniza / que caía y caía / sobre la tierra y sigue / cayendo en mi memoria / en mi pecho; en las hojas / del papel en que escribo” (“Queda el polvo”). Recordando en silencio, el poeta vuelve a ser como un niño aturdido, atropellado por unos años angustiosos y difíciles, con los bombardeos alrededor y, después, con aquellos maestros agrios, la sensación de estar en un pozo del que resultaba casi imposible salir, la tristeza infinita de haber perdido a su madre, quien fue asesinada en un bombardeo de la aviación golpista en 1938 (a ella le tributa composiciones como “Un día estabas cantando” o “La nana de Julia”). Pero también, afortunadamente, estaban los amigos de niñez, que fueron importantes y a quienes no ha olvidado.
Con este poemario de gran agilidad (los poemas son breves y sus asonancias los llenan de una sonoridad vigorosa: véase, por ejemplo, “Tal morder una manzana”); lleno de nostalgia, melancolía y emociones tenues; lleno de guiños admirativos a Rosalía de Castro (“Mar de ayer”), Antonio Machado (“Homenaje en Colliure”), Miguel Hernández (“Historia conocida”) o Federico García Lorca (“Me cuentan cómo fue”); y lleno de poemas que parecen música (en algún caso, la música la pone Paco Ibáñez con su guitarra, como ocurre en “El lobito bueno”); José Agustín Goytisolo continúa entusiasmándome.
