Sube, cae la pelota hasta tocar el lago y los niños dejan escapar un breve aullido. Se arremolinan en la orilla como si, apelotonados, tuvieran una oportunidad. Los padres miran con impotencia, poco hay que hacer, excepto esperar. La pelota, remolona, no se mueve. Ni hacia una orilla ni hacia otra. Los deseos son como la niebla que se adhiere a la copa de los abetos y las lágrimas del más pequeño son hojas de sal que se desvanecen antes de tocar el suelo.
Habla la tarde de su quietud hasta que una suave brisa inexplicable redescubre la esperanza. Como un cisne, el cuero se desliza sobre el cristal, alejándose de su punto de lagunizaje. Los chicos corren, queriendo agarrar a su querida, siguiendo la frontera de la tierra y el estanque y, a punto de tocar el balón, el viento cambia súbito arrastrando el esférico por donde vino. Apelotonados otra vez ante las aguas mansas, pronto el desasosiego los distrae y disgrega. Hay otros juegos, el bosque es enorme; «insondable», exclama uno de los padres. Sucumben a otros roles, ahora son terroristas y contraterroristas que se ametrallan entre los helechos; ahora niños y ratones. La pelota navega, por un tiempo olvidada en la suavidad del crepúsculo. Los pequeños la miran por última vez antes de volver a sus casas. Tarde, sala la luna por el cielo y la halla meditando sobre el destino. Nadie le dijo que, una vez liberada, sería una nave a la deriva entre los reflejos de lejanas e inalcanzables galaxias, estrellas y sueños.
