Revista Cultura y Ocio

El hotel de los suicidas

Por Orlando Tunnermann

EL HOTEL DE LOS SUICIDASTEATRO QUEVEDO. MADRID
WWW.EL-HOTEL-DE-LAS-ALMAS-PERDIDAS.BLOGSPOT.COMEL HOTEL DE LOS SUICIDAS(Entretenida, una disparatada historia de fantasmas e inquilinos en un hotel encantado)
Hace unos años tuve la siniestra ocurrencia de alojarme por una noche en un espeluznante hotel en China de la época de Stalin. Aquel lugar parecía inspirado en las peores pesadillas de Stephen King: pasillos interminables con luces cetrino-amarillentas o rojizas moribundas, pasillos oscuros y angostos, paredes desconchadas, ventanales sucios y suelos con raídas moquetas y manchas que podían ser de sangre coagulada, tal cual. 
Recuerdo pasillos que no conducían a ninguna parte o que se asomaban a ventanas que miraban hacia una especie de sanatorio mental de los años 30. Fue una experiencia trascendental, de esas que te erizan hasta las llagas de los pies y los filamentos grisáceos de las primeras canas. Esa atracción por el lado oscuro es la que me ha llevado en esta ocasión a dejarme seducir por los habitantes carnales e incorpóreos del hotel de los suicidas; nada que ver con mi “carnavalesco” hotel de las almas perdidas. La historia es tan inquietante como amena. El hotel Abadía, cerrado a cal y canto desde los años 80 de Spandau Ballet y Wet Wet Wet, reabre sus puertas muchas décadas después para solaz de los acólitos de lo paranormal. El hotel fue en su día poco menos que un ávido receptor de suicidas, o sea, el maná preferido de quienes se regocijan con historias de posesiones infernales, almas en pena y espectros errantes que susurran tras las paredes de una habitación sellada. En busca de emociones de pura adrenalina y algún tipo de contacto de corte fantasmagórico con los fantasmas que presuntamente moran en el hotel hasta el fin de los tiempos, unos huéspedes extremadamente impresionables se alojan en el embrujado hostal como quien se enrola en las filas de los boy-scouts para regresar a casa con la mochila repleta de aventuras que contar. El argumento tiene gancho y llega a buen puerto por un nutrido elenco de jóvenes actores homogéneos, caracterizados por interpretaciones ágiles y desinhibidas. Son los albores de las incipientes carreras teatrales de unos actores que llevan el alma cargada con el combustible rebosando por cada poro de la piel. Novedad, desafío, demostrarse a uno mismo hasta dónde puede llegar, medrar y aprender, sembrar para recoger después. Es un buen punto de partida. Los actores derrochan energía y entusiasmo y el placer primigenio de la ilusión por una pasión recién descubierta. He visto talento y desparpajo sobre ese escenario, frescura, espontaneidad; madera de primera calidad para cincelar lo que podría llegar a ser la silueta y el perfil de una nueva avanzadilla de actores avezados, curtidos y acaso, si el hado (devenir, futuro) lo permite, afamados. En líneas generales me complace el conjunto artístico que desfila ante mis ojos y no me cuesta imaginar cómo en el futuro más rayano (cercano) comienzan a desplegar velámenes y rutas de crucero actores y actrices tan prometedores como Claudia Salas (Silvia), Luciana (África Aragoneses), Javier Galán (Didier), Carla Casares (Elena) o el irrefrenable Juan Ramón Mohiño (Erik). Todos ellos, mentados en estas líneas o incluidos en mi visión global, sin menoscabo de nadie, representan un hálito de frescura natural que subraya una vez más la salubridad de un país como el nuestro, sobrado de talento y famélico (hambriento) aún de oportunidades para desplegar todo ese artesanal, todo ese manantial de emociones.
Estoy como espectador sentado en la antesala o estuario de los proyectos a medio macerar. El tiempo dirá si estos actores tan lustrosos se quedan en meros bocetos ilusionantes o se transforman en la autopista hacia el cielo destinada a los próceres de los escenarios. En definitiva, una función de corte paranormal con fantasmas zascandiles que se mueren de aburrimiento y usurpan cuerpos como si fuesen habitaciones vacías.
Fantasmas de rostros alicaídos y mohines adustos que observan cómo pasa la vida ante sus ojos vacuos. Personajes de aplomo y madurez como Alberto (Carlos Corchero) cuyo talante y solidez en el escenario son en sí mismo un baluarte, una apuesta segura, un viso y fulgor evidente de esa fecunda turba de actores que vienen pisando fuerte y que pisan el escenario como si les perteneciera. Curtida y soberana, vuelvo a insistir en retazos de alabanzas, es la magnífica y bellísima África Aragoneses (Luciana); se pasea como la mismísima Cleopatra por el escenario y nos deja ver esa grandeza mayúscula de los actores que en sus comienzos a medio pulir ya revelan un potencial abrumador.
Los contactos entre vivos y muertos son la balsa que hace navegar este navío por las turbulentas aguas subterráneas de la zozobra, emoción que domina con creces la sublime Elena (Carla Casares). Está sencilla y perfecta en la ternura y la ingenuidad, la candidez y el cambio de registros de manera automática, sin esfuerzo, como un brote de aire puro.
Es interesante el transcurso imparable del devenir de los conatos de suicidio y la donosa, gratuita y casi festiva curiosidad de quienes juegan con lo desconocido como si fuese un juguete de última generación. Entretenida apuesta sin duda para pasar un rato agradable y sentir el aliento de la nueva horda de grandes actores gestados en nuestras fronteras.
Un cordial saludo para todo el equipo y el conglomerado de actores entreverado en una madeja de optimismo e ilusión que, con pertinacia y denuedo, se convertirá sin duda en el asfalto de la autovía hacia el estrellato.

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