Eran sólo dos, como cráteres lunares rodeados de manchas grises, un par de marcas sobre su terso rostro, imposibles de pasar desapercibidos; atrayendo miradas indiscretas de inoportunos fisgones capaces de humillarle el ser una vez más sin clemencia alguna. Consuelo ya no lloraba porque el dolor que le causaron las marcas le había ahogado el llanto en las tierras del olvido; en esas mismas tierras donde quería también enterrar el día en que estando sobre la ladera, en las cercanías del río, las filosas rocas le habían besado apasionadamente el rostro.