Revista Cine

‘El Hobbit’ – La primera novela sobre la Tierra Media

Publicado el 17 octubre 2013 por Cinefagos

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A pesar de lo que muchos (a los que les gusta criticarme por ello) creen, sólo he leído El Señor de los Anillos una vez, cuando tenía catorce años y se acercaba el estreno en cines de La Comunidad del Anillo. Por aquel entonces la publicidad del film empezaba a llenar revistas con imágenes promocionales acerca de cómo el cine adaptaba “El universo Tolkien”, lo que sirvió para que muchos descubriesen la obra del escritor británico por primera vez, y nos dio la posibilidad de acceder a un mundo y una mitología de cuya existencia tal vez no hubiésemos sido conscientes de otra forma.

Ahora, doce años después y con el estreno de la segunda adaptación de El Hobbit en ciernes, El Señor de los Anillos es conocido mundialmente. Todos saben quién es Frodo o Aragorn, conocen historias de elfos y enanos, les es familiar el nombre de Gollum y las menciones sobre Orcos y la tierra de Mordor son habituales en las conversaciones. El cine ha convertido las novelas en productos para el gran público.

Pero como sucede con todas las adaptaciones, éstas no son totalmente fieles al original. Se cortan cosas, se simplifican tramas y añaden elementos propios de la época en la que se adapta como humor, relaciones amorosas o escenas de batallas cada ciertos minutos para no aburrir al espectador. De modo que a día de hoy, cuando pensamos en Hobbits y anillos, la visión que nos viene a la cabeza es la de Peter Jackson, no la de Tolkien. A día de hoy las películas están tan metidas en nuestra cultura que cuesta imaginar rostros diferentes para los personajes, por lo que se puede sentir casi como si nos hubieran “castrado” una parte muy importante de estos libros, y es el derecho a nuestra imaginación. La sensación que nos dan ahora son muy diferentes a cuando se leían hace años, por lo que pienso que no estaría mal dar un paso atrás y volver a mirar estos libros como se hacía antes, sin trilogías cinematográficas que condicionasen nuestra visión. Analizar las novelas como lo que son, y ver el por qué de su éxito o de su misma existencia.

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J. R. R. Tolkien nació en Sudáfrica a finales del Siglo XIX, y no tuvo una infancia feliz ni tranquila. Huérfano y a cargo de sacerdotes católicos, la lengua y la literatura fueron las válvulas de escape de este chico introvertido e imaginativo. Algo que tenemos que dejar claro desde ya es que Tolkien no era un admirador de lo que hoy conocemos como “fantasía épica” porque, sencillamente, ésta no existía como tal hasta que él sentó los pilares cincuenta años después. Sus inspiraciones provenían de la mitología nórdica y de la etimología, lo que ya nos hace ver que tal vez podría decepcionar a muchos de sus fans actuales en un hipotético encuentro con el autor. El origen de sus historias residía en fascinación por la lengua y los idiomas, y es la base central de todo su trabajo.

Acontecimientos vitales y de sobra conocidos en su biografía son su matrimonio con Edith Mary Bratt o su participación en la Primera Guerra Mundial, donde las trincheras le debilitaron y le enviaron a un hospital. Allí ya empezó su trabajo como escritor recopilando relatos que más tarde se conocerían como El Libro de los Cuentos Perdidos, y que fue escrito bajo el fuego de artillería enemigo. Como vemos, la imaginación podía ser la única salida de aquel hombre en situaciones desesperanzadoras donde no veía claro su regreso con vida a casa. Finalizada la contienda y trabajando como profesor de Anglosajón en Oxford, donde ejerció su interés sobre la lengua y participó en la traducción al inglés moderno de algún relato escrito durante el Siglo XIV como Ser Gawain y el Caballero Verde.

Paralelamente a eso, y padre ya de varios hijos, se dedicaba a contarles cuentos para dormir o para entretenerlos. Las ideas venían de aspectos tan cotidianos como un muñeco al que ponía de nombre ‘Tom Bombadil’ y del que leí por ahí que sus hijos odiaban, aunque no esté muy seguro. Su vena de lingüista le permitía crear idiomas complejos y reales, con verdaderas formas gramaticales que podían usarse en una conversación, y que se acabarían convirtiendo en un tópico en todas las novelas de fantasía surgidas décadas después por otros autores. Pero al contrario que todos esos imitadores, no inventaba idiomas para razas extrañas y variopintas en un intento de otorgar profundidad a su mundo. Él creaba idiomas porque era su afición, y pronto, se vio a sí mismo inventando una mitología para Inglaterra basada en los relatos fantásticos nórdicos llenos de héroes y criaturas. Aparecieron los seres que podían hablar esos idiomas. Y, sumándolo a su faceta de padre, esos relatos casi bíblicos y abstractos de difícil comprensión (a los que más tarde conoceríamos como El Silmarillion) convivirían con cuentos sencillos y amables como el libro que hoy nos ocupa: El Hobbit.

“Tenía un montón de exámenes en mis manos. Recuerdo que había un examen al que casi le di una marca extra porque tenía una parte en blanco. No había nada que corregir. No sé por qué pero garabateé en él: En un agujero en el suelo vivía un hobbit.”

                                                                                                                                                J.R.R. Tolkien.

Aquella frase sería la que diese el comienzo a la historia de El Señor de los Anillos, pero para ello quedaban muchos años. De momento no eran más que unas pocas palabras que para Tolkien encerraban un misterio: quién (o qué) era un Hobbit. La frase del examen se convertiría en todo un hito de la literatura moderna, sumándose a todas esas grandes citas que abren novelas famosas. Es un comienzo simple que sin embargo nos mete de lleno en una de las mejores invenciones de Tolkien: los hobbits. Seres que vivían en agujeros, pero no en agujeros húmedos, sucios y repugnantes con olor a fango, ni tampoco agujeros secos y arenosos sin nada que comer o dónde sentarse.

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Aunque en esta novela no hacen un gran análisis sobre lo que nosotros ya sabemos que es La Comarca, Tolkien no necesita mucho para enamorarnos de ese sitio. Nos describe una casa de madera bien pintada y barnizada, con habitaciones enteras dedicadas a ropa, despensas y cuartos de baño, y unos habitantes simples y familiares, más parecidos a los humanos que cualquier otra de las razas fantásticas que pueblan el mundo. Seres de aspecto pequeño e inspiración claramente británica (toman el té, fuman en pipa y visten con chalecos de colores brillantes) costumbristas y tranquilos a quienes no les gustan las aventuras. Nuestro protagonista particular se llama Bilbo Bolsón, y es un hombre respetable y adinerado que vive tranquilamente hasta la llegada del mago Gandalf.

Él es quien de alguna manera decide que Bilbo sería ideal para una aventura que está preparando, e involucra al Hobbit sin su consentimiento. Al día siguiente, nada menos que trece enanos aparecen en su casa y se meten dentro sin ningún tipo de invitación, arrasando con todos los alimentos y sacando al Hobbit de su apacible vida. Su aire infantil se demuestra en la ausencia de nombres poéticos, ya que se nota que se trata de una piña con aires cómicos. Fili, Kili, Oin, Gloin, Dwalin, Balin, Bifur Bofur, Bombur, Dori, Ori o Nori no tienen un desarrollo claro y sólo el líder de la compañía, Thorin Escudo de Roble sobresale sobre el resto. Cierto es que se los menciona y tienen sus partes, pero recordarlos a todos suele ser una tarea titánica.

Bilbo descubre que estos enanos son antiguos supervivientes de Erebor, un reino subterráneo excavado en las entrañas de la Montaña Solitaria, donde prosperaron durante generaciones y reinaron llenando de riquezas rodeados de elfos y humanos de la ciudad de Valle. Thorin era hijo y nieto de los reyes Thror y Thrain, que dominaron el lugar hasta que el olor de las riquezas atrajo una de las mayores calamidades: un dragón llamado Smaug (cuyo nombre también contiene un chiste lingüistico) que arrasó la ciudad de Valle y después tomó el reino de Erebor para sí, pues los dragones, según nos cuenta Tolkien, son avariciosos y suelen acumular riquezas y oro como un colchón sobre el que dormir. De modo que este grupo quiere ir a recuperar lo que consideran suyo y para ello al parecer necesitan a alguien más, un experto saqueador como lo es el gran Bilbo Bolsón. O al menos, eso es lo que dice Gandalf.

Pero nosotros sabemos ya que es bastante improbable que Bilbo sea una especie de aventurero, aunque tenga algo de sangre Tuk, que siempre fueron alocados. Pero como Gloin deja claro, eso fue hace mucho tiempo, y ahora están hablando de él, no de sus antepasados. Al final, pese a las reticencias de muchos y armados con un mapa y una vieja llave de una puerta secreta en la Montaña Solitaria, parten a conquistar su hogar perdido.

Por supuesto, la aventura en sí se ve salpicada de pequeños encuentros que buscan aderezar un poco la historia. El primero de ellos y uno de los más famosos es el encuentro con tres trolls que son diferentes a cómo nos los presentaron en El Señor de los Anillos, lo que marca las diferencias con su obra posterior. Aquí son tipos grandes y algo tontos, que cocinan aventureros perdidos, y a los que Bilbo tiene que espiar. Debido a su torpeza, es capturado y los enanos tienen que ir a rescatarlo, por lo que empiezan a considerarle más una carga que otra cosa. A punto de ser cocinados, sólo la inesperada intervención de Gandalf los salva cuando hace caer el Sol sobre ellos, convirtiéndolos en piedras. “Porque los trolls, como seguramente sabéis” (o no) “tienen que estar bajo tierra antes del alba o vuelven a la materia montañosa de la que están hechos.”

Estas soluciones “mágicas” que harían salivar a los críticos más voraces por considerarlos Deux Ex Machina, se justifican entendiendo que se trata de un cuento, por lo que la suerte y los giros inesperados que sorprendan al público interesan más en ocasiones que la coherencia. No es porque los trolls se conviertan en piedra, sino que nosotros como lectores no lo descubramos hasta el momento en el que nuestros héroes sobreviven gracias a ese detalle.  Y Gandalf será el que en ocasiones aparezca de la nada para rescatarlos, ya que el mago saldrá del relato cuando le convenga al autor para encargarse de “asuntos que no tienen por qué mencionarse aquí”.

Cuando rebuscan en el botín de los trolls tienen la casualidad de encontrar un gran botín, riquezas que ante la imposibilidad de transportarlas, deciden enterrar en aquel lugar para recuperarlas un día. Lo que bordea los límites de la casualidad es que también desentierran armas míticas pertenecientes a héroes y reyes de la caída de Gondolín en las lejas Guerras de los Trasgos, algo que en la mitología y vida de Tolkien tendría mucha importancia pero que no tienen relación directa con la novela. Así, Glamdring y Orcrist se convierten en las espadas de Gandalf y Thorin, quienes de esta forma parecen perpetuar una historia anterior. Es una costumbre poner nombres a espadas basándose en sus hazañas en la guerra, aunque éstas hagan poco sin manos que las empuñen, y se les da una importancia simbólica al cargar con ellas.

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Pero el simbolismo no es muy profundo aquí, y sólo aparece cuando el grupo atraviesa las Montañas Nubladas y sufren una inesperada tormenta cuyos rayos destruyen las laderas y hacen saltar enormes pedruscos por los aires. Se hace mención a unos “gigantes de piedra que reían y arrojaban rocas los unos a los otros” y que durante años ha suscitado la polémica ya que algunos piensan que no era más que una metáfora para explicarnos que las laderas se derrumbaban unas sobre otras, lo que contrastaría mucho con el entorno natural del Hobbit, pero hay suficientes pistas como para pensar que Tolkien se refería en realidad a verdaderos gigantes cuyo entretenimiento consistía en pegarse pedradas los unos a los otros. No se les hace mucha mención porque, como ya he dicho, es un relato lúdico y como tal está repleto de seres fantásticos y hechos sin finalidad alguna más que el de entretener, sorprender, y pasar a la siguiente aventura.

Pero tras ser capturados por los trasgos en las cuevas y llevados ante su líder, Bilbo se ve apartado del grupo y perdido en las catacumbas, lo que le llevaría al Hobbit a activar una serie de mecanismos que cambiarían para siempre tanto su vida como toda la literatura fantástica: Bilbo Bolsón se tropezaría en la oscuridad con un pequeño anillo dorado que se lleva al bolsillo por pura casualidad.

Acertijos en las Tinieblas es posiblemente el capítulo más famoso del libro. Allí, Bilbo se cruza con una lastimosa criatura llamada Gollum, de la que no nos dicen que esté emparentado con los Hobbits, ni que provenga de alguna otra parte. Entendemos que es solitario y esquivo, y que se ha mantenido durante mucho tiempo viviendo en un largo subterráneo cazando todo lo que se encuentra. Pero un detalle fundamental que nos deja claro cómo la visión de la Tierra Media fue evolucionando con los años es que en las primeras ediciones del libro, lo que ocurría entre Bilbo y Gollum era completamente diferente. Ambos personajes mantienen el ya mítico duelo de acertijos, los cuales serían por cierto responsables de la castellanización de los nombres, pero en la primera versión, Gollum era más amable y apostaba su anillo mágico. Luego, al darse cuenta de que lo había perdido (y sin saber que Bilbo lo hacía cogido) le ayuda a encontrar el camino de salida.

¿Por qué cambiaría Tolkien algo tan importante? Pues habría que esperar mucho más, a que el relato estuviese terminado y publicado, y conociera un gran éxito. Sería entonces cuando los editores le pedirían al escritor una continuación y éste se centraría en el anillo mágico, un elemento casual de su anterior novela. Conforme iba escribiendo lo que se titularía “El Señor de los Anillos”, la idea sobre el Anillo y sus poderes cambió, por lo que no cuadraba con lo que ya estaba en las librerías. Su solución fue cambiar ese capítulo, y a la vez, jugar con la ficción. Así, entenderíamos que “El Hobbit” estaba realmente escrito por Bilbo como unas memorias de sus viajes, y que la primera versión sería la que contaría a los enanos y Gandalf sobre cómo consiguió el anillo. La segunda (con un Gollum violento que intenta cazar a Bilbo) sería la realidad, y si mintió sobre el asunto sería porque el Anillo empezaba a ejercer su influjo sobre el pobre Bilbo con su sutil maldad que le inclinaba a mentir y a considerar el objeto como suyo por derecho. Lioso, sí, pero aceptado por muchos de una forma que George Lucas jamás conseguiría con sus modificaciones sobre la trilogía original de Star Wars años más tarde.

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El anillo proporcionaría a Bilbo una rareza especial que le sería muy útil para ganarse el respeto de los enanos (que empezarían a considerar al Hobbit como un auténtico saqueador) y también para salvar a sus compañeros en las aventuras restantes. Y es que aún nos queda un poco hasta que estos encuentros casuales deriven en la auténtica trama, la de la conquista de Erebor. Hasta entonces debemos cruzarnos con Beorn, un cambiapieles capaz de transformarse en Oso y que bien podría ser el peor pasaje del libro, por ser reiterativo. Cierto es que cada pocos pasajes aparecen amigos para los enanos, pero aun así podríamos prescindir de él, ya que a pesar de alimentarlos, pronto el grupo parte hacia el Bosque Negro, el hogar de los Elfos y un lugar hostil. Un grupo de arañas logra apresar por enésima vez a los Enanos, y Bilbo tiene que utilizar el Anillo para liberarlos de las copas de los árboles, poco antes de que, de nuevo, Thorin y sus compañeros sean capturados por los elfos del bosque, que no ven con buenos ojos que éstos caminen por sus dominios. Los enanos no quieren desvelar sus planes de recuperar Erebor, de modo que el rey elfo les confina a cada uno en una celda y Bilbo, invisible, intenta sacarles de allí.

La solución pasa por meter a los enanos en unos barriles vacíos de los que los elfos suelen deshacerse lanzándolos a la corriente de un río subterráneo que les lleva directamente a los vecinos de la ciudad de Esgaroth, construida a la sombra de la Montaña Solitaria directamente sobre el terreno del lago. Allí son recibidos por el Gobernador de la ciudad, quien no cree que sean los profetizados herederos de Thrain, sino que podría tratarse más de unos farsantes. Aun así, los habitantes de la ciudad Lago, que ya veían al dragón como un cuento de viejas más que como una realidad, los reciben entusiasmados, pero cuando aseguran que su intención sí es ir a recuperar la montaña, se apresuran en dejarlos marchar. Por fin en el punto de destino, vemos que la aventura no está más cerca de acabar que antes. La puerta principal permanece abierta, pero la hendidura secreta que les permita acceder continúa perdida. Es entonces cuando, tras descubrirla, vemos cómo la opinión de los enanos sobre Bilbo es muuuuy variable. De ser el mejor amigo de Thorin y compañía pasa a ser el responsable de todos los problemas. Eso es lo que pasa cuando, tras poderse abrir paso al fin por el pasadizo, desciende hasta el salón principal, donde yace Smaug.

Smaug pertenece a ese tipo de dragones sabios y parlantes, que codicia el tesoro y pronto sabe que alguien se ha adentrado en sus dominios. El encuentro entre Bilbo y Smaug es bastante más corto de lo que pensaríamos, teniendo en cuenta que se trata del gran momento por el que estábamos esperando, pero es que da la sensación de que el libro parece acelerarse, como si a Tolkien le hubiese entrado prisa por terminarlo. En realidad, la novela permaneció inacabada durante un tiempo, hasta que finalmente amigos como CS Lewis (autor de Las Crónicas de Narnia) y otros le animaron a finalizarlo, pero no puedo asegurar que esa sea la razón. Lo que sí es cierto es que Smaug le hace replantearse al Hobbit todo lo relacionado con su acuerdo con los enanos, poco antes de abandonar su guarida e ir a acabar con su molestia. Es curioso que Thorin, el principal damnificado por el dragón, no llegue a verlo en todo el relato, y que ni siquiera Bilbo, el protagonista principal, intercambie con él más que unas pocas palabras.

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Smaug sobrevuela a Esgaroth y la prende fuego, y entonces, como es típico en una historia infantil en el que los giros inesperados se suceden y no hay por qué buscarle una explicación lógica ni siquiera dentro de la propia estructura del relato, aparece un tal Bardo que, armado con una flecha mágica, puede encontrar el único punto flaco de Smaug, acabando así con él. La razón de este añadido se debe a la necesidad de aportar espectacularidad, cuando la idea inicial era que Bilbo matase a Smaug armado con Dardo y el Anillo mágico.

Muerto Smaug, todos son conscientes de que el tesoro está abandonado y a la espera de que alguien lo reclame. A los enanos se les da por muertos y se les considera responsables de haber despertado a un mal dormido durante años. Así que Bardo y el gobernador de Esgaroth se dirigen hacia la Montaña Solitaria, donde descubren que Thorin sigue vivo y de alguna forma se ha vuelto codicioso. Se niega a otorgar a los habitantes de Esgaroth una parte de sus riquezas, lo que hace que Bilbo busque una forma de solucionar las cosas antes de que los familiares del Rey bajo la Montaña lleguen con un ejército. Para eso hace uso de un nuevo elemento aparecido de la nada, la Piedra del Arca, una joya muy importante que él encuentra antes que nadie y le entrega a escondidas a Bardo para que le ayude en las negociaciones. Thorin entra en cólera al enterarse de la traición del saqueador, quien vemos que ha cambiado mucho desde que le conocimos en las primeras páginas. Ahora es decidido y capaz de hacer planes a espaldas de otros.

Pero el plan del hobbit no sale bien y pronto tendrá lugar la Batalla de los Cinco Ejércitos, en la que Elfos, Enanos y hombres hacen frente a un inesperado ejército formado por Wargs y trasgos que reaparecen de la nada para buscar un clímax final, y en un recurso más que típico, algo deja inconsciente a Bilbo de modo que nos ahorramos gran parte de la épica que tanto parece gustar en este género. Al final, despierta a tiempo para poder ver que la batalla fue ganada y que Gandalf, reaparecido al fin, le está buscando porque alguien quiere verle. Thorin, escudo de roble, yace moribundo y parece haber recobrado algo de cordura, la justa para querer despedirse en buenos términos de Bilbo. Su frase final es un buen reflejo del carácter de los Hobbits y tal vez, del propio Tolkien:

“Si muchos de nosotros dieran más valor a la comida, la alegría y las canciones que al oro atesorado, éste sería un mundo más feliz.”

Thorin, y también Fili y Kili, son enterrados en las entrañas de la Montaña Solitaria, y así acaban los días de Smaug, con lo que el oro vuelve a fluir desde Erebor y la ciudad de Valle puede ser reconstruida. En cuanto a Bilbo, rechaza gran cantidad del tesoro por sólo un par de cofres y parte de lo que les quitaron a los Trolls, lo que es una muestra más del aspecto sencillo de los Hobbits, que prefieren la comodidad de su hogar a las leyendas, aunque haya formado parte de una. Como en todo cuento, debe terminar con el regreso al hogar, tras un viaje en el que nuestros protagonistas no sólo viven aventuras, sino que cambian con ellas. Obtiene fama y fortuna, pero como buen hombre de clase media se queda con unas buenas historias que contar, amistades y experiencias. Esa simplicidad fue tal vez la clave de su éxito, que le daría a Tolkien fama inesperada y riquezas. Su obra generaría el suficiente interés como para que sus editores le pidieran una secuela, pero rechazarían El Silmarillion por considerarlo ilegible, aunque valorarían su potencial, lo que le darían al escritor ánimos para pensar que podría verlo publicado algún día.

Como vemos, la mitología profunda de la que Tolkien se sentía orgulloso no coincidía con los gustos de un público, más dado a historias sencillas y cómicas con protagonistas con los que poder identificarse. Ni siquiera su propio creador pensaba que los Hobbits pudiesen hacer algo más que tener “aventuras provincianas”, y no se sentía especialmente predispuesto a continuarlas. Pero meses más tarde empezaría con el relato de una secuela que acabaría convirtiéndose en su obra maestra, un clásico de culto que inspiraría a generaciones enteras y que serviría para que su tan ansiada mitología impactase en el público. Aun así, durante años, a Tolkien se le consideraría como un escritor menor debido a que las altas esferas literarias consideraban la fantasía como un género de escapismo bastante alejado de la auténtica calidad literaria, y en mi experiencia personal, muchos adultos miran aún con recelo todo tipo de historias como estas al considerarlas una pérdida de tiempo e incluso se preguntan si “sirven para algo”.

“Los cuentos de hadas son más que realidad. No porque nos digan que los dragones son reales, sino porque nos cuentan que incluso los dragones pueden ser vencidos.” 

                                                                                                   Neil Gaiman

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