No hacía falta organizar una expedición ni internarse demasiado en el pastizal. A veces alcanzaba con estar atentos mientras recorríamos esos caminos, porque entre una parada y otra siempre podía aparecer alguna sorpresa. Y este pequeño capuchino fue justamente una de ellas. No recuerdo que nos haya dado demasiado tiempo para pensar la foto; apareció, lo vimos, levantamos las cámaras y tratamos de aprovechar esos pocos segundos antes de que decidiera seguir su camino.
Por aquellos años todavía existía esa ansiedad de querer fotografiar absolutamente todo lo que aparecía delante del lente. Hoy, mirando las fotos con bastante más tranquilidad, uno también disfruta de recordar el momento, el lugar y la compañía. Porque al final, muchas veces la fotografía termina siendo la excusa perfecta para guardar algo más que una imagen; una salida con un amigo, un viaje, una jornada de pesca y esos pequeños encuentros con las aves que hacen que uno vuelva a casa con alguna historia para contar.
El Capuchino canela quedó registrado en aquella escapada y, varios años después, vuelve a aparecer por acá. El archivo tiene esas cosas... uno cree que ya mostró todo y de repente encuentra una foto que estaba esperando tranquilamente su turno.


