Revista Coaching

Demasiado ocupados para mejorar lo que importa

Por Jofoba @jordifortunybad

El pasado viernes impartí el último módulo de acompañamiento a la implementación de la temporada. Este cierre me dejó pensando en algo que, después de quince años trabajando en efectividad, cada vez veo con más claridad.

Vivimos y trabajamos cada vez más deprisa, pero estamos perdiendo la paciencia para dedicar tiempo a lo esencial.

Stephen Covey lo explicaba con el hábito de «afilar la sierra»: cuando estamos demasiado ocupados cortando el árbol, detenernos para afilar la herramienta puede parecernos una pérdida de tiempo. Sin embargo, seguir trabajando con una sierra cada vez menos afilada solo exige más esfuerzo y produce peores resultados.

La metáfora sigue plenamente vigente. De hecho, creo que hoy lo está más que nunca.

La efectividad continúa estando muy lejos de muchas organizaciones y de muchas personas. Se trabaja mucho, se corre mucho y se responde a muchas cosas, pero eso no siempre significa que se avance en lo importante. Las agendas están llenas, los correos se acumulan, las reuniones ocupan buena parte del día y las urgencias se han convertido en la forma habitual de trabajar.

Para resolverlo, a menudo buscamos las soluciones allí donde no están.

Sesiones exprés, herramientas milagrosas de aplicación y resultados inmediatos. Todo tiene que encajar en agendas saturadas, generar poca fricción y demostrar su utilidad desde el primer minuto.

El problema es que el cambio real no funciona con parches.

Muchas personas —y, por extensión, muchas organizaciones— creen que cambiar exige un tiempo y una dedicación que ahora mismo no tienen. Pero después de tantos años trabajando en este ámbito, hay algo de lo que estoy convencido: lo que de verdad necesita el cambio es una necesidad real de cambiar. O, al menos, una percepción clara de esa necesidad.

Cuando esa necesidad existe, los recursos aparecen.

Cuando no existe, cualquier esfuerzo parece excesivo.

Y aquí se da una de las mayores contradicciones —y también una de las mayores frustraciones— que observo en mi trabajo: las personas y las organizaciones que, en teoría, más necesitan detenerse son muchas veces las menos dispuestas a hacerlo.

Quienes viven atrapados entre reuniones, correos, urgencias e interrupciones son, a priori, quienes más se beneficiarían de revisar prioridades, definir límites y construir un entorno de trabajo más sostenible. Pero también son quienes más difícil encuentran reservar tiempo —y atención— para hacerlo.

Están demasiado ocupados cortando para afilar la sierra.

Después de tantos años acompañando a personas y equipos, te aseguro que la voluntad real de cambiar se nota muy pronto.

Se percibe en las preguntas.

En la disposición a probar algo aunque al principio resulte incómodo.

En la honestidad con la que se reconocen las propias resistencias.

La diferencia no está en lo saturadas que estén las agendas. Está en cuánto está dispuesta cada persona a incomodarse para dejar de vivir de esa manera.

La sociedad avanza muy deprisa. Las herramientas cambian, los mensajes se acortan y nuestra tolerancia a los procesos largos disminuye. Pero algunas cosas esenciales siguen necesitando el mismo tiempo de siempre.

Pensar requiere tiempo.

Aprender requiere tiempo.

Cambiar requiere tiempo.

Y vivir y trabajar mejor también.

Vuelvo ahora a la reflexión sobre el «fin de curso» con la que empezaba este post.

En estos quince años yo también he cambiado mucho. Tanto que, si mi yo del pasado viera algunas de las cosas que hago hoy, probablemente me preguntaría si me he vuelto loco.

Durante mucho tiempo defendí procesos completos y exigentes. Y sigo pensando que son los que permiten llegar más lejos. Pero también he entendido que el mundo ha cambiado, que la atención es más escasa y que muchas personas ya no están dispuestas a empezar por ahí.

Por eso hoy tenemos propuestas para distintos niveles: desde una charla breve hasta una formación de un día y medio con acompañamiento ilimitado a la implementación.

Siempre me ha gustado decir que, por nosotros, no quedará que alguien no pueda mejorar su efectividad.

Pero también conviene decir la otra parte.

Lo que una persona consigue es proporcional a lo que está dispuesta a invertir. Y no hablo de euros. Hablo de tiempo, atención, práctica, honestidad y voluntad de cuestionar hábitos que llevan años instalados.

No hay milagros.

Una sesión breve puede abrir una puerta.

Una herramienta puede resolver un problema concreto.

Una idea puede provocar una reflexión valiosa.

Y, por supuesto, todo esto es válido.

Pero no deberíamos confundir un primer paso con una transformación.

Hoy acepto mejor que en todos los grupos habrá alguien que no quiera estar allí, alguien que busque demostrar que nada sirve y alguien que espere obtener mucho sin cambiar prácticamente nada. Antes me afectaba. Ahora entiendo que también forma parte de la nueva normalidad.

Mi trabajo no consiste en convencer a todo el mundo.

Consiste en ofrecer caminos, acompañar a quien realmente quiera recorrerlos y dejar claro que el cambio es posible, pero no gratuito.

Al final, la pregunta clave no es cuánto dura una formación. La pregunta es qué estamos dispuestos a cambiar cuando esta termina.

 

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