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Cuento: Las Montañas Azules

Por Valeramariscal @ValeraMariscal

REGALO de REYES: Abajo puedes descargar el cuento completo en PDF

Sofía V. Valera Londoño

I

Érase una vez un bonito pueblo que tenia a lo lejos unas montañas azules. Las llamaban… las Montañas Azules.

Todos en el pueblo admiraban el horizonte hermoso que podían disfrutar cada mañana. El lugar que todos los veranos les enviaba el viento fresco y que en primavera y otoño regalaba las lluvias.

Un día, unos niños del pueblo, curiosos e inquietos, preguntaron a los mayores que qué había en estas montañas ¿Cómo son esas montañas? ¿Qué hay allí? Preguntaban.

Los del pueblo se encogían de hombros: “Nadie ha estado allí jamás”, decían. Otros contaban que era peligroso, que si nadie había ido por algo sería. Los más agoreros decían: si alguna vez fue alguien no se supo que volviera nunca. El caso es que, por una cosa o por otra, nadie se acercó a ver cómo eran esas montañas, ni sabían qué había en ellas.

Tres de esos niños, más intrépidos que prudentes, más traviesos que obedientes, más inquietos que tranquilos, más pillos que un pedillo en una clase de ballet, … pues eso, estos tres, decidieron salir del pueblo y viajar hasta las montañas, andando.

Y allá se fueron, con sus bolsas de comida, con sus calabazas de agua, con sus silbidos corales  y con sus sacos de dormir.

El viaje fue más largo de lo que pensaron, pues no tardaron un día, no tardaron dos, tardaron … tres. Y,  sorpresa, al llegar: NO HABÍA MONTAÑAS AZULES. ¡Eran verdes!

A largo del camino casi no notaron el cambio, pero ya de cerca, lo veían con claridad, estaban llenas de verde vegetación: hierba, árboles y arbustos, verdes.

A medida que se adentraban en ellas, iban descubriendo más maravillas, los miles de tonos verdes estaban salpicados de pájaros, flores y frutos de miles de colores. Entre los verdes más oscuros se oían las risas de las cascadas de agua. Y de copa a copa, volaban las notas de los cantos de las aves.

 

laexcursion_Montañasazules

Un valle, asomaba a sus pies con un río claro, vital y caudaloso. Ante el espectáculo, los niños, comenzaron a reír, se bañaron en sus aguas, después, jugaron en sus orillas, subieron a los árboles y comieron sus generosas frutas. Satisfechos, sestearon en la hierba, pensando en todas las riquezas y maravillas que tenían esas montañas, que contentos se pondrían en el pueblo cuando se enteraran.

¡Los del pueblo! ¡Los padres! La emoción les había despistado, se habían olvidado de ellos, tenían que volver. ¿Qué estarían haciendo en el pueblo? ¿Qué estarían haciendo?…

II

En el pueblo estaban desesperados. Desde la primera noche los estaban buscando. Sus padres gritando al horizonte, a los cielos, a los pozos, a los ríos… Los llamaban sin descanso, siembre alrededor del pueblo, en los campos de labor, en los bosques, en los molinos, todo el terreno conocido estaba siendo recorrido en busca de pistas. Pero nada. Después de cinco días de búsqueda, las esperanzas comenzaban a disolverse en aceptación del destino: los niños se habían perdido, unos decían, no volverán, otros, fueron a las montañas, otros…

Miradas, cada vez más bajas, tristes, no querían hablar, pensaban que los monstruos se los habían comido. Nadie vuelve de las azules montañas, niños imprudentes…

El sexto día solo su familia y algunos amigos insistían, como autómatas, más por ritual que por que por esperanza.

A medio día, solo un pequeño, que no tenía edad para el desfallecimiento, buscaba como un predador, como en un juego, se subía a las piedras, se metía en la maleza… El nos vio, dos muchachos y una chica juguetones, en el camino viejo, saltando, jugando, … ¡Allí están!  Gritó, sobre un montón de piedras, con el brazo extendido y el índice orgulloso, como una maqueta de Colón.

El grupo de buscadores, sintió el grito como una corriente eléctrica, les subió de los pies a la mirada, les devolvió el color  y el movimiento. Allí estaban los niños, sanos y salvos. Más sanos y salvos de lo que su cansancio y desesperación merecían, por eso primero fueron las carreras, luego los abrazos y después los pescozones.

¿Dónde habéis estado? ¡Habéis tenido a todo el pueblo buscándoos! ¡Pensábamos que no os veríamos jamás! Se oía entre abrazo y colleja.

Los muchachos, aguantaron el encuentro como pudieron y fueron al pueblo en silencio. Allí otra ración de alegrías y reproches, poco a poco, se fueron calmando, y la emoción se fue transformando hacia la curiosidad. Preguntaban las gentes ansiosas, que paulatinamente fueron dejando tiempo para escuchar.

Los tres niños comenzaron a contar su aventura a todos. No hablaron del camino, directamente de las montañas:  que las montañas no eran azules, eran en verdes, que eran un lugar precioso, con frutas buenísimas,.. y ríos, y flores, y pájaros de mil colores…

Era inútil. Nadie con criterio les creía: que mentían, que fantaseaban, que se volvieron locos, que estaban bajo algún hechizo, que algún brujo esperaba más víctimas, que ya no eran ellos…

Nadie con criterio los creía, sólo sus amigos los más locos, estaban entusiasmados, tenemos que volver, les animaban, querían ir con ellos. Poco a poco, todo se calmó, en el pueblo, ya no contaban más, ya no insistían. Se amoldaron al ritmo cotidiano. Guardaron su energía en una conducta discreta, en una normalidad planeada, en una calma cargada de intenciones. Una máscara para urdir un plan. Prepararían la vuelta y  traerían pruebas.

Y así fue, salieron una madrugada, pero, esta vez dejaron un escrito en la plaza. Nadie buscó, solo silencio, preguntas guardadas, miradas… ¿Culpa? ¿Miedo? ¿Vergüenza?¿Rabia? ¿Ansiedad?

De nuevo, al cabo de 6 días, la voz cantarina del horizonte, devolvió el habla, la vista y los pasos al pueblo, fueron a su encuentro. Ahora eran más los viajeros, más los testigos, más las pruebas: piñas, peras grandes, sandías salvajes, ciruelas moradas, … hasta un pájaro azul que soltaron al llegar. Y muchas, muchas hojas verdes: acantos, higueras, pinos, algarrobos, guaduas, yarumos, sauces,… verdes, verdes, verdes, las montañas eran ¡Verdes!.

Finalmente, les creyeron. Estos niños, locos, ¿qué habían conseguido? Habían abierto el camino a un paraíso. Ahora todos querían ir y bañarse en el río, y ver el pueblo de lejos.

Pronto se volvió una tradición, ir en las fiestas, unos días de excursión a las Montañas Azules, perdón, ya no lo fueron más azules. Ya las llamaron las Montañas Verdes.

Desde ese momento en el pueblo nunca falto, fruta y todos vivieron felices con las maravillosas montañas…verdes.

Pero no solamente aprendieron un lugar y camino nuevos, aprendieron algo más, aprendieron que no debes descartar que tras lo desconocido puede haber un paraíso, que la curiosidad de un niño puede hacerte ver las viejas cosas de otro color y que:

  • Muchas veces tenemos la felicidad muy cerca pero, la comodidad, el miedo o la ignorancia nos impiden descubrirla.
  • Que casi siempre, lo que deseamos esta justo detrás de nuestros miedos.
  • Y que el miedo es la frontera, el muro de cristal que debemos romper para ser más libres.

REGALO: Puedes descargar el cuento en versión pdf:

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