Madres, abuelas, hermanas, esposas, amigas, novias, vecinas, conocidas, mujeres anónimas, mujeres que no han triunfado, que no salen en la tele ni en las portadas de las revistas de modas, mujeres condenadas al segundo lugar en sus casas, o quizás al tercero o cuarto. Mujeres sin ayuda, sin subvención, sin apoyo, mujeres olvidadas por las sociedades machistas, mujeres que pueden ser monjas de clausura, obreras de la fe, pero nunca sacerdotizas u obispos, mujeres cubiertas por un velo y con la cabeza agachada, mujeres que no pueden gozar de una plenitud sexual porque la oblación, la religión, o el marido maltratador se lo impiden; mujeres indocumentadas, sin derecho al voto, sin derecho a la expresión, acalladas, enmudecidas por la sociedad.Por doquier se habla de modernismo, pero la mujer sigue estando atrás, se avanza lentamente, con desgano, como si tuvieramos la certeza de que al llevar ellas la batuta, las cosas podrían marchar mejor, pero nos interesa que todo esté patas arriba. Si en este mundo no se acaban las injusticias, si el sufrimiento es el pan de cada día, es en gran medida porque no les hemos dejado a ellas alcanzar la equidad. El más grande momento para la humanidad será cuando entendamos que gracias a ellas hemos podido imaginar la felicidad, y que les debemos una infinita disculpa y un infinito reconocimiento, cuando entendamos que todos los días deben ser ocho de marzo, y que no es necesario un día en particular del calendario para reconocer que lo hemos hecho mal durante generaciones.

