Revista Cultura y Ocio

Dietario 167

Por Calvodemora

Vivir uno en sus cosas con más o menos empeño y apenas prestar atención a las ajenas tiene su punto de vértigo y de desquicio. Puede llegar el momento en que te apetezca quedarte dentro para siempre o te de el punto, salgas, y entonces ya no desees regresar al interior. Lo ideal, dice mi amigo K., es hacer funambulismo entre la realidad y tu cerebro. Si te das un atracón de una, te revuelcas en la otra. O viceversa. Él dice que necesita mucha calle para regresar luego a casa y sentirse a gusto en ese vaciadero doméstico, en ese refugio aceptado. Es el perímetro invisible. También una vida interior intensa precisa airearse y enredarse en la exterior. Eso de las líneas crea compartimentos más o menos estancos, reductos, búnkers de lo mundano, pequeños o grandes refugios en los que dejarse vivir. Contrariamente a lo que este pensamiento pueda parecer, hay júbilo dentro y es razonable (mucho a veces, hoy el día está fresco y me chorrea el optimismo) que lo haya afuera. Los días se presentan antojadizos. Los hay grises, reventones de fatalismo, y los hay exultantes como una resaca de besos. Hay días que parecen ranas agonizando en un charco y días de pétalos estallando en el cielo de la boca. Llevo unos días escribiendo sobre los días, sobre cómo son o sobre cómo debieran ser. Transcribo este dietario con singular costumbre. He pasado recientemente algunos muy hermosos, muy líricos, y teme uno que llegue el reverso, la inevitable voladura de la felicidad recién amasada, y acudan los tonos grises, el jazz seco, toda la ginebra fea del alma, la que te hace dar arcadas en mitad de un sueño, pero soy obediente y hago caso de lo que me dicta una voz ahí adentro, que me susurra, sin que yo lo aprecie a veces: deja correr las cosas, deja que pasen. Y sé que suele funcionar esa indolencia sabia, ese no incurrir en el vicio de atropellarse, de querer ir más rápido, de vivir sin propósito. Ahora Bill Evans en un podcast que amablemente me ha sugerido con su fino ojo Jose Garrido Navarro me está contando cómo debe ir mañana el domingo. Qué debo hacer para que sea redondo. Hoy es un sábado de compromisos y de obligaciones. Tan atentos a veces ambos a descomponer la jovial compostura que uno planea para escalar la cumbre de los días.


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