Revista Cine

El hijo (Le fils; Bélgica, 2002)

Publicado el 30 octubre 2011 por Manuelmarquez
El hijo (Le fils; Bélgica, 2002)En toda trama de suspense, se esconde,en mayor o menor medida, una formulación sobre los condicionantes dela mirada: cómo lo que sabemos, o no, influye en la opinión que nosformamos sobre aquello que percibimos. 'El hijo' —segundo largo deficción de los hermanos Dardenne—no es, en modo alguno, un filmque quepa adscribir a esa rama genérica, la del suspense (estamos,más bien, ante un drama en toda regla), por más que la tensión quegenera su desarrollo narrativo pueda situar al espectador en unasituación anímica cercana a la que propician los productos de esavertiente; pero sí que se trata de un auténtico tratado acerca deese aspecto antes apuntado, el de los condicionantes de la mirada;amén de, todo hay que decirlo, una magnífica película.
El film de los Dardenne se construyesobre el seguimiento (y no solo en un sentido metafórico; la cámarase convierte, literalmente, en un aliento continuo sobre la nucadel actor) a su protagonista, Olivier, un profesor de formaciónprofesional, rama carpintería, que tiene a su cargo a un pequeñogrupo, de solo cuatro alumnos. Un hombre de apariencia externaabsolutamente normal, diríase que casi anodina, totalmenteidentificable con eso que llamaríamos un hombre corriente; eso sí,serio, reservado, introvertido, gesto adusto y palabras medidas. Encualquier caso, un personaje en el que difícilmente, y a priori, sepuede sustentar un interés dramático acusado.
A su centro llega un nuevo alumno quepretende incorporarse a su grupo, y al que Olivier, en un principio,rechaza, explicitando motivos bastante inconcretos. Estamos ante unhecho que no marca ningún impasse en el desarrollo de la trama, yque no determina ningún cambio de actitud en el protagonista, quecontinúa, impertérrito, desarollando su vida cotidiana con la mismaabsoluta circunspección de antes. Pero Olivier, seguidamente, cambiade opinión, y decide admitir al alumno; y poco después, y a travésdel testimonio de su ex mujer, seremos conocedores de unacircunstancia de máximo impacto emocional relacionada con eseepisodio.
Y, a partir de ahí, y aun cuando laactitud externa de Olivier sigue siendo absolutamente la misma, yanada es igual. Nuestra mirada está totalmente condicionada por elconocimiento de ese hecho, y la percepción del comportamiento(idéntico) de Olivier es diferente por completo. La nube gris que,en un principio, podíamos intuir (o no), se ha materializado, y tiñede un sentimiento difícilmente definible el desarrollo y el tono delo que resta del relato. ¿Dolor, incertidumbre, extrañeza,incomprensión? Posiblemente, un poco de todo ello, y algo más, quenos cuesta precisar; además de un crescendo emocional que sesoporta, no en el incremento gradual de la tensión que seexterioriza, sino, por el contrario, en una contención en loscomportamientos que pone de relieve una tormenta interior de la quesolo cabe esperar que descargue. ¿Cuándo, cómo...? Ésa es laincertidumbre con que los cineastas belgas juegan, llevando alespectador hasta un final en el que se siguen entremezclando lasemociones y las reacciones. ¿Catarsis? No. ¿Desesperanza? Tampoco.
¿Qué hay, pues, y en definitiva, enel relato de 'El hijo'? Un ejercicio de cine despojado y contenido,una narración en la que pesa lo que se ve y lo que no, lo que secuenta y lo que se calla, y que demuestra una maestría suma: no esfácil suscitar emociones tan intensas solo sobre la base de unapremisa argumental potente (teniendo en cuenta que el lenguaje seconstriñe, por voluntad propia de los autores, al resultado de unaplanificación enormente limitada); no es fácil jugar con los datosy los tiempos, o con el otorgamiento al personaje ausente (ese hijodel título) de una influencia que va mucho más allá de lo quesabemos de él (prácticamente nada...); y tampoco es fácil mantenerel interés y la tensión del espectador cuando se ha golpeado a éstepreviamente con uno de esos golpes que dejan al borde del knock-out.Pero, ¿quién dijo que el buen cine fuera fácil? Pues eso...

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