Revista Jurídico

Democracia: evolución o involución

Por Gerardo Pérez Sánchez @gerardo_perez_s

photo_2025-06-13_13-25-40-300x188 Democracia: evolución o involuciónTheodore Roosevelt fue el vigésimo sexto Presidente de los Estados Unidos de América, durante el periodo comprendido entre 1901 y 1909, así como el primero en recibir el Premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos para poner fin a la guerra entre Rusia y Japón. Una de sus frases más conocidas reza de la siguiente manera: “Una gran democracia debe progresar, o pronto dejará de ser o grande o democracia”. En otras palabras, cuando una Nación se convierte en una democracia, tal logro no ha de considerarse nunca como definitivo. Las libertades y las ventajas de dicho sistema pueden degradarse, e incluso perderse, si no se realiza un esfuerzo colectivo por reforzar y progresar constantemente en los valores y elementos imprescindibles para su mantenimiento.

No hace falta ser un profundo estudioso ni un avispado analista para concluir que en los últimos tiempos se está produciendo un deterioro en las sociedades que se auto califican como libres y democráticas. El asalto violento al Capitolio, con el que se inauguró 2021, constituye un buen ejemplo de la degeneración de la nación que otrora presumía de representar un modelo a seguir en lo tocante al Constitucionalismo. No obstante, en modo alguno se trata de un problema exclusivamente norteamericano. La violencia (sea física o dialéctica), la desigualdad (sea económica o social), la crisis (sea de valores o patrimonial) y el continuo enfrentamiento (sea religioso, racial o geoestratégico) conforman un caldo de cultivo muy propicio para avivar el descontento de la ciudadanía y la proliferación de los extremismos. Si a ello se añaden los crecientes problemas para que los jóvenes accedan a una vivienda, la saturación o colapso en varios servicios públicos esenciales o la incontrolable presión migratoria, el porcentaje de ciudadanos que se sienten engañados ante el incumplimiento de las promesas del denominado “Estado del Bienestar” y dispuestos a caer en brazos de cualquier discurso que les garantice su particular concepto de progreso crece sin remisión.

A mi juicio, nos hemos despreocupado como sociedad de robustecer nuestra democracia, bien porque se ha consolidado la pueril y errónea idea de que basta con meter una papeleta en una urna cada cuatro años para sustentarla, bien porque se considera de forma infantil y equivocada que resulta suficiente proclamar su existencia en una norma para que resista inalterable a cualquier embate. Sin embargo, como ocurre con las hojas de los árboles, la Democracia también puede calificarse de caduca o perenne, sin garantizarse eternamente su supuesto escenario de libertad y prosperidad. Diversas enfermedades sociales nos aquejan, y debemos tratarlas y curarlas con afán para poder apuntalar y salvar nuestra democracia.

La primera: la división social en bandos irreconciliables. Las luchas religiosas, raciales, económicas y políticas provocan que ahora nos sintamos más divididos que nunca. Encontrar objetivos, principios y deseos que nos unan como sociedad resulta una ardua tarea. Se impone lo que nos separa y da la sensación de que la finalidad no es convencer, ni tampoco respetar a quien piensa distinto, sino aniquilarle y pasarle por encima. No se ejerce la crítica sobre actos o decisiones concretos, sino sobre sus autores, en función de si son “los míos” o “los otros”, y así es imposible construir una nación sobre la que asentar una democracia.

La segunda: la creciente desigualdad, que genera cada vez una mayor tensión social y supone una fuente de injusticia que, tarde o temprano, explota por algún lado. Todos los informes que analizan esta cuestión, provengan del organismo que provengan (ONU, Consejo de Europa, ONGs, etc…) llevan décadas alertando sobre el incremento de las desigualdades en el mundo, una realidad que evidentemente no se transforma fomentando la vía de las “subvenciones para todos”. Se trata de promover auténticas oportunidades en ámbitos como la educación, el trabajo y la cultura, para que generaciones presentes y futuras puedan sentirse libres y desarrolladas en la esfera personal.

La tercera: la paulatina y constante concentración de poder en los Gobiernos, que convierten con más frecuencia en pura teoría, al margen de la práctica, los frenos, contrapesos y controles imprescindibles de los Poderes Públicos. Idéntica actitud ascendente presentan los partidos políticos a la hora de asfixiar la Democracia, imponiendo sin cesar las listas cerradas y bloqueadas a los votantes, teatralizando sus primarias internas y convirtiendo a sus formaciones en “oficinas de empleo” para sus afiliados, a quienes colocan en los puestos que sea menester.

La cuarta: la creciente falta de formación de la ciudadanía y la deficiencia de nuestro sistema educativo, que muestran la paradoja de contar con los miembros con más títulos y conocimientos técnicos y, al mismo tiempo, más crédulos y manipulables, en lugar de más críticos y reflexivos. Se dice que una democracia sólo funciona con una ciudadanía bien formada e informada, pero esa premisa también se halla en riesgo en estos momentos.

La quinta: el infinitamente enquistado problema de la vivienda, sobre el que ha existido una desidia patente por parte de los responsables políticos. Pese a que nuestra Carta Magna les obliga a orientar sus políticas para dotar de una vivienda digna a todos los españoles, han eludido ese deber, desviando su responsabilidad hacia los propietarios particulares.

Todo este caldo de cultivo fomenta la creciente separación entre grupos importantes de ciudadanos y la denominada clase política tradicional, buscando soluciones extremas o, simplemente, apostando por postulados antisistema, al sentirse engañados por una sociedad que prometía prosperidad y en la que, en muchos casos, están encontrando regresión y precariedad. En la disciplina de Ciencia Política se utiliza el concepto de “desafección” para referirse a este distanciamiento de la ciudadanía con respecto a la Política, que se aprecia inicialmente en las encuestas y, posteriormente, en las elecciones, bien sea por la vía del aumento de la abstención electoral, bien sea por la vía de la creación de partidos populistas. Pese a la evidencia del diagnóstico, la clase política tradicional no se da por aludida, ni cambia su forma de actuar, salvo, en su caso, para ahondar en el enfrentamiento, las polémicas estériles y la dialéctica cada vez más incendiaria. De hecho, el apoyo popular a la Democracia nunca ha sido tan débil. El año pasado, el índice de Democracia de “The Economist” volvió a descender y alcanzó su nivel histórico más bajo. El aumento del descontento se ha acelerado desde 2005 y esta tendencia se nota especialmente en las democracias desarrolladas. Pero no sólo se pone de manifiesto en el análisis de “The Economist”. En 2024, por noveno año consecutivo, la mayoría de los países del mundo sufrieron un deterioro en su desempeño democrático, según el análisis del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA Internacional), constituyendo la caída consecutiva más prolongada desde que este organismo iniciara sus registros hace medio siglo.

En definitiva, si no tomamos conciencia urgentemente de esta tesitura y comenzamos a mimar nuestra democracia, un día nos levantaremos entre lamentos, asistiendo a su pérdida por colaborar con nuestra actitud a convertir en caduco un sistema que, necesariamente, debe ser perenne.


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