Revista Salud y Bienestar

Ecológico

Por Pedsocial @Pedsocial

EcológicoA sus cinco añitos le encanta jugar a las casitas. Con su tía ha montado un supermercado para vender. Le prepara a su tía unas frutas y unas verduras de plástico. “¿Cuanto vale?. La niña dice un precio astronómico. Exclama la tía con una sonrisa: “¡Que caro!. Y ella responde: “Es que son ecológicas!”.

Seguro que, muy probablemente, no sabe lo que quiere decir “ecológico” exactamente . Yo tampoco. Lo que si sabemos, ella y yo, es que suele ser más caro. La vida real.

Los cultivos agrícolas y las prácticas comerciales tienen y deben continuar teniendo todas las libertades que contemplen las leyes. Y los tenderos son muy dueños de promocionar sus productos de la forma que mejor les acomode. Como lo son de ajustar los precios al mercado.

Lo que ya no me parece tan bien es la manipulación de conceptos relacionados con la salud escudándose en patrañas pseudocientíficas y promoviendo temores infundados sobre la calidad y salubridad de los alimentos entre los consumidores.

La epidemiología, como la agricultura y el procesamiento de los alimentos ha progresado muchísimo en los últimos 150 años. La gente enferma de manera diferente a como lo hacían nuestros bisabuelos. Y también enferma menos y más tarde; por eso vivimos más tiempo y en mejores condiciones. La agricultura ha pasado de la mera subsistencia a la producción industrial, con lo que se puede alimentar a los 5.500 millones de personas de más que habitamos en el planeta. Y eso aunque, y muy lamentablemente, haya un par de miles de millones subalimentados.

La eclosión del ecologismo como el compromiso con la preservación y conservación del planeta contiene toda clase de bondades. Y queda mucho por hacer. Pero la traducción a la producción de alimentos bajo unas premisas de lo “natural” parece olvidar que en el más o menos millón de años que el hombre lleva en la tierra como un género de mamífero evolucionado, ha procurado su subsistencia empleando todos los recursos que su imaginación le ha ido aportando. De cazadores-recolectores se pasó a cultivadores-agricultores-ganaderos con lo que se evitaron las incertidumbres del nomadismo. Con el gradual descubrimiento de métodos de conservacion de los alimentos se consiguió la supervivencia en los largos inviernos o en las épocas de carestía que siempre duraban más que los siete años de vacas flacas bíblicos. Cultivar vegetales ha obligado a modificar espacios roturando tierras y talando bosques. A arañar el suelo con un arado, a arrancar cizañas y regar cultivos. Y a injertar plantas para mejorar especies para su conservación o mejora ( la naranja es un híbrido de pomelo y mandarina). Cuando se obtienen los productos, resulta favorable modificarlos aplicando calor, o sal, o vinagre, o aceite, para extraer de ellos sus mejores propiedades y hacerlos mejor digeribles; eso que llamamos cocina.

Hasta dónde vamos a aplicar un calificativo de “natural” o qué aspecto de la salud pretendamos mejorar o promover, puede bien volvernos a la sabana africana de donde salimos hace 500.000 años muy probablemente porque el alimento escaseaba. Los garbanzos de Fuentesauco, los boquerones en vinagre, los chorizos de Guijuelo, el queso del Roncal, el arroz con nabos y col de Catarroja o els calçots de Valls podrán estar manipulados y quizá no cualifiquen de ecológicos, pero eso no va a excluirlos de una alimentación racional.

El respeto al medio ambiente debe incluir el respeto a nosotros mismos, a los que nos precedieron y trabajaron para que ahora estemos aquí, y los que vienen detrás que, por lo que se ve, van mejor dotados para perpetuar el género humano.

Cuando en la consulta se plantee la cuestión de los beneficios de la ecología para la salud de los niños conviene estar bien informado, ayudar a la gente a decidir y desmontar patrañas. Que el miedo és un agente patológico inducido que debemos evitar.

X. Allué (Editor)


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