Ecos postapocalípticos

Haciendo memoria, me doy cuenta de la gran cantidad de libros de literatura postapocalíptica que he leído en los últimos años. No es nada extraño, se trata de uno de los subgéneros de la ciencia ficción que más me gustan. Además, su presencia en las librerías de todo el mundo ha sido apabullante durante las dos últimas décadas, imposible de resistir. Ahora que el confinamiento comienza a estar en el recuerdo, me ha parecido interesante hacer un somero comentario sobre los últimos libros de este subgénero que pasaron por mis manos. No quiero cansar a nadie, así que solo van a ser tres; no deseo hacer una lista de grandes recomendaciones, que ya se han visto demasiadas en los grandes medios, sino significar brevemente la poca conciliación que suele darse entre la ficción literaria y la realidad. Aunque, para qué voy a mentir, estas lecturas son apetecibles sin necesidad de utilizar subterfugios, por sí mismas. Confieso que soy un lector más bien de contraste, de los que prefieren leer aventuras en los mares del sur durante el invierno y relatos polares en verano, pero creo que la excepcionalidad de la situación que vivimos durante cien días y que aún sufre gran parte del planeta bien merece saltarse la norma, y que, por pura catarsis o por identificación escapista, también es sugerente leer ahora historias enmarcadas en escenarios tan singulares (y fascinantes si logramos abstraernos de lo trágico) como el que se ha extendido los últimos meses más allá de nuestras ventanas y hacia el futuro. Lo cierto es que jamás ha habido una atmósfera más propicia para sumergirse en este tipo de lecturas. Los libros son La ciudad, poco después, de Pat Murphy; La muerte de la hierba, de John Christopher y La sequía, de J. G. Ballard.
La
ciudad, poco después, de Pat Murphy.
En los estertores del ciberpunk, cuando la ciencia ficción se veía
invadida por futuros cercanos sucios y tecnologías deshumanizadoras,
la escritora Pat Murphy logró sustraerse del entorno dominante y
escribir una novela contracorriente, tanto por el tono como por la
mirada, ambos dirigidos al pasado y a un tipo de ciencia ficción
optimista que ya había dejado de hacerse. Con un espíritu afín a
escritores clásicos como Bradbury o Simak, Murphy escribe una
pastoral urbana que sustituye el elemento religioso por el artístico,
un adelantado alegato neohippie en formato postapocalíptico,
desarrollado con una narrativa absolutamente deliciosa que emparenta
a la ciencia ficción con el realismo mágico.La trama de
la novela se resume de forma sencilla: años después de una pandemia
que ha diezmado a la Humanidad, una adolescente viaja desde las
afueras hasta la ciudad de San Francisco, donde los escasos
habitantes utilizan el arte y sus diversas manifestaciones como modo
de vida y enlace simbiótico con el entorno urbano. La integración
de la chica en esa especie de comuna, las peculiaridades del reparto
coral y de sus singulares creaciones, la preparación de los
ciudadanos ante la amenaza externa, representada por un general
reconstruccionista, y la confrontación final entre ambos órdenes,
viejo y nuevo, iluminan las páginas de una novela que se desarrolla
con una sensación (que no sentido) de la maravilla exquisita. Se
trata de un canto al arte y al pacifismo que hunde sus raíces en el
intento de utopía más inocente que haya dado la sociedad
norteamericana. Ciencia ficción de los 50, con espíritu de los 60 y escrita en los 80. Una osadía literaria que suma el arte al
consabido mensaje de amor y paz.Me sigue
sorprendiendo el poco predicamento que han tenido tanto esta obra
como su autora en el mundo de la cf. En algunas de las enciclopedias
más importantes del género se la despacha con una línea; en otras
ni siquiera figura. Aldiss, Di Filippo, Pringle o Clute no parecen
tenerla en cuenta. En España, donde también el feminismo ha
asaltado la cf (y en realidad, todo) en estos últimos años, el
silencio es el mismo. Pat
Murphy tiene un buen número de premios importantes (Nebula, Dick,
Locus, Fantasy Award, Sturgeon...), además de ser la cofundadora del
James Tiptree Jr., el gran premio de la cf dedicado a ampliar el
entendimiento de las cuestiones de género. Tiene publicadas varias
obras interesantes y cuenta con esta novela excepcional como buque
insignia de su ficción. Quizás el hecho de que el libro no
profundice en ese tema en concreto le ha restado utilidad e interés
en determinados círculos. Ni siquiera la reciente polémica con el
premio Tiptree ha traído el recuerdo de su nombre. En todo caso,
esta novela me parece absolutamente reivindicable por su
desprejuiciada esencia retro, su belleza literaria y la inusitada
propuesta de postapocalíptico que presenta. Para saber más de ella,
en la web de crítica C hay una magnífica reseña escrita por Alfonso García.
La muerte
de la hierba, de John Christopher. Un virus
está sacudiendo China y el este de Asia. En Europa, los gobernantes
transmiten tranquilidad y lo anuncian como algo lejano, un problema
que no llamará a sus puertas. Cuando el virus llega a Occidente, el
primer ministro británico decide que la medida más sensata de
salvación es sacrificar a unos cientos de miles para que el resto
sobreviva. Les suena, ¿verdad? Esta novela fue escrita en 1956 y no
puede parecer más actual. Pero, antes de que la imagen de Boris
Johnson y su discurso se instale en la mente del lector, confieso una pequeña
trampa: el virus afecta a todo tipo de herbáceos, no a los humanos.
La mortalidad viene dada por la hambruna, y la solución del primer
ministro es lanzar bombas atómicas sobre las principales ciudades
del Reino Unido para que, de ese modo, el escaso alimento alcance
para los supervivientes.Esta obra
del apocalíptico británico, enmarcada en la tradición de
escritores como H. G. Wells, John Wyndham, Nevil Shute o S. Fowler
Right es, sin duda, la más actual de todas. Aborda y perfecciona la
rama más visitada del subgénero, aquella que basa su premisa en la
supervivencia y el retorno a la ley del más fuerte. Sus personajes,
puestos sobre aviso de lo que viene, tratan de recorrer los
kilómetros que separan Londres de un valle en el que vive el hermano
del protagonista, un lugar cerrado, defendible y con posibilidades
para la pervivencia. En el transcurso de una semana, el barniz de la
civilización irá desprendiéndose por el camino y las
circunstancias abocarán a toda la partida a renunciar a los códigos
sociales de humanidad y respeto más básicos. Violaciones, robos,
asesinatos a sangre fría y, en definitiva, toda la violencia que nos
hemos acostumbrado a ver en las historias de supervivencia
postapocalípticas omnipresentes en estos últimos años.Es reseñable
la brecha de tiempo que se abre entre la publicación de La
muerte de la hierba y el empacho de survivals
con los que el fenómeno zombie y el auge del postapocalíptico han
asaltado pantallas, libros y cómics a lo largo de este siglo. Porque
esa violencia que parece tan actual ya estaba presente en aquella
novela de hace más de 50 años, trasladada a las páginas con un
poder de convicción que obliga a cualquier lector, de aquella y de
esta época, a aceptarla como lógica e inevitable. De todas sus
bondades, esa es sin duda la mayor, la capacidad que tiene el texto,
edificado casi en su totalidad sobre diálogos, para mostrar el
derrumbe de los valores civilizatorios durante el breve viaje de un
grupo de londinenses de clase media por la campiña inglesa. La
asunción del uso de la violencia por el grupo para lograr alcanzar
un objetivo en el que les va la vida a corto y largo plazo es
progresiva, nada chocante, diríase que incluso sensata. Y sin
embargo, los personajes pasan en un momento crítico, tras sufrir un
asalto violento, de ser víctimas del mal a instituirse en sus
representantes, sin siquiera reflexionarlo, como algo natural. La
corriente de violencia se prolonga hasta el desenlace, sumamente
trágico, pero, en sintonía con el sentido de los acontecimientos y
el desarrollo de la obra, asumido por todos.Como
señalaba, la profusión de diálogos lleva todo el peso informativo
de la novela. No solo en cuanto a la construcción de los personajes
y sus interrelaciones, sino también en lo respectivo a las acciones,
a la situación global e incluso a los pequeños pasajes descriptivos
en los que se aporta contexto y atmósfera literaria. El preludio de
la catástrofe, esa sensación conocida de paz antes de la tormenta,
está narrado con una placidez fatua, en conversaciones a caballo
entre las playas veraniegas y la casa de campo, en un tono diríase
íntimo, casi bradburiano. A lo largo de la novela apenas hay
muestras del desastre que les ha obligado a huir, pero basta una
simple imagen a medio camino, la de los niños de la expedición
deteniendo su juego en el campo, en un silencio premonitorio roto por
el vuelo de bombarderos sobre sus cabezas, para asentar la certeza
del colapso. Todo llega nítido al lector y todo a golpe de diálogo.La muerte
de la hierba es, con toda seguridad, la
representante más convincente del ramal hobbesiano
de la literatura apocalíptica. Es una lectura adictiva a la par que
convincente, que explota sin exageraciones y con una naturalidad
pasmosa el desarrollo de una máxima habitual en este tipo de
literatura, el homo homini lupus
como evidencia desnuda tras la caída de las normas que rigen y
permiten nuestra convivencia. La educación, la solidaridad, la
fraternidad o el moderno empoderamiento femenino pierden todo su
valor y significado en sistemas en los que la fuerza pasa a ser el
actor principal que asegura la supervivencia. Este libro es un
recordatorio de que nuestro bienestar es, en realidad, poco más que
un consenso.
La
sequía, de J. G. Ballard. El colapso viene
dado en esta ocasión por una sequía permanente. Una capa de
productos químicos cubre los océanos, impidiendo la evaporación y,
por ende, las lluvias. Los ríos y los lagos son barrizales
innavegables llenos de escombros. El protagonista verá, en primera
instancia, el abandono de su pequeña ciudad, marcado por pequeños
actos de violencia en grupo y por las extrañas actitudes de los
pocos habitantes que deciden no marcharse, para finalmente viajar,
como la mayoría antes que él, a la costa, en busca del agua que
permanece bajo la piel química que cubre los mares. Tras años de
supervivencia en las playas, abriendo canales en las salinas, vuelve
a casa para comprobar la degradación final de aquellos que se
quedaron.David
Pringle, que no sentía devoción por esta novela, definió a Ballard
como una voz única. Creo que, a fin de cuentas, es con lo que me
quedo tras la lectura de La sequía,
la esencia inequívocamente ballardiana
que la nutre, esos paisajes desolados y extraños tan bien descritos,
el efecto que tienen en los personajes que los recorren, la relación
entre el demolido decorado exterior y las conductas humanas que
genera. A lo largo de la serie de los desastres naturales, conformada
por cuatro novelas, Ballard le arrebata al hombre la sociedad que ha
creado y lo expone a una civilización en fuga. Donde el
postapocalíptico al uso suele buscar el miedo, historias de
supervivencia y violencia, el británico prefiere indagar en la
respuesta interior, en las actitudes y conductas del ser humano
expuesto a la ausencia de sentido social y de progreso, de los
sistemas y elementos que configuran nuestra vida y el concepto de
normalidad. Mientras
que el resto de escritores se fijan en el efecto más llamativo de la
caída de la civilización, la ley del más fuerte, Ballard centra su
interés en los efectos que el derrumbe produciría en la mente, en
aquello que construye los significados y el núcleo del ser humano.
Donde otras narraciones colocarían actos de violencia, Ballard presenta a sus personajes tomando el sol y bañándose en piscinas privadas en medio de la mortal sequía.Todo
lo que me sorprendió en El mundo sumergido, segunda
novela de su ciclo postapocalíptico, se revela en esta tercera como
obsesión. En La
sequía
se repiten inquietudes y modos de la obra anterior. Ballard ha
encontrado su camino, el que desde aquí será su sello de identidad,
y lo explora a conciencia. En ausencia de civilización, la vuelta al
limo primordial. Lo que las aguas mantenían bajo la superficie en su
anterior novela sale a flote en esta, como el subconsciente
asomándose para salpicar de barro nuestro pensamiento consciente. Es
el ser humano desnudo, boqueando por la ausencia de sentido, sin los
constructos sociales que han conformado hasta entonces los modos y el
oxígeno de su existencia. Las extrañas conductas de sus personajes,
sus insólitas actitudes, son aberraciones reactivas, la respuesta a
la ruina exterior y a la carencia de sentido producida por un mundo
que ya no es.El
destilado producido por la interrelación entre la adulterada psique
humana y las fascinantes descripciones del paisaje, el consabido
estilo ballardiano,
es absolutamente disfrutable, pero en la narrativa se pueden
encontrar defectos. Hay acciones que no quedan muy claras, e incluso
se percibe un desconcertante baile de personajes. La elipsis central,
un salto de tiempo sin previa explicación, descoloca durante unas
cuantas páginas. La traducción de Francisco Porrúa bajo uno de sus
heterónimos deja también alguna rareza, pero los defectos
narrativos son exclusivos del autor. Curiosamente, reconociendo que
Ballard se va perfeccionando a sí mismo libro a libro, considero que
la calidad de esta serie de los desastres naturales, a falta de leer
la primera novela, corre a la inversa. El mundo sumergido,
quizás por el impacto de lo original e inesperado, me pareció
extraordinaria. En La sequía vuelve a maravillarme el
juego paralelo entre el paisaje y la molicie interior, pero me
impresiona menos. En El mundo de cristal, sublimación de
la imagen ballardiana, de cuyo poder de fascinación da fe la
película Aniquilación
de Alex Garland que bebe de ella, mi interés por lo que hay tras la
estética decae del todo. Aun así, la perspectiva única de Ballard
convierte a cualquiera de sus obras en un producto interesante.Y
bien, después de todo, ¿qué hemos podido identificar de esas novelas en este
apocalíptico blando que hemos vivido? Supongo que esto dependerá
del factor personal, de las circunstancias propias y la información
recibida durante la crisis. Cada uno de los lectores habrá tenido
sus propias sensaciones. En mi caso, alguna de las situaciones que he
visto, escuchado o leído en las noticias desde marzo me han asaltado
y traído pasajes y ecos de algunas de las obras postapocalípticas
que más huella dejaron en mi memoria. Estas tres, por ser las
últimas que he leído, las tenía más presentes, y aun así, poca
sintonía entre hechos y realidad he encontrado. Uno puede buscar
parecidos, concomitancias, escenas semejantes, pero lo único que va
a encontrar son ecos. Solo ecos, y sin embargo, con qué fuerza
susurran y rebotan en las paredes del cerebro. Sin la literatura, el
parecido es insignificante, pero desde su perspectiva, cuánto
fascinan esos casi inaudibles sonidos. En algún caso, como cantos de
sirena.En
cuanto a expresiones artísticas, los conciertos de terraza a terraza
a la caída del sol, las calles vacías llenas de música o alguna
representación de danza individual en el patio comunitario me han
recordado a la novela de Murphy, la semilla de lo que podría ser.
Pero lo cierto es que el arte mayoritario ha florecido en internet,
en la originalidad despertada en Tik Tok o Instagram, en los vídeos
personales. Es algo que ninguna novela postapocalíptica de siglos
anteriores pudo imaginar, y la prueba de que nuestra línea temporal,
en algún momento del pasado reciente, cambió de rumbo. Todo lo que
ocurra a partir de ahora, sea arte, información o contacto, pasará
obligatoriamente por las redes.De
la novela de Ballard poco ha podido llegar, prácticamente nada a la
mayoría que ha vivido confinada en sus casas. Es cierto que los que
hemos seguido trabajando sí hemos podido ver paisajes urbanos
desiertos, y que eso, al menos en mí, ha producido un cierto
extrañamiento ballardiano a ratos (no sé si también el acopio de
papel higiénico como primera respuesta al apocalipsis, algo
surrealista), pero las ficciones del británico se desarrollan más en
el post, en una degradación que, por suerte, no hemos podido llegar
a sentir. Aunque alguna actitud extraña sí se ha llegado a dar,
como, por poner uno de varios ejemplos llamativos, la del ciudadano
de Guadalajara que fue a Madrid a comprar pan. Aunque también se
podría acordar que la conversión de muchos vecinos en gendarmes de
las terrazas ha tenido algo de deriva mental. Y no, lo de los
políticos no entraría en esta categoría, sino en la de la
siguiente novela, la que trata la desviación hobbesiana.Porque,
efectivamente, más allá de los rumores de tumultos en tierras
italianas, la verdadera violencia colateral de este colapso de tres
meses ha estado en el estamento político, en la soberbia de no
reconocer errores, en la desvergüenza de hacer electoralismo con el
desastre. La bajeza que los ciudadanos hemos tenido que soportar, la
atmósfera de mendacidad formada en torno a una catástrofe
planetaria que solo en nuestro país se ha llevado por delante a
decenas de miles de ancianos, ha sido la traslación, el eco de la
magnífica novela de John Christopher. No ha habido violencia en las
calles, pero si el equivalente a disparos, violaciones y
linchamientos en el graderío y los bastidores políticos. Y no por
motivos de supervivencia, sino por el más bajo motivo, el ansia de
poder. La correspondencia con la novela ha llegado al punto de
provocarme la identificación de uno que otro personaje sin
escrúpulos con ciertos diputados (y diputadas) del Congreso.Afortunadamente,
la realidad ha abierto su propio camino al margen de la literatura
para demostrar que el debate entre Hobbes y Rousseau sigue tan vivo
como siempre y que ambos aciertan y se equivocan. El Estado ha
demostrado su indispensabilidad y su labor como paraguas social contra los
desastres ante los que el neoliberalismo se muestra desnudo e
impotente, que el ámbito de lo público es crucial para el
mantenimiento de la civilización y el progreso humanos. Y también
se ha evidenciado que la sociedad, en este nuevo presente las redes
sociales, pueden pervertirnos. Pero si es cierta la protervia en el
ser humano, también lo es la presencia de bondad. Las personas del
sector sanitario (y de otros en menor medida) han demostrado que la
bondad existe. No siendo “héroes”, un calificativo literario que
en este caso abomino por la romantización que supone de la cruda
realidad, sino profesionales extremos y bienhechores, que han
trabajado más allá de su deber y de todo lo exigible, jugándose la
salud e incluso la vida. Quizás España no tenga la mejor Sanidad
del mundo, pero puede que sí el mejor personal sanitario, ese que lo
da todo.
Y acabo ya, aludiendo a lo que escribí casi al principio: ecos. Algunos, los que tenemos la picazón de lo postapocalíptico desde la adolescencia, los hemos sentido en estos tres meses. Como el amante de la literatura de viajes que recorre tierras que siempre le han fascinado en los libros. He expuesto algunos de los que he podido identificar. Pero en mi caso aún ha habido algo más, algo que me obligó a escribir un cuento y que tendré como recuerdo para siempre. Aquellos diez días de confinamiento casi absoluto, en los que pude recorrer un Madrid vacío, me proporcionaron otro nivel de identificación, algo más intenso que un eco, una sensación de ausencia humana total, de soledad allí donde he vivido más de medio siglo. Fue algo que me trajo a la cabeza dos textos, no como ecos, sino como certezas. Ambos hablan de lo mismo por distintos medios, y expresan perfectamente mis sentimientos en aquellos trayectos.El poema que Sara Teasdale escribió tras la I Guerra Mundial, Vendrán lluvias suaves, cuyo título aprovecharía años después Ray Bradbury para uno de sus más recordados cuentos. Estos son los doce versos:Vendrán lluvias suaves y olor a tierra mojada,Y golondrinas rolando con su chispeante sonido;Y ranas en los estanques cantando en la noche,Y ciruelos silvestres de trémula blancura.Los petirrojos vestirán su plumoso fuegoSilbando sus caprichos sobre el cercado;Y nadie sabrá de la guerra, a nadiePreocupará cuando al fin haya acabado.A nadie le importaría, ni al pájaro ni al árbol,Si toda la humanidad pereciera;Y la propia Primavera, cuando despertara al alba,Apenas se daría cuenta de nuestra partida.
Y el párrafo final de La carretera, de Cormac McCarthy:Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarina allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujos vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio.Formas distintas, fondos idénticos, la sensación que tuve esos días: la Naturaleza, nuestro planeta, ya estaban ahí mucho antes de llegar nosotros, y seguirán existiendo cuando ya no estemos. La Humanidad es efímera, somos una anécdota, una pequeña nota en el cuaderno del tiempo.
La versión original de este artículo fue publicada en la web de crítica C.
