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Cuando la rutina muere

Publicado el 03 mayo 2014 por Daniel Rubio @DanielRubioM

Cuando la rutina muere, por Daniel Rubio.

"Cuando la rutina muere nuestra vida cambia de sentido. Algo parecido a dar un paseo y virar 180 grados sin saber el motivo y volver a un comienzo incierto, porque no todos sabemos cuál fue nuestro comienzo."

   —Mi nombre es Víctor Cutícula y mi vida es una auténtica mierda.

   —¿Antes no?

   —Antes era feliz con mi vida de mierda, al menos desde que se instaló conmigo la rutina. Conseguí un estupendo y rutinario trabajo en un despacho de abogados. Era fácil: Llevarles café, el correo o el diario, reparar y limpiar lo que rompen y ensucian o reír las gracias de un modo tan tan estupendamente fingido, que conseguí ganar la simpatía de de las 37 putas que allí se venden, trece son mujeres.

   —¿Eso te enfada o te enfadaba?

   —Lo cierto es que todo eso me la pela, mi vida era maravillosa...

LUNES

   Víctor Cutícula abre los ojos al primer "bip" de su despertador. Respira hondo, saboreando el dulce perfume abandonado por Aurora en la habitación tras un fin de semana de sexo pletórico. Mientras se estira en la cama, abarcándola por completo en la posición del Hombre de Vitruvio, de Da Vinci, sonríe pensando en la perfección de su conveniente relación; una relación limitada al sexo sin compromiso y sin desmontar lo más mínimo su apreciada rutina. No le importa alcanzar cotas inimaginables en lo que ha sexo se refiere, dejándose llevar por senderos de fantasía donde casi todo está permitido. Si ella llevaba a un amigo a la cama, la compartían. De igual modo sucedía cuando él llevaba a alguna amiga. Sólo es sexo, aunque en el fondo él sabe que todo pertenece a su intrínseca rutina, de ahí que cada uno cumple con su rol a la perfección.

   Treinta y cinco minutos más tarde está en la calle, todavía iluminada por farolas de luz amarillenta, guardiana de la noche. Luz que le acompaña en su paseo al trabajo y a la vuelta. Para no romper su rutina, Víctor Cutícula, cuando llega el tiempo en que amanece más temprano y anochece más tarde, no sólo es capaz de madrugar más, sino que aguarda en el trabajo hasta que anochece bajo cualquier pretexto. La luz de amarillo macilento es su triste compañera, y puede que esa luz sea la única capaz de entrar en su corazón.

   El paseo debe comenzar igual cada día, y también hay un ritual: Se detiene en el umbral, justo donde termina el suelo de mármol negro y después lanzar su primer paso, siempre con el pie derecho. Para cualquier otro, realizar el camino al trabajo un lunes es indiferente, o tedioso, o frustrante si tuviese que ir a recoger las mierdas de otro. Para Víctor Cutícula, en cambio, era como andar por las nubes. Repetía a cada paso una coreografía memotécnica sin que nadie se fijase en él, a excepción del desarrapado, que parecía ser el único que percibía esa felicidad bastarda, hija del tedio.

   —¿Hoy tampoco me vas a echar nada, bailarín? —le dijo el desarrapado del Puente de Campanar.

   Víctor apenas lo miró de reojo esbozando una sonrisa. Le encantaba la presencia de ese tipo, formaba parte parte de su vida; un ornamento más en su ordenada vida.

   Continuó su camino hasta el cruce de Pérez Galdós con Avenida del Cid, y por una vez en los últimos siete años, se detuvo. Todo parecía estar en su sitio: el fumador del bar de enfrente, la chica del perro, el barrendero.

   «¿Dónde te has metido?»

   No perdió más de unos segundos en tratar de localizarla. Tiempo en el que permaneció helado, serio, moviendo únicamente sus ojos barriendo la calle. Su respiración se agitaba a cada milésima.

   —Vamos hija de puta —dijo—. Vamos joder.

   La furgoneta apareció tras la esquina tomando violentamente la curva.

   La respiración de Víctor Cutícula se calmó al instante de verla y reprendió su marcha sin molestarse en vigilar el estado del semáforo. En cuanto puso el primer pie en la calzada, el sonido de un claxon y el chirriar de una frenada por poco le provocan un infarto. Contrajo su rostro en ira y continuó sin mirar siquiera al conductor, con la mirada clavada en el muñeco rojo que debería haberle impedido el paso. Un par de coches más tuvieron que esquivarlo al tiempo que hicieron sonar su claxon. Para Víctor sonaron lejanos y ajenos.

   Un año le había llevado memorizar el estado de los semáforos. Horas y horas de observación para ajustar su actuación a un escenario donde no se permitía la improvisación y rara vez se colaba un extra. Hoy le había fallado un actor.

   «Verde, verde, rojo, verde, verde.»

   Aceleró el paso para tratar de aproximar la combinación.

   «Verde, verde, rojo, verde, verde».

Continuará...


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