Revista Ciencia

Del sentimentalismo, o la espiritualidad sin trascendencia

Publicado el 21 noviembre 2013 por Rafael García Del Valle @erraticario
Según el neurólogo Antonio Damasio, la racionalidad y las emociones han de estar correctamente integradas de manera que exista una influencia mutua creativa. De no ser así, los sesgos emocionales pueden causar estragos y, en el lado opuesto, la razón sorda al sentimiento hace peligrar el aspecto humano necesario en cualquier decisión que aspire a ser sana. Los niveles inferiores del edificio neural de la razón son los mismos que regulan el procesamiento de las emociones, los sentimientos y las funciones necesarias para la supervivencia del organismo. Esos niveles inferiores mantienen una relación directa y mutua con casi cada órgano del cuerpo, situándolo así directamente en la línea de producción que genera los más altos logros de la razón, de la toma de decisión y, por extensión, de la creatividad y conducta social. Emoción, sentimiento y regulación biológica juegan entonces un papel en la razón humana. Los engranajes más primarios de nuestro organismo intervienen, están implicados, en los procesos más elevados de razonamiento. (Damasio, El error de Descartes) Es la integración a que hace referencia el proceso de individuación junguiano, pero aquí nos limitaremos a la perspectiva de un neurólogo, por cambiar un poco… Según Damasio, los sentimientos están ligados a la percepción de estados corporales: “un sentimiento es la “vista” momentánea de una parte de ese paisaje corporal”. Las señales nerviosas que transmiten el estado corporal coinciden con las percepciones procedentes del mundo, ya sea exterior o interior en forma de evocación. Y los sentimientos son calificadores corporales de tales percepciones. Y toda percepción es, en realidad, un pensamiento. Así, …un estado-corporal calificador, positivo o negativo, es acompañado y completado por una modalidad consecuente de pensamiento: veloz y rico, cuando el estado-corporal está en la banda positiva del espectro, lento y repetitivo cuando el estado-corporal deriva hacia la banda dolorosa. “En esta perspectiva, los sentimientos son los sensores que detectan abundancia o falta de equivalencia entre naturaleza y circunstancia”, es decir, entre la actividad biológica propia y la información adquirida del medio en un determinado momento. Esto quiere decir que: Si no fuera por la posibilidad de sentir estados corporales que están ordenados, de suyo, para ser placenteros o desagradables, no habría pena ni arrobamiento, piedad ni anhelo, tragedia ni gloria en la condición humana. En este sentido, cerebro y cuerpo forman una red de interacciones cuyo resultado es la mente, allí donde somos lo que somos, pensamos, conocemos y sentimos. Esto no significa que se degrade el valor de los sentimientos. Al contrario, muestra que estos son el resultado necesario de la interacción entre los pensamientos, el sistema neuronal, el cuerpo y el mundo, es decir, el conocimiento surgido de la integración de todos ellos. “Los sentimientos son la base de lo que los humanos han descrito durante milenios como el alma, o espíritu humano”. Lo que sí puede degradarse es la analogía que ciertos movimientos espirituales establecieron en su día entre sentimentalismo, que entenderemos como la incitación continua a la expresión fácil de afectos y desafectos,  y el concepto de espiritualidad, la búsqueda “interior” de lo trascendente. La autoconciencia surgió cuando las neuronas fueron capaces de hacer mapas mentales sobre su propia actividad, y no sólo del exterior. Se accede así a una nueva dimensión cognitiva por evolución del cerebro, en este caso el neocórtex, que permite el giro sobre sí mismo necesario para adentrarse en un imaginario que hasta entonces impulsaba al ser humano de manera incontrolada, e incontrolable. Con este avance natural, se disponen de las herramientas para acceder a ese imaginario construido sobre sensaciones corporales generadoras de sentimientos y para progresar en el gobierno del mismo. Un proceso así es lo que permite entrar en la práctica de la meditación, que en su primera fase conlleva la participación del intelecto para vigilar el proceso de introspección y reconocer apropiadamente el tipo de emociones que están siendo experimentadas, rastrear sus fuentes y determinar el grado de distorsión que provocan en la realidad percibida y en el proceso posterior de razonamiento. Silenciadas las emociones, el intelecto dispone de la capacidad para tratar de acallar su acción racional, un proceso mucho más complicado que, de culminar con éxito, deriva en contemplación, elevaciones místicas y demás asuntos que no vienen al caso. Se necesita una sólida base moral para que el intelecto actúe sobre las emociones sin dejarse atrapar por ellas. Esto exige esfuerzo a largo plazo y constancia para no sucumbir ante la falta de resultados inmediatos. Como se explica en otra entrada del blog, en referencia a un ensayo de Thomas Metzinger, la búsqueda espiritual es una ética surgida del conocimiento de uno mismo mediante una acción interior: No dejarse corromper por uno mismo significa no dejarse mentir a sí mismo: no dejarse llevar por la autocomplacencia, la autogratificación, el desprendimiento del pensamiento crítico y el olvido de toda dignidad intelectual. La espiritualidad, en cuanto que proceso de conocimiento interior del sí mismo, tiene en su base un propósito epistémico al que se suma una intención de salvación o liberación cuyo objetivo es trascender la dualidad objeto-sujeto. La honestidad intelectual, si de verdad se persigue un “conocerse a sí mismo” sincero, obliga a un compromiso con la búsqueda de la verdad en detrimento de todo interés personal, sea cual sea el resultado final. De lo contrario, todo el proceso es una absoluta mentira cuyo premio es muy tentador: sentirse bien. Es así que no se trata únicamente de la aplicación de terapias y formas más o menos complejas de sanación y bienestar personal, sino que concierne a los ámbitos de la ética y la integridad personales, siendo parte del proceso de autoconocimiento el logro y aplicación de un elevado sistema de valores. Frente a esto, el sentimentalismo es una actitud permisiva ante las emociones que niega la intervención de un principio racional en el manejo de estas. Se sustenta en discursos y ambientes que propician la facilidad de conmover y/o entusiasmar, para lo cual la supresión de la razón es un imperativo de manera que tenga efecto el acto “irracional” de dejarse llevar por los impulsos externos. En los denominados talleres de sanación espiritual de miscelánea New Age, los participantes se sumergen en una atmósfera festiva y desinhibida que el paso de las horas va cargando de complicidad, excitación y sensaciones placenteras; una sucesión de risas, bailes, gritos, llantos, silencio, calma, aromas, luces tenues, relajación, sonrisas, calidez humana, cercanía, abrazos. El sufrimiento se libera momentáneamente al estar sumergidos en una situación de juego, diversión, evasión; la soledad se olvida por unas horas al sentirse formar parte de una camaradería provocada en condiciones de laboratorio, un ambiente controlado en que todos aceptan la interpretación de un papel asignado por fases. La experiencia provoca la dilatación sensorial y el incremento de la receptividad, el ambiente invita a la extraversión y al sentimentalismo como respuesta natural al entorno. Por su parte, las enseñanzas, cuando las hay, están vacías de contenido; se trata de discursos limitados a expresiones que refuerzan la experiencia de inmersión en el gozo, pero que carecen de efectos en el mundo real; tonos amables y sugerentes que acarician las mentes y sumergen al grupo en una fantasía de piedad y en la ilusión de haber adquirido el poder para cambiar el entorno, todo gracias a una retórica de sacristía que halaga al personal con vagos eslóganes  con que recordarles lo que todos quieren soñar. El mismo resultado que se obtiene cuando te resignas, tras contener los impulsos de mordacidad, a ver una mala comedia de navidad. Sólo que a un precio más elevado. La confusión aumenta cuando se considera la experiencia como “espiritual”, el encuentro del individuo con fuerzas extraordinarias que inyectan en su organismo energías casi milagrosas, cuando lo que en realidad se ha experimentado ha sido la enajenación que se disfruta al participar en una actividad fascinadora y absorbente, bañada por el discurso halagador que no disuelve la fantasía sino que la estimula. Lejos de ser espiritual, la experiencia no podría ser más humana. Un regreso a los estadios báquicos de la sociedad. Alcanzada una nueva fase de la evolución, no es posible volver atrás. Si la conciencia está sometida a un proceso de evolución, pretender obedecer a capas inferiores de ese desarrollo es afirmar una involución contra natura. Si la idea es vivir de acuerdo a los preceptos de la naturaleza, uno de estos preceptos establece que regresar a un estadio anterior de conciencia no es natural. No hay sanación en lugares así. Por el contrario, hay adicción. Y mucha. La que surge cuando se obtiene cierto alivio temporal, incluyendo los momentos de evocación de cuán agradables fueron los talleres, como cualquier memoria bienvenida en mitad del temporal que es la vida diaria, y que invita a volver al refugio en busca de más calor humano, a falta de poder alcanzar una llama interna con la que orientarse por sí mismo. El tipo de sufrimiento que sentimos a través de los cinco sentidos es bastante fácil y rápido de eliminar. Pero el tipo de infelicidad debida a todos los pensamientos y conceptos que provienen del intelecto humano sólo puede desaparecer si hacemos uso de ese mismo poder de razonar. Cuando se es infeliz porque la mente está confusa, es muy difícil superar esa infelicidad con algún tipo de placer físico causado por las conciencias sensoriales. […] Por esta razón, alguien puede estar rodeado de abundantes posesiones, con una familia perfecta y amigos maravillosos, y aun así ser infeliz. La infelicidad psicológica y emocional que viene desde muy adentro, como resultado de nuestros pensamientos, no puede ser paliada por el tipo de felicidad que nos proveen las cosas externas. (Dalai Lama, La mente serena) Siempre resulta ser lo mismo: terminada la sesión, terminada la enajenación; terminada la enajenación, terminado el hechizo. Los cautivos quedan libres para enfrentarse al mundo, tan desarmados e ignorantes de sí mismos como lo estaban cuando entraron en el castillo de Disneyland. Volviendo a la entrada antes ya mencionada, allí se dice que este tipo de dinámicas sólo logran debilitar la capacidad del ser humano para regular los actos instintivos y pasionales. Estamos, por tanto, ante un proceso de libertad absoluta para la proyección del yo al exterior, sin límites, y que, en el sentido contrario, el de la introspección y búsqueda del ser, sólo acepta influjos externos que estimulen y permitan, cada vez con más fuerza y paradójicamente, esa proyección hacia el exterior. Las palabras mágicas y los juegos de manos no cambian el entorno; los jefes siguen siendo igual de cretinos, los familiares igual de egoístas, los amigos igual de ciegos… El sujeto, igual de incapaz de tolerar y enfrentar su realidad. Porque no hay camino, no hay aprendizaje, no hay desarrollo. Sólo hay experiencias puntuales, algunas divididas en niveles de dificultad expresiva-emocional que se disfrazan como niveles de desarrollo personal, que se disfrutan como todo espectáculo de distracción, una vez pagada la entrada. Pero que nadie desfallezca, porque el consumo no puede parar; de lo contrario, colapsaría el sistema. En breve, le anunciarán una nueva terapia; más rápida, más efectiva, más acorde con su situación personal. Más fácil de llevar a la práctica. Sin necesidad de renunciar a los pequeños chismes de la vida, sin cuestiones incómodas sobre valores. Sin aburridos esfuerzos cognitivos. Risas garantizadas y entorno amigable. Profesionales con años de sonrisa estable y modulación progresiva de la voz. La chispa en la mirada los avala. No pierdas la oportunidad. De ti depende ser feliz pero antes tienes que aprender a dejar de depender, nivel I, y luego dependerá de lo que aprendas que serás feliz o no, nivel II. Nivel III: como felizmente aprenderás, nada habrá dependido del taller que hayas aprendido o dejado de aprender, sólo de ti. Si no lo aprendiste, quizás te convenga el taller de desaprender. Todo esto y mucho más por tropecientos euros la ilusión.

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