El
sentido semántico de determinadas palabras se acostumbra a dar por aceptado y
compartido universalmente en el mundo de la empresa y, más aún, si esos
términos pasan a convertirse, como ahora se dice, en trending topic gracias al
oportunismo del discurso político. Sólo hace falta recordar el infausto destino
semántico de la palabra “innovación” para comprobar la veracidad de la
afirmación.
No
voy a cometer el error de intentar describir cómo podemos potenciar el
Emprendimiento Interno en la organización sin haber pasado primero por el
aparente absurdo de intentar definir que debemos entender por “emprendimiento”
en términos generales y “emprendimiento interno” desde un punto de vista
específico.
Como
muchos sabrán la historia de la palabra parece comenzar en el vocablo francés entrepreneur a principios del siglo
XVI. El término castellano “emprendedor”
es definido por primera vez en 1732. El Diccionario de Autoridades lo describe
como “La persona que emprende y se determina a hacer y ejecutar,
con resolución y empeño, alguna operación considerable y ardua”. En cierta
forma, ese es el significado que ha perdurado hasta nuestros días, pese a su
progresiva contextualización al entorno empresarial. Así la RAE lo define en la
actualidad como aquel “que emprende con resolución acciones dificultosas o azarosas”.
No es de extrañar por tanto que en este país se haya
considerado emprendedor a todo aquel que se atreve
a montar una empresa. Si consideramos que el emprendedor es aquel que
contribuye al crecimiento de una economía, hay ciertas connotaciones que se nos
escapan. Imagínense que Pepe Pérez decide “emprender” montando un taller
mecánico de esos de los de siempre en la calle Santa Eurodigis de los Montes
número 13. En principio, todo apunta a que asistimos al nacimiento de un
emprendedor que contribuirá con su resolución y empeño al bien común económico si no fuera por el pequeño detalle de que su
taller va a convertirse en el número treinta y cinco de la citada calle.
Desde el punto de vista del bien económico, no necesitamos
emprendedores como Pepe, más bien debemos mantenerlos a una prudente distancia.
Desde este mismo punto de vista, emprender no es “osar”, “atreverse” con
resolución y empeño a ejecutar una tarea ardua y difícil. Aunque, por otro
lado, en estos tiempos que vive el país, cuarenta y siete millones de
españolitos están llamados a ser “emprendedores osados” para enfrentar la ardua
y titánica tarea de “salir de esta”. Pero no es el caso que nos ocupa aceptar
este tipo de acepciones.
El emprendedor positivo es aquel que
afronta un reto en forma de oportunidad, necesidad o problema dando una
respuesta creativa al mismo. Efectivamente, serán necesarias cualidades como la
perseverancia, pero la naturaleza creativa y, por lo tanto, innovadora de los
resultados es una condición sine qua non para que su acción pueda ser definida
como emprendimiento positivo.
Trasladándonos
al interior de las organizaciones, el emprendimiento
interno es aquel que potencia la
Inteligencia Creativa de las personas junto a su conocimiento experimental y
formal para conseguir detectar oportunidades, problemas y necesidades internas
dando una respuesta positiva a las mismas que acabe provocando la generación de
valor autosostenido. En consecuencia,
emprendimiento interno no es:
¤ Desarrollar una política de sugerencias, cajas de ideas o cualquier otra táctica que persiga recoger ideas sin el respaldo de una estructura que garantice el desarrollo integral de las mismas en un clima de participación y colaboración plena.
¤ Potenciar procesos de mejora, innovación o reingeniería contando con la participación de una parte de las personas de la organización que supuestamente tienen capacidad y conocimientos para acometer los procesos de cambio.
¤ Articular planes estratégicos desarrollados por una minoría con el concurso de asesoramiento externo, imponiendo su cumplimiento a quienes no se han sentido participes de los mismos.
¤ Perseguir el ahorro o la reducción de costes como objetivo exclusivo sin valorar la construcción de una cultura corporativa basada en el valor de las capacidades, habilidades y conocimiento de las personas.
En definitiva, el emprendimiento interno está caracterizado por una serie de notas que se convierten a su vez en condiciones inexcusables para convertirlo en motor de generación de valor y desarrollo personal y profesional de las personas:
★ UNIVERSALIDAD El emprendimiento interno debe ser entendido como el concurso de la totalidad de las personas de una organización, independientemente de su cualificación profesional, capacidad de decisión o ubicación física para el descubrimiento del potencial valor interno convirtiéndolo en fuente de valor real, continuo y autosostenido.
★ CARÁCTER ESTRATÉGICO El emprendimiento interno no está focalizado en las rutinas de la empresa y aunque uno de sus objetivos puede ser el de la mejora de procesos, su fin último es la detección de problemas y oportunidades generados por la saturación de estas con el fin de generar nuevas estrategias que, si se demuestran efectivas, pasarán a convertirse en nuevas rutinas de la organización.
★ RESPONSABILIDAD COMPARTIDA El emprendimiento interno exige la corresponsabilidad de todas las personas de la organización que conduzca a la necesaria autonomía en la gestión personal y grupal de las situaciones susceptibles de generar nuevo valor. El Emprendimiento interno no se gestiona, se potencia.
★ RED DE CONOCIMIENTOS Y HABILIDADES El emprendimiento interno no puede desarrollarse de forma efectiva en el contexto organizativo regular de la organización. Las estructuras verticales están pensadas para la gestión de rutinas controladas, no fueron diseñadas para enfrentar con éxito fenómenos de cambio. El emprendimiento interno necesita una estructura en red que le permita optimizar los conocimientos experimentales y capacidades y habilidades creativas del conjunto de las personas de la organización en un contexto de cooperación flexible que se adapte de forma eficaz e inmediata a cualquier situación inesperada que exija una respuesta estratégica. La cuestión no es sustituir, sino admitir la necesidad de dos estructuras que necesitan convivir armónicamente para hacer frente con éxito tanto a las situaciones rutinarias como a las extraordinarias derivadas de la aparición de un problema o de una oportunidad que debe ser aprovechada.
★ CONCEPCIÓN MÚLTIPLE DEL CONCEPTO DE VALOR El emprendimiento interno debe perseguir la generación de valor desde una perspectiva integral, no sólo atendiendo a las posibles oportunidades de carácter financiero. El emprendimiento interno potencia el desarrollo profesional y personal autosostenido asegurando la capacidad de respuesta inmediata, permeabilidad al cambio, optimización del conocimiento experimental, potencial innovador de la organización, reforzamiento de la cooperación y progresiva identificación con la empresa contribuyendo todo ello a mejorar la convivencia y el equilibrio social. Todo ello sin grandes exigencias de inversión o diversión de la actividad regular con lo que la frontera eficiente entre rentabilidad y volatilidad está más que asegurada.
★ LAS PERSONAS El emprendimiento interno está basado en las personas. Es una apuesta por y para las personas como el valor seguro de la organización, el auténtico valor estratégico.
* En nuestra próxima entrega: ¿Por dónde empezamos?
