Revista Arte

El dolor transitado

Por Nuevemusas
Pilar Plaza nunca decepciona.

Su secreto es -lo es el de la buena poesía- escribir desde la vivencia profunda y verdadera, sea cual sea la naturaleza emocional que mueve su pluma.

Según afirma la autora en la nota que precede a este poemario, los versos que contiene fueron escritos a lo largo de dos años, un tiempo de calvario personal. Tiempo suspendido para la voz poética, que, en la soledad a la que relega la espera de una sentencia anunciada y que aguza los sentidos, desgrana las etapas de un intenso proceso de sufrimiento y angustia.

Wittgenstein afirmó que la muerte no se vive, una obviedad dado el carácter exclusivo de vida y muerte por definición. Sí se vive, en cambio, su cercanía, su presencia, sobre todo cuando se trata de la propia y el proceso hacia ella es largo. Entonces es una marcha lenta, íntima e intransferible, que sin embargo, cuando el potencial sensible y de escritura asiste, es susceptible de cristalizar en un lenguaje universal en el que es posible e inevitable la empatía.

Pilar Plaza nos regala un poemario que nos conduce por las fases psicológicas que recorre un sentenciado: el desconcierto ante el veredicto, la no aceptación de la condena, la turbada anuencia, la rebeldía, el desaliento... Y lo hace en verso libre y con exquisito sentido del ritmo, en el lenguaje que la caracteriza, el difícil y sublime crisol donde se encuentran lo cotidiano sutil y la insólita imagen poética.

, significativo título del primer poema, que da nombre al conjunto, revela temor y resistencia ante un futuro incierto que se prevé aciago: "Me conformo entre ser y no ser, / en un espacio que nadie esté dispuesto a hollar / porque no guarda reservas potenciales / [...] / Ser aún, ser todavía imantada a la tierra, / llena de criaturas por pronunciarse / [...]" ( Ser aún). A lo que la voz poética añade la conciencia de la estricta individualidad inherente a la inquietante singladura que debe abordar: "[...] / hay manos que pesan en mi espalda / y tratan de alegrarme la vida con oficio. // Pero navego sola / haciendo caso omiso de los partes del tiempo / que buscan envenenar mi travesía. // Olfateo la tempestad/antes de que levante su voz bajo la quilla." ( Medito).

La soledad se manifiesta también indirectamente en la perspectiva que adopta la voz poética, que se percibe fuera del mundo, "Es probable que hayas conseguido asustarlos / cuando solo pretendías en el breve trayecto / hablar de cosas sin sustancia, / del tiempo que hace que no llueve, / antes de que el ascensor se detenga / [...] / y te quedes a solas en la cabina de madera. // Es probable que no resistan verte malherida / hoy que ellos regresan de sus felices vacaciones." ( Política de buena vecindad), en un lugar que no es el de los vivos: "[...] // Aquí tienes tus años desgranados en racimos dolientes / y tú intentas asirte de algún gajo / dando vueltas alrededor del mismo eje taciturno, / mientras la vida sucede en otra parte." ( Miedo a decir).

El sujeto poético observa el mundo de los vivos desde la distancia, diríase que se percibe en el más allá; el suyo es otro mundo que no interacciona con aquél: "Acuden en tropel y tú enmudeces. / [...] // Y te quedas antigua en un rincón / donde nadie repara que hay un mueble /[...]. // Mientras, oyes la música de los supervivientes / [...] // Y dejas que te abracen los unos y los otros / ahora que nada peor puede ocurrirte". ( Las visitas). O recurre al desdoblamiento de su persona en un intento de hacer más soportable el tormento, aun dejando entrever la esperanza de la superación: "Cuando este sufrimiento sea un huésped / que se fue sin pagar lo que me debe, / quedará en el recuerdo un referente: / fue en el año del llanto / [...] / cuando mi cuerpo era un eficiente servidor, / acompañándome a ocupar, sin destreza, / lugares evitables, mientras yo estaba ausente." ( Un día). O bien: "Medio año cumplido sin noticias mías. / [...] // Aún me persigo en los diarios que publican / las fotos de los desaparecidos o de los asesinos / más buscados / (Sin desdeñar tampoco las esquelas con su corte / de deudos afligidos) // Soy sagaz y me presento en las comisarías, / pero nadie me da razón / porque no existo en los registros oficiales. // [...] " ( De incógnito). E imagina la vida, ya sin ella, con inquietud hacia los seres queridos: "Qué será de vosotros mientras duerma...// [...] // Qué será entonces de vosotros, tantos, / sobre mis hombros todavía y a destiempo." ( Pienso).

Y se percibe la honda tristeza de comprobar, en este después imaginado, lo imperceptible del paso por la vida, la liviandad de la huella y la hipocresía que acompaña demasiado a menudo los rituales del duelo: "Morir es solo un trámite para que todos digan / lo buena mujer que eras / y viertan lágrimas exquisitas por tu causa." ( El adiós conveniente).

No hay lamento, no hay sombra de melodrama en los poemas. El sentimiento verdadero no lo admite. Hay experiencia extrema, piel exquisita para lo sensible y oficio para verterla en la palabra poética. Y Pilar Plaza no sería Plaza si no echara mano de la ironía que caracteriza su poesía, incluso en este trance lacerante, aunque no esté exenta de amargura: en su descripción de una sesión de quimioterapia leemos: "Aquí las horas se arrastran sobre el vientre / mientras cuentas las gotas que al caer / envenenan tu sangre. / En cada rincón hay ojos de cristal empañado. / Aquí el alcohol abunda y no celebra nada." ( Remedio). O bien: "[...] // (Cedo mi cuerpo por si puede servir de interés / o de advertencia)." ( Hoja caduca).

El prólogo, a cargo de Fernando Muñoz Agel, médico y escritor, denota el conocimiento de la temática desde el punto de vista del profesional de la medicina y del devoto de la escritura poética.

Pilar Plaza ha publicado, además, los poemarios Para tus manos flojas (Alcor), A modo de disculpa (Occitània), El hueso pensativo (Stonberg) y Espejos de la memoria (Stonberg).

Pilar Plaza

Stonberg Editorial, 2019, 60 págs.


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