Una permanente incertidumbre, resuelta con un sobrecogedor plano final; lo que parecía un territorio plácido, solaz de displicencia, transformado en un infierno. Esas son las señas de identidad de una de las más inesperadas películas francesas de los años 50. La firma, para más extrañeza, no un maestro ni uno de los valores emergentes de su cine, sino André Cayatte descendiendo del cadalso, presumiblemente con la cabeza bajo el brazo, tras ser guillotinado por Bazin en su famoso texto, luego incluido en el libro "Qu'est-ce que le cinéma?". Siempre interesado por temas contemporáneos y trascendentes, a priori Cayatte era el más errado candidato imaginable para dirigir "Oeil pour oeil", una bagatela en las antípodas de los asuntos que solían atraerle. Tachado tantas veces de misántropo e intransigente, nunca se escribió su nombre en el mismo párrafo que cuanto necesitaba una historia como la de esta película: ambigüedad, variedad de registros e implicación más allá del impacto de las imágenes en el público. Llevaba por estas fechas el abogado Cayatte ya más de una década tratando de filmar grandes obras y dejar huella, ser importante, señero, Quizá creyó haberlo conseguido en más de una ocasión, sobre todo con "Au bonheur des dames" en 1943 muy al comienzo de su singladura, pero también con su alegato a favor de la justicia con la eutanasia como tema al fondo - "Justice est fait" de 1950 - o quizá con su film sobre la pena de muerte del 52, "Nous sommes tous des assassins". El éxito en taquilla que cosecharon en los momentos de sus estrenos y las buenas relaciones con los periódicos y los agentes, tan fáciles de cultivar, unas y otras, cuando las entradas se venden bien, así se lo debieron hacer creer. Sin embargo, esas películas ya no las recuerda nadie y sospecho que, como todos, nunca supo Cayatte de verdad si lo que hizo permanecería, si tendría más vidas.
Pese a su rápido ascenso, no se acomodó ni se dedicó a dormitar recostado sobre una montaña de opulencias; tampoco se subió al púlpito para elevar más la voz, ya que lo escuchaban. Al contrario, siguió perfilando con el paso de los años, cada vez un poco más, todo cuanto estaba en su mano para lograr, de nuevo, su propósito. Procuró buscar buenos guiones o los mejores intérpretes y no tiene nada de extraño por ejemplo que siguiera utilizando el prestigioso blanco y negro de sus Fritz Lang predilectos hasta muy entrados los años 60, mientras se inundaban las pantallas con el nuevo cine.
De poco sirvió. Como el de tantos otros de sus contemporáneos, su nombre ha quedado unido a adjetivos que son un estigma: académico, anticuado, polvoriento, enlatado y falto de ligereza... un director del antiguo régimen, de esos que solo hicieron retóricas películas de tesis. De esa impuesta tábula rasa colectiva que los jóvenes turcos extrapolaron más allá de lo que que escribió Bazin, hay docenas de ejemplos en muchas de sus obras que justifican el olvido y su pésima fama. Cada vez cuesta más entornar la mirada y no taparse los oídos ante mucho cine francés y europeo ajusticiado para bien en ese final de era. Pero de cada generalización se suele descolgar un contraejemplo "preocupante" que hace replantear todo de nuevo.
No hará falta recordar el poco tino de Bazin con el "teatral" Pagnol, porque es evidente que hay partes, arranques y pasajes realmente buenos en casi todas las películas de Cayatte, tal vez sin mucho lugar para la improvisación, ni rastro de todo aquello que iluminaba un Renoir. Afortunadamente, no es precisamente el autor de "Toni" la medida de todas las cosas o poco hubiese salido airoso del cine francés o de cualquier otra nacionalidad. Ya con "Le dossier noir" del 55 y su peripecia humanista y alejada de discursos, buena parte de los reproches habituales hechos a Cayatte deberían haber caído en saco roto.Y luego está, como decía antes, "Oeil pour oeil", de 1957.
Filmada "casualmente" en el fragor del cambio de guardia, ya con media redacción de Cahiers empuñando las cámaras por las calles de París, si se tratase del primer Cayatte que alguien ve, invitaría a salir corriendo en busca del resto, porque este olvidado film en color sin pretensiones ni ecos sociológicos, deja tan mudo como para no generar debate, ese efecto que tanto complacía a su director y que tan poco valor cinematográfico tiene. En todo caso, hay pocas alternativas ante un film así y solo cabe que fuese el producto de una alineación de astros extraña e irrepetible o quizá no y haya que volver a rebuscar entre las demás que hizo de nuevo.
La foto impresionante de Christian Matras, la planificación exacta y libre de ganga efectista, las misteriosas interpretaciones de Curd Jurgens y Folco Lulli y sobre todo varias alucinantes escenas ya en la parte final del film, cuando muta de un Hitchcock a un western de William A. Wellman, sin más asunto que uno ancestral, la venganza, llevaron a Cayatte más cerca de sus aspiraciones magistrales que todas las demás veces que apeló a la conciencia nacional o se erigió en fiscal o defensor de las más comentadas causas.Plásticamente, "Oeil pour oeil" anticipa nada menos que a la obra cumbre del mencionado Lang, que tan cerca se iba a quedar de la más absoluta de las perfecciones imaginables con su díptico indio de finales de década, filmado cuando volvía, cabizbajo y vencido, despeñándose de su puesto como inconmensurable genio negro hacia el redil alemán de su juventud. Nadie podía haber más descreído que Lang de él mismo y fue entonces cuando más sublime fue su cine.
Pero lo fundamental no es el ocre de los atardeceres ni los maravillosos reencuadres para que Matras siguiera soñando con los Ophuls que venía de iluminar en los años precedentes. Consigue Cayatte algo aún más difícil, que un plano dure más en el recuerdo que en la proyección, que un gesto sea inolvidable, que sin palabras ni explicaciones se comprenda todo sin anticipar nada y hasta que Jurgens transponga a su personaje alguna de las mórbidas bellezas ganadas para su abanico interpretativo desde el cercano set de rodaje en que vino al mundo "Bitter victory" de Nicholas Ray. "Oeil pour oeil" refleja, como pocas veces he visto en una película, el cansancio del trabajo, la duda, la fuerza de la confianza, el dolor físico, la sed y el hambre, la locura y la muerte.
