Revista Cultura y Ocio

Diminuta casa encantada, de Laura Fernández

Publicado el 07 agosto 2026 por Daniel Daniel Pérez Castrillón @Mangrii
Diminuta casa encantada, de Laura FernándezDiminuta casa encantadaLaura FernándezRandom HouseTapa dura / digital | 197 páginas | 19,90€ / 9,99€Diminuta casa encantada, de Laura Fernández


Perritos dinosaurios, fantasmas de sábana y madres paleontólogas viven dentro lo nuevo de Laura Fernández, un manifiesto a la imaginación, la lectura y un abrazo (apretado) al ser diferente. Laura, como siempre, crea un mundo enorme, gigante, absurdo, loco e imposible. Un mundo de personajes (más de treinta) para tratar la idea de abandonar tu casa para irte a otro lugar, pero como esta no desaparece del todo, si no que viaja contigo y aparece, de alguna forma, en ese otro lugar. Una expansión del universo literario de Laura Fernández con un homenaje a la figura del lector como centro. Por qué ahí, dentro de una Diminuta casa encantada, una serie de instrucciones que da la narradora (que no es exactamente Laura) hace que cada uno de los libros sea ÚNICO. Dentro (de Diminuta casa encantada), somos un ESPÍA DE CARTAS, y como tal, tenemos nombre propio (y un papel). Nombre propio que Laura (o la narradora, que no son exactamente la misma, pero se parecen) nos guía para elegir. Os lo contaré, aunque es secreto: el mio es Rosenberg Perrish Kimberley Navidson Bullets.
Bill, los miltons y su fantasma, Colper Tom
En el meollo de la historia está Bill, un niño enfadado porque tiene que cambiar de ciudad y de escuela por el nuevo trabajo de su madre, una paleontóloga famosa. Viaja con Harper Benjamin, un perrito-dinosaurio de peluche al que odia, y es propietario de una diminuta casa encantada que funciona como escenario del libro. Dentro de esa casa vive una familia de miltons diminutos (una familia de extraterrestres bastante particulares) y también un fantasma, Colper Tom, empeñado en encontrar una familia mejor cuya casa encantar. Hay un concurso para fantasmas en el que los fantasmas (los únicos participantes) pueden elegir una NUEVA familia Milton. Pero Colper ha encontrado otra forma. Y eso, hará que tanto Bill, los Milton y el propio Colper se metan en problemas.Diminuta casa encantada, de Laura FernándezIlustraciones interiores de Alfredo Cáceres
Tan Laura Fernández como siempre
Sí, aquí también hay dinosaurios (aunque no oficinistas). Sí, aquí también hay periodistas. Y sí, aquí también hay escritoras, objetos que cobran vida, nombres larguísimos y extraterrestres. Los elementos laurafernadianos (como esos títulos que resumen el capítulo) siguen presentes en este pequeño cambio de paradigma, con una pieza plenamente reconocible dentro de su trayectoria literaria. Paréntesis, mayúsculas y cursivas siguen siendo parte del juego (ortotipográfico) habitual de Laura Fernández. Un saltarse las normas ortográficas en toda regla como posibilidad creativa, como voz propia, que te guía de forma distinta a cualquier texto normal. Rupturas de la cuarta pared, con preguntas curiosas al lector, también pueblan toda la novela. De esta forma, Diminuta casa encantada es una especie de expansión dirigida hacia otro público (sobre todo en su trama), al que busca tratar con inteligencia y respeto, como hacían algunos de sus referentes: Roald Dahl, Michael Ende o Lewis Carroll.
Diminuta casa encantada, de Laura FernándezIlustraciones interiores de Alfredo Cáceres
El libro como artefacto (meta)narrativo
Dialogando con esa tradición clásica (de la interactividad) de Michael Ende, pero adaptada al estilo laurafernandiano, la novela (dirigida a público infantil) está repleta de juegos de palabras, alusiones y notas al pie (nada menos que 181) que hacen de la lectura algo lúdico y diferente a lo habitual. Tanto, que a veces me hacía dudar si su complejidad como artefacto (meta)narrativo —con esa selva de paréntesis impredecibles y mayúsculas que irrumpen en el texto— no serían una barrera para el lector infantil menos curtido o acostumbrado a lecturas más lineales y sencillas. Quizá esa misma libertad ortotipográfica, que para un adulto es pura delicia conceptual, exija un esfuerzo extra que no todos los niños y niñas estén dispuestos ni sean capaces de asumir. 
Sin duda, el libro de Laura es una celebración rompedora del propio hecho de leer, del libro como puerta de compañía y refugio particular. De la lectura como algo lúdico y libre (y también único) que desafía todas las normas y nos permite, de alguna forma, hacer todo lo que la vida real no nos deja. El libro como (meta)artefacto que no empieza por el principio, que rebobina y mezcla un montón de historias (unidas), adelante y atrás, como una máquina del tiempo compleja que vamos armando (y cambiando) con cada nueva lectura, pero siempre acompañados por esa narradora, incognoscible y omnipresente, que está ahí para darte pistas de hacia dónde debes dirigirte.
Diminuta casa encantada, de Laura FernándezIlustraciones interiores de Alfredo Cáceres
Todos somos raros de alguna forma
Esta frase del título, pronunciada por la misma Laura Fernández en El ojo crítico durante una entrevista, creo que es parte del (gran) corazón de Diminuta casa encantada. Abrazar esa rareza, con la que no siempre estamos cómodos, hace que seamos nosotros mismos. Y hacerlo es un acto de valentía. En el libro, tanto el niño Bill como el perrito dinosaurio Harper Benjamin, al igual que Billy Peltzer en La señora Potter no es exactamente Santa Claus, viven como personajes secundarios de su historia. Pero, ¿es realmente su historia? Aquí entra el juego habitual de Laura, donde el lector tiene todo el protagonismo. Diminuta casa encantada también habla de lo que somos cuando leemos, de cómo dos mentes, separadas en el espacio y el tiempo, comparten un lugar, donde lo doméstico (en este caso) se vuelve cósmico. Por qué, los libros (sus personajes, su mundo, sus historias) no existen si nadie los lee.
Otros enlaces de interés:El ojo crítico

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