Revista Cultura y Ocio

Detrás del hielo - Marcos Ordóñez

Publicado el 11 abril 2018 por Elpajaroverde
Facebook guarda mis recuerdos y me los devuelve. Oh, gracias, Facebook. Aquí vendría, de existir, un emoticono de ironía, pero lo que en un principio se me antoja algo frío y autómata se me revela como una milagrosa coincidencia y como un algo clarificador. Facebook guarda una cita que comparto de un librito maravilloso titulado Lampedusa de una no menos maravillosa Maylis de Kerangal y, un año después, cuando estoy siendo arrastrada a caerme, a hundirme, en la lectura cuya reseña os ofrezco hoy, cuando ni yo misma soy capaz de explicarme o de poner en palabras el porqué de que algunos libros, incluso antes de que hayan sido leídos, ejercen ese poder y tiran de nosotros de esa manera, la omnipotente y presente red social y su memoria imperecedera me ofrecen las palabras y la explicación (aquí vendría un emoticono de suspicacia, de carita pensante o aquel otro de estrellitas azules por ojos, de no ser porque, aunque no le niego a Facebook el don de la oportunidad, soy consciente de que es mi Maylis la que nuevamente obra un milagro para mí).
«Cuando abandono la isla al final de la estancia se desgarra algo dentro de mí, una especie de nostalgia, y cuando vuelvo, me da la sensación de que me incorporo a un lugar que es el mío, donde estoy en mi país -siendo como soy una extranjera-, que tal vez es el mío precisamente porque he llegado allí como una extranjera, exactamente como llego a un libro».
Llegar a un libro como una extranjera...
Llegar a un libro y sentirlo propio. Llegar a un libro y saber que es ahí donde se debe estar.
Detrás del hielo - Marcos Ordóñez«Mi nombre es Klara Liboch. Esta no es mi historia, es nuestra historia. La historia de nosotros tres: Jan Bielski, Klara Liboch, Oskar Klein. Repito esos nombres, ellos dos y yo entre ellos, nuestros nombres por siempre juntos, tal como quedaron grabados a punta de navaja, encerrados en un círculo, en una de las mesas del Eden Bar y en el árbol más viejo de la plaza de San Bruno. Esta es la historia de nosotros tres y de nuestra ciudad perdida, nuestro mundo desaparecido, que ahora contemplo como a través de una gasa de hospital, con sangre seca en los bordes».
He llegado y estoy en casa. He llegado y estoy encerrada en el círculo. En el país de Jan, de Klara y de Oskar. Rodeada de esa fortaleza que intenta preservar la ciudad perdida. En el interior de ese círculo de fuego que podría ser triángulo y cuyo aroma anuncia la que será la ciudad incendiada. He llegado y, de no ser porque conozco perfectamente el significado de la expresión, definiría mi llegada como un estado de sitio. O, tal vez, seguramente, es precisamente por conocerlo por lo que la expresión acude a mi mente.
«Cuando escribas algún día sobre todo esto, hazlo como quien de repente rompe a cantar, de noche, en mitad de un camino», le dirá Jan Bielski a Klara Liboch. Y Klara canta, vaya si canta. Canta con voz que perturba y ensalza. Con su voz secreta por fin encontrada. Canta de lo que pudo ser y no fue. De lo que fue y no será más. De lo que siempre será. Canta y es por fin reina del bosque. Canta en la noche y su voz es sol de domingo, luz de mañana, como cuando a gritos cantó feliz en plena calle Il cielo en una stanza.
Si tuviese que elegir una cita que precediera a esta novela escogería la frase de Maylis de Kerangal a la que hago referencia (e incluyo) al inicio de esta reseña. No soy yo, por supuesto, quien elige esa cita que tan cargada de intenciones suele estar. Supongo que es Marcos Ordóñez. Ignoro si la escogió para esta edición revisada que en 2017 presentó Libros del Asteroide o si ya había pensado en ella cuando se publicó por primera vez esta novela allá por el año 2006. Sea como sea, la elección que a mí me llega es este landay de una mujer afgana:
Vuelve acribillado por las balas
de un tenebroso fusil, amor
yo coseré tus heridas y te daré mi boca.
Los landays son una forma tradicional de la poesía afgana. Se trata de poemas breves compuestos mayoritariamente por mujeres y que habitualmente se narran cantando. Versan sobre temas como la pasión amorosa, la separación, las guerras, el dolor por la tierra perdida,... Detrás del hielo es el landay de Klara Liboch. Un canto de voz clara que derrite el hielo que preserva los recuerdos, que les insufla vida; largo para ser considerado landay pero que se revela como tal al descubrir que la voz que lo transmite es un coro formado por los landays de muchas mujeres.

Detrás del hielo - Marcos Ordóñez

Ceiling. Fotografía de Rhonda Oglesby


Creo que fue ese landay con el que arranca la novela, amén de una leyenda que se narra en el primer capítulo, los que abrieron una compuerta en mi subconsciente. Escribo creo porque me doy cuenta de ello después. El caso es que poco a poco, por esos resquicios que inexplicablemente se abren en nuestra memoria, llegó hasta mí una lectura pasada: La palabra más hermosa de Margaret Mazzantini, novela que me ha ido acompañando a sottovoce a lo largo de las páginas escritas por Ordóñez, entrándome unas ganas enormes de releerla, de volver a ese país que, al igual que el de Jan, Klara y Oskar, una vez también fue el mío.
Me maravillan estas conexiones literarias. Me maravillan porque precisamente escribí sobre los mapas literarios, que pueden ser personales o canto coral encadenado, en mi reseña de Lampedusa. Me maravillan porque Marcos Ordóñez nos traza el suyo en su novela, y no solo el literario, sino también el fílmico, el teatral, el musical.
Otra pequeña conexión que aprovecho y utilizo como excusa porque me enredo en mis propios caminos y necesito avanzar: el Pequeño París de Klara es mi París de uno de los personajes del Paris-Austerlitz de Chirbes, la ciudad decadente alejada de la mítica imagen turística. El Pequeño París es un bar que para Klara Liboch simboliza su peor pesadilla. Es el equivalente a el País de los Muertos de la tía Olga. Porque también se canta para espantar el miedo.
Klara conoce a Oskar cuando contacta con él para que le facilite unas fotografías que tomó en el hundimiento del suelo de una sala de fiestas. En su primer encuentro sostienen el siguiente diálogo:
«-Perdona la pregunta -me dijo-. Entiendo lo de la foto en que aparece tu madre, pero ¿y la otra? ¿Para qué la quieres?
Miré sus ojos. Yo todavía ignoraba la respuesta. La supe en aquel momento.
-Para acordarme -dije-. Para acordarme siempre de que hay un agujero y se nos puede tragar».
Y, ahora, podría añadir eso que Klara nos cuenta después, aquello de «años más tarde, en París, me dijo que se enamoró de mí en aquel momento, cuando le dije para qué quería la segunda foto» Es más, no me resisto, ya está, ya está añadido. Pero es que podría estar así hasta el infinito, rescatando cada frase, cada trocito que he atesorado, que me ha parecido hermoso, que me ha pellizcado.

Detrás del hielo - Marcos Ordóñez

Black Star, Bonnaroo 2012. Fotografía de Jon Elbaz


La belleza de Detrás del hielo es la belleza efímera de la realidad y la permanente de los recuerdos, la de la salvaje sensación de libertad al borde del precipicio y la del nudo que es vértigo desatado al contemplar cara a cara el agujero.
El país de Jan, de Klara y de Oskar es el país imaginario de Moira. Por la sonoridad de los nombres podríamos pensar que se trata de cualquier país del este de Europa o... podría ser nuestra propia España, podría ser cualquier país ajeno a Europa en el que se haya vivido una dictadura, podría ser cualquiera, puede ser cualquiera. La época es indeterminada, fechada si acaso al hilo de su discografía. Pero qué importa qué años si la historia siempre se repite. Sí, sí que importa. El canto de Klara y el de Marcos Ordóñez es un canto generacional. Es un canto de reivindicación, de identidad, de amor a la cultura. Es el canto del despertar a la vida y el del fin de la inocencia. Es el grito de la falsa impunidad y la voz rota de la triste ingenuidad. Klara y Oskar acuden a un local a escuchar a un artista llamado Licorice Kid. Ha elegido su nombre por su sonoridad, ignorando su significado. Pobre niño-regaliz, estandarte de los valores de su público, valores que durarán lo que dura una chuchería a las puertas de un colegio regentado por matones de recreo.
«¿Qué era lo más importante de todo aquello? No era, desde luego, decía, la música, ni la ilusión de hermandad. Era su forma misma. Aquella inocencia, decía, desarmante, y sin embargo poderosa, operativa. Lo hicieron, decía, porque no sabían que era imposible.
Aquella era su fuerza. Aquello era la fuerza».
La fuerza de este libro reside en hacernos suyos desde la primera página. En crear un mundo para nosotros. En mantenernos dentro del círculo aun sintiendo frágil el trazo que nos circunscribe. Porque son los lugares quienes nos conquistan y no al revés. Porque uno es de donde siente que pertenece. Porque no solo los lugares pueden ser países sino también los libros. Los libros y las personas. Países e incluso patrias.
«Después de la segunda vez, dejó de llover y las nubes se descorrieron como un decorado. Después de la segunda vez, ya estaba en tu país».
Me voy de Detrás del hielo con la nostalgia que a uno le invade cuando parte de un lugar en el que ha sido feliz. Me voy y lo marco en rojo en mi mapa literario sabiéndome cobarde, haciendo míos los versos de la canción de Sabina que dicen «que al lugar donde has sido feliz / no debieras tratar de volver». Me voy pero otra marca roja que reza La palabra más hermosa tira de mí. Me resisto, sería la primera vez que emprendiera una relectura así, aunque esta vez un pálpito me dice que no me sentiría extranjera al regresar a ese país que una vez fue el mío. De momento elijo dirigir mis pasos hacia territorio inexplorado. «Ha llegado el tiempo de inventar nuevos recuerdos».


Detrás del hielo - Marcos Ordóñez

Badajo. Fotografía de David Pedrero





Ficha del libro:
Título: Detrás del hielo
Autor: Marcos Ordóñez
Editorial: Libros del Asteroide
Año de publicación: 2017
Nº de páginas: 482
ISBN: 9788417007133
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