Revista Salud y Bienestar

¿Cuánto cuesta manipular la intención de voto o criminalizar a alguien? #Hackeaelsistema

Por David Ormeño @Arcanus_tco

Tenía pendiente leer el white paper de Trend Micro titulado "The Fake News Machine" (EN/PDF), un gran ensayo sobre el valor económico de las campañas propagandísticas en la era de Internet.

Un tema que he seguido con interés desde la caída en desgracia de Al Qaeda, y la subida del ISIS, que a diferencia de sus precursores, de difusión digital saben lo suyo. Y un tema que ha cobrado verdadero protagonismo tras todo lo que se ha montado alrededor de la creación de noticias falsas en las elecciones presidenciales de EEUU de finales del 2016 y las francesas de principios de año.

En el eje del huracán, plataformas masivas como Facebook y Google, reconvertidas en este último tiempo en las grandes agregadoras de información que el grueso de la sociedad utiliza para informarse. Pese a que ya hayamos explicado con pelos y señales el peligro que ello conlleva, al tratarse de ecosistemas profundamente no neutrales, dependientes tanto del sesgo de nuestros círculos como del sesgo esperable de los algoritmos que los alimentan.

Un grupo cada vez más grande de la sociedad informándose puramente en unos canales sujetos a complejas e invisibles burbujas de filtros.

Lo que ocurre en Facebook, en Twitter, en Google, no es la verdad absoluta, sino simplemente una de las múltiples verdades que el sistema detrás de esta plataforma entiende que, por nuestras afinidades, nos puede interesar. Y que por ende está sujeto a una subjetividad aún más terrorífica que la que históricamente encontramos en cualquier medio de comunicación: en este blog sabe que viene a escuchar mi parte de la historia, pero en Facebook la gente piensa que está leyendo la actualidad neutral y objetiva sobre lo que ocurre.

El precio de la manipulación informativa en medios digitales

Bajo este prisma, era cuestión de tiempo que aquellos interesados en manipular encontraran en estas "nuevas" herramientas el Santo Grial de su gremio:

  • Al parecer, por 25 euros la agencia inglesa Quick Follow Now ya se encarga de que 2.500 usuarios de Twitter retuiteen un enlace que nosotros queramos.
  • Por 30 euros podemos asegurarnos de publicar un artículo eminentemente falso de 800 palabras que la empresa china Xiezoubang difundirá en diferentes medios digitales.
  • Por 550€, SMOService, una empresa rusa de posicionamiento en la red, nos ofrece la posibilidad de posicionar un vídeo en la página principal de Youtube durante al menos dos minutos.

Para ello hacen uso tanto de bots, como de usuarios legítimos que, sea o no automática y/o conscientemente, ceden sus cuentas para servir al mejor postor.

Como todos estos ecosistemas aún se basan en los criterios cuantitativos (likes, enlaces que apuntan, tiempo de estancia, RTs, +1, compartidos,...) y no en la veracidad/calidad del contenido propuesto, se tergiversa de esta manera tan sencilla los algoritmos, aumentando artificialmente el alcance de dicho contenido y por ende, impactando en más personas.

Ya no hablamos de lo típico de comprar seguidores. A poco que se conozca del tema, ya se sabe que eso es contraproducente para la viralización de un mensaje (mientras más seguidores tengas y menos interacción recibas, menos porcentaje de éxito tendrás y por ende menos alcance te dejará la plataforma al entender que tu contenido es de baja calidad). Estos servicios se han profesionalizado lo suficiente para establecer medidas que no tienen como objetivo una presencia continuada, sino una explosiva que, presumiblemente, impactará a miles o millones de usuarios antes de que la plataforma donde se realiza sea consciente del abuso y proceda a eliminarla. Si es que en algún momento se da cuenta, que esa es otra...

Y sus clientes han pasado de ser gente del lado oscuro cuyos objetivos, generalmente, estaban relacionados con hacer daño a X víctimas o posicionar rápidamente un producto o servicio ilegal, a grandes agencias de inteligencia gubernamentales.

¿El mejor ejemplo? Toda la red propagandística que tienen países como Argentina, México, Filipinas, Rusia, Turquía, China o Venezuela (EN/PDF/otro whitepaper, esta vez de la Universidad de Oxford, por si se aburre) para encargarse, cada uno a su manera, de que un discurso específico cale en el grueso de la sociedad.

Hablé en detalle no hace mucho del arte y las técnicas de la propaganda y contra-propaganda moderna, por lo que no voy a repetirme otra vez por estos lares. De lo que quería hablar hoy es del precio que tienen campañas que se han llevado a cabo recientemente, para que nos demos cuenta de que el problema es muchísimo más grave de lo que parece a priori.

En el informe encontramos un poco de todo:

  • Lanzar una petición pública de forma exitosa: Entre 1.000 y 30.000 euros. Para ello se hace uso de servicios rusos como Jet-s o Siguldin, que permite bypasear cualquier control que una plataforma de peticiones públicas habilite (captchas, direcciones IP, autenticación con cuentas sociales, SMS, controles de seguridad vía email...). Ofrecen hasta versiones trial, que nos dan hasta 50 votos gratis antes de tener que pasar por caja.
  • Hundir la credibilidad de un personaje público: Alrededor de 50.000 euros. Se mantiene durante varias semanas un envío paulatinamente en aumento de menciones negativas que serán ampliamente cubiertas por una granja de cuentas en redes sociales, tanto externas (Facebook, Twitter, Instagram, Youtube...) como dentro de los medios que habitualmente utiliza esta persona.
  • Incentivar el surgimiento de una protesta pública sobre un hecho falso: Alrededor de 180.000 euros. Hay que asociar el objetivo a un tema de calado social (racismo, pobreza, precariedad del trabajo, corrupción...), y para eso se hace uso de un primer grupo compuesto por unas 1.000 personas que inician el debate, que se masificará con la creación de contenidos falsos, y un apoyo masivo de granjas de cuentas. Con ese primer impacto, se crea una quedada real y se alerta a todos los medios tradicionales, que ya se encargarán de difundir el suceso viralizando la protesta, aunque la base de la misma haya sido falsa.
  • Influir en el voto de un porcentaje de la sociedad: Llegamos a la guinda del pastel. Según Trend Micro, por alrededor de 360.000 euros tendríamos la capacidad de cambiar sutilmente el resultado de unas elecciones o un referéndum hacia nuestros intereses. Para ello, y como ya he explicado en su día, hace falta crear redes a varios niveles de publicación de artículos falsos (generalmente partiendo de elementos reales, diluyendo así la frontera entre ficción y realidad). Se necesita como mínimo un año, y entran en juego mecánicas socio-políticas lo suficientemente complejas como para que no pueda definirlas todas en este artículo. Para eso, de hecho, está el white paper. Pero básicamente, se compone de una fase de análisis de la audiencia (cómo son las víctimas objetivo, qué conocimiento tienen sobre el tema...), una fase de preparación (qué noticias reales pueden servirnos para dotar a la falacia de un supuesto halo de realidad, qué discursos alternativos queremos que existan y cuáles no,...), la decisión de los canales (medios tradicionales, medios digitales, influencers, servicios que vamos a utilizar...) y la ejecución de la campaña (previamente programada, dirigiendo a las víctimas y el resto de miembros/servicios de la cadena para que tomen los discursos alternativos que nos interesaban, ahogando aquellos que resultan molestos para nuestros intereses, siendo persistentes en la idea original para favorecer futuros efectos virales, y manteniéndola en el tiempo bien nutrida de nuevo contenido argumentativo).

¿El resultado? Un país que se sale de la zona euro, el auge del populismo de extrema derecha paulatinamente conquistando la cuna de la democracia, o un payaso en la Casa Blanca.

Todo gracias a la ignorancia (digital) del grueso de la sociedad, empecinados en ver como verídico todo lo que llega a sus retinas. Todo debido a un ecosistema (tecnológico, pero también periodístico) que desprecia la citación de las fuentes originales, que parte de una idea preconcebida a la hora de proponer un debate, que oculta problemas de base tras una suerte de muralla de tuberías y cables.

¿Es esta la sociedad que queremos? ¿No sería mejor desterrar de una vez por todas esa falsa apariencia de neutralidad que tienen las plaformas agregadoras, y formar a los niños de nuestra era en la importancia de ser crítico ante lo que uno ve y oye?

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