Revista Opinión

El juego desesperado en la lucha humanitaria

Publicado el 22 julio 2018 por Juan Juan Pérez Ventura @ElOrdenMundial

Terremotos, huracanes, tsunamis, hambrunas, conflictos armados… Las causas por las que puede desencadenarse una crisis humanitaria son múltiples. Sin embargo, de entre todas ellas, el conflicto armado es el escenario donde resulta más complejo actuar. En caso de desastre natural, el sector humanitario actúa a contrarreloj, pero se centra primordialmente en la coordinación y logística. En cambio, trabajar en un conflicto armado es caminar sobre arenas movedizas. El ejército nacional, grupos de insurgencia, grupos paramilitares o terroristas y mafias son posibles actores con los que los humanitarios tendrán que lidiar.

A lo largo de los años, se han definido unos principios humanitarios derivados de la experiencia acumulada en el terreno y del desarrollo de la teoría. No son vinculantes, pero deben impregnar toda acción humanitaria y actuar como estándar profesional y marco ético y operativo. Se trata de los principios de humanidad —aliviar el sufrimiento y proteger la dignidad humana—, imparcialidad —no distinción de nacionalidad, etnia, religión, condición social ni credo político—, neutralidad —no tomar parte en las hostilidades— e independencia —autonomía frente a los Gobiernos y los actores implicados—.

Estos cuatro principios parecen obvios, pero adherirse a ellos fielmente no resulta tan sencillo sobre el terreno. La imparcialidad e independencia de las ONG se ve en entredicho cuando facilita asistencia a poblaciones en zonas controladas por uno de los grupos enfrentados. Es difícil acceder por igual a toda la población y esto puede ser considerado como una demostración de apoyo político a uno de los bandos, lo que genera hostilidad y desconfianza.

Evitar la apropiación y el uso indebido de la ayuda humanitaria por cualquiera de los actores beligerantes resulta complicado. Las extorsiones —intercambio de rehenes por ayuda humanitaria—, el uso de canales de distribución de ayuda para conseguir armas y la exigencia de pagos para poder acceder a la población necesitada son situaciones recurrentes en conflictos. Mantener la independencia frente a los Estados, que las financian con fines políticos, coloca a las ONG entre la espada y la pared.

Sinfronterismo y muertos bien alimentados

Tras la II Guerra Mundial se crearon muchas ONG, la mayoría de base religiosa y visión puramente occidental. A finales de los 60, el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), regido por el Derecho internacional y un estricto sentido de la neutralidad, era de las pocas organizaciones humanitarias con capacidad operativa frente a las crisis de grandes dimensiones.

La guerra de Biafra o guerra civil nigeriana (1967-1970) marcó un punto de inflexión en la Historia humanitaria. Las provincias del sudeste intentaron independizarse bajo el nombre de República de Biafra, lo cual dio comienzo a un conflicto político-étnico. El Gobierno nigeriano practicó una guerra de asedio por medio del sabotaje de los medios de subsistencia locales. Esto provocó que miles de civiles murieran de inanición. La crudeza del conflicto acaparó la atención mediática mundial; fotos de niños negros esqueléticos, barrigas hinchadas y ojos tristes dieron la vuelta al mundo por primera vez.

El juego desesperado en la lucha humanitariaNiña en un campamento de socorro en Nigeria durante la crisis de Biafra. Fuente: Wikimedia

El CICR, limitado por su escrupuloso respeto por el principio de soberanía de los Estados, estaba bloqueado ante el conflicto. Las negociaciones con el Gobierno y los rebeldes para atender a la población afectada no prosperaban; ambos obstruían deliberadamente la ayuda con objetivos propios. Mientras que la intención del Gobierno era mantener la hambruna hasta doblegar a la insurgencia, a los rebeldes les interesaba seguir asegurando fotografías suficientemente trágicas para mantener el interés internacional, aun a costa del sufrimiento de su propia población.

Un grupo de médicos franceses que trabajaron para CIRC durante la crisis rompieron su neutralidad y denunciaron internacionalmente la inefectividad de Cruz Roja en Biafra. Se mostraron a favor de actuar en contra del Derecho internacional alegando que los seres humanos eran más importantes que la soberanía: denunciar las violaciones de los derechos humanos constituía un deber moral incuestionable. De esta manera nació el principio de injerencia humanitaria. Bajo estos ideales, se escindieron en 1971 de CICR y fundaron Médicos Sin Fronteras (MSF).

La creación de MSF supuso una auténtica revolución. El sinfronterismo se constituyó como una nueva corriente humanitaria cuyo ideario iba dirigido a aliviar el sufrimiento por encima de las fronteras y que primaba la independencia a la neutralidad. Una nueva generación de ONG privadas, no religiosas y de denuncia vio la luz: Human Rights Watch, Acción Contra el Hambre, ingenieros, payasos, arquitectos, psicólogos… todos sin fronteras.

Para ampliar: “30 años de sinfronterismo: una reflexión de futuro”, Pilar Duch en MSF, 2002

A mediados de los ochenta este nueva corriente humanitaria se enfrentó a una nueva crisis. El Gobierno en Etiopía combatía a más de diez facciones guerrilleras que intentaban tomar el control. Sumado a la guerra civil, el hambre y la sequía asolaban la región en 1984 y Sudán se hallaba inmerso en un conflicto interno que provocó una crisis de refugiados en territorio etíope. La crisis alimentaria alcanzó magnitudes estremecedoras en muy poco tiempo. Las ONG occidentales pusieron en marcha una gran campaña de comunicación a nivel mundial. Los macroconciertos solidarios de Live Aid —bajo el himno de la popular “We are the World”, escrita por Michael Jackson— consiguieron conmover a la población: se recaudaron más de 100 millones de dólares para paliar el hambre en el Cuerno de África.

El juego desesperado en la lucha humanitariaDavid Bowie fue uno de los artistas que promocionó los conciertos de Live Aid. Fuente: Pinterest

Cínico ante la solidaridad internacional, el Gobierno etíope utilizó la ayuda humanitaria a su antojo intercambiándola por armas y utilizando los puntos de asistencia como cebo para los guerrilleros. MSF denunció públicamente esta situación y, como consecuencia, fue expulsado, por lo que se vio obligado a abandonar sus proyectos de emergencia. El resto de ONG sobre el terreno mantuvieron el silencio ante las violaciones de los derechos humanos, pero pudieron seguir ayudando a la población. El debate moral que se abrió no ha conseguido cerrarse desde entonces: ¿qué prima más: la denuncia de abusos contra los derechos humanos y el consiguiente riesgo para la misión humanitaria o la ayuda humanitaria en silencio, que salva vidas que se perderán si continúan las atrocidades?

ONG preparadas para la batalla

La Primera Guerra del Golfo fue la primera guerra retransmitida en directo; asistir a la destrucción causada por los bombardeos generó un interés mediático abrumador, bautizado desde entonces como “efecto CNN”. Millones de personas se desplazaron a causa del conflicto, lo que provocó una crisis de refugiados en Irán y Turquía. La actuación humanitaria de la ONU y las ONG, a todas luces insuficiente y desorganizada, quedó expuesta al ojo público a través de las cámaras. Se hizo obvia la necesidad de una organización con la misión específica de coordinar la ayuda internacional de emergencia.

En 1991, mediante la Resolución 46/182, la Asamblea General de la ONU sentó los cimientos de la arquitectura humanitaria actual. Se crearon la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios y el Comité Permanente entre Organismos, un foro de coordinación, desarrollo de políticas y toma de decisiones que reunía a las agencias de la ONU, el Banco Mundial, el CICR y consorcios de ONG. Este jovencísimo sistema de emergencias no tardó en ponerse a prueba frente a una de las tragedias humanitarias más complejas de la Historia: Somalia.

Desde los años 70 hasta los 90, Somalia estuvo bajo el mandato del dictador socialista Siad Barre en un clima de violencia e inseguridad alimentaria. En 1991 la oposición derrocó al dictador, pero se dividió a su vez en facciones clánicas. La guerra civil entre los señores de la guerra sumió al país en el caos. La escasez de alimentos y agua se hizo extrema y los suministros humanitarios se convirtieron en un bien tan valioso que los asaltos a convoyes de ayuda se generalizaron, con lo que aumentó radicalmente la inseguridad para los humanitarios.

Para ampliar: “Los reinos combatientes de Somalia”, David González en El Orden Mundial, 2015

Ante la escalada de violencia, la embajada de EE. UU. evacuó a su personal y la ONU siguió su ejemplo: tanto el Programa Mundial de Alimentos como Unicef abandonaron el país. Tan solo unas pocas ONG se quedaron, entre ellas el CICR y MSF. En ausencia de una autoridad fuerte, Somalia colapsó y se convirtió en un Estado fallido. La proliferación de armas de fuego y la tensión entre clanes requirieron medidas extraordinarias por parte de las ONG: por primera vez, el CICR contrató guardias armados para proteger los suministros. La ayuda humanitaria se volvió dependiente de la seguridad militar.

A medida que la situación empeoraba, Somalia acaparaba más atención de los medios internacionales y las ONG empezaron a llegar masivamente. El sur de Somalia se convirtió en un campo abarrotado y desorganizado de ONG. La ONU regresó al país en 1992 y autorizó a EE.UU. a liderar una intervención humanitaria, la Operación “Devolver la esperanza”, en virtud del capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas. La vuelta de la ONU al terreno generó resentimiento y críticas por el resto de las ONG, reticentes a aceptar órdenes después de su abandono. Las operaciones conjuntas costaron aproximadamente 884,9 millones de dólares. El total gastado en ayuda humanitaria fue de menos del 2,4 %; el resto fue gastado en seguridad militar. La arquitectura diseñada por la ONU fracasó en su primera prueba.

Para ampliar: “El negocio de la seguridad en zonas de conflicto”, Clara Rodríguez en El Orden Mundial, 2017

El juego desesperado en la lucha humanitariaLlegada de tropas egipcias a Mogadiscio durante la Operación “Devolver la esperanza”. Fuente: DIMOC

Infierno en la Tierra

A pesar del fracaso en el desastre humanitario en Somalia en 1991, hizo falta otra catástrofe para que la comunidad humanitaria reaccionara y diera un paso hacia delante. Entre 1994 tuvo lugar uno de los crímenes contra la humanidad más terribles de la Historia ante los ojos indiferentes de la comunidad internacional: el genocidio de Ruanda. El Gobierno, de la etnia hutu, inició el exterminio sistemático de la población tutsi. Las masacres desencadenaron desplazamientos de población masivos hacia Tanzania, Burundi y Zaire. El campamento de refugiados más grande y precario se asentó alrededor de la ciudad de Goma, a orillas del lago Kivu.

Para ampliar: “Crónica de un genocidio anunciado: hutus y tutsis”, Javier Esteban en El Orden Mundial, 2016

Los que estuvieron allí lo describieron como “un infierno en la Tierra”. A la escasez de agua, comida y refugio se le sumaron epidemias de cólera y disentería debido a las nulas condiciones higiénicas y el agua contaminada por los excrementos de los propios refugiados, que no disponían de letrinas. Dentro de los campamentos existían altos niveles de violencia —física y sexual—, especialmente contra mujeres y niños. 48.000 refugiados ruandeses murieron en el primer mes, el 90% por enfermedades diarreicas, deshidratación, desnutrición y agotamiento, todas causas inofensivas con el tratamiento adecuado.

De nuevo, el efecto CNN actuó como llamada para ONG de todo tipo y provocó la duplicación y el desperdicio de recursos. En un entorno tan volátil e inseguro, la competición por proporcionar asistencia humanitaria empeoró aún más la situación. La organización y coordinación entre agencias fracasó nuevamente, y fue incapaz de salvar a millones que necesitaban asistencia.

Debido a la falta de control dentro de los campos de refugiados, los hutus asumieron el liderazgo mediante la violencia y organizaron zonas de resistencia donde se preparaban para reconquistar Ruanda, para lo cual desviaban masivamente ayuda humanitaria a la milicia. MSF denunció la situación y se negó a aceptar que su ayuda fuera instrumentalizada por líderes hutus cuya intención era completar el genocidio. La organización fue expulsada del país, lo que dejó a la población en manos de la marabunta de ONG que luchaban sobre terreno.

Para ampliar: “Rwandan Refugee camps in Zaire and Tanzania 1994-1995”, Laurence Binet en MSF, 2014

La crisis en Goma expuso la incapacidad de la comunidad humanitaria para planificar, prepararse y abordar emergencias complejas. Con el objetivo de profesionalizar la ayuda, en 1997 el CICR y otros organismos crearon El manual Esfera, un conjunto de estándares profesionales y normas mínimas que guíen la respuesta humanitaria.

Ganar corazones y mentes

Con una turbulenta Historia de conflictos armados, desastres naturales e inestabilidad política, Afganistán se había sumido en el olvido internacional —sufría la llamada “fatiga del donante”— hasta los atentados del 11S. Como consecuencia se desencadenó la guerra mundial contra el terrorismo. Liderada por EE. UU., esta lucha económica, ideológica y militar creó un sentimiento de paranoia en la sociedad internacional y alteró profundamente la relación con Oriente Próximo. Afganistán se convirtió en el primer frente de batalla de esta nueva guerra. Tras el derrocamiento del régimen talibán, la ONU estableció una misión para mantener la estabilidad en un contexto caótico. Las operaciones de contrainsurgencia y antiterrorismo ejecutadas por militares buscaron el apoyo de la población afgana, a la que proveyeron de alimentos, agua y medicamentos siguiendo la estrategia de “ganar corazones y mentes”.

La diplomacia humanitaria se convirtió en una herramienta política para mantener el control. Las líneas que diferenciaban a los actores humanitarios de los políticos y militares se hicieron borrosas y convirtieron a las agencias humanitarias en objetivos de ataques. El acceso a las víctimas se redujo al mínimo, lo que llevó a una pérdida del control sin precedentes, y la instrumentalización de la acción humanitaria y la consecuente pérdida de neutralidad hicieron que la ayuda a la población desplazada fuera ineficaz e insuficiente.

Para ampliar: “Espacio para respirar: El humanitarismo en Afganistán (2001-2008)”, Luis Elizondo, 2008

En 2005, con la crisis de Darfur reciente, Naciones Unidos acometió la llamada “reforma humanitaria” con el objetivo de mejorar la capacidad de respuesta mundial a las catástrofes. La principal novedad de la reforma fue introducir el mecanismo por clústeres: todo el trabajo humanitario se dividió en once áreas temáticas y al frente de cada una se asignó una agencia de la ONU. Cada agencia sería la encargada de coordinarse con el resto de ONG especializadas para abordar de forma específica cada problema y conseguir una acción humanitaria más coherente.

El juego desesperado en la lucha humanitaria

Usos, abusos y desusos

13 años después de la reforma humanitaria, la situación sigue siendo crítica. Los cambios han traído una mejor organización, pero los mecanismos de respuesta siguen siendo lentos debido al complejo sistema burocrático. En 2016 se realizó la Cumbre Mundial Humanitaria en Estambul; pese a las altas expectativas, fue una absoluta decepción. La ausencia de los líderes mundiales —en particular de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad— evidenció el poco interés político en mejorar el sistema humanitario. Tras días de reuniones, tan solo se lanzaron denuncias generales y se acordaron compromisos de dudoso cumplimento.

Para 2018 la ONU ha solicitado 22.500 millones de dólares para atender a las personas en situación de emergencia. El pasado año solo recibió el 57,6% de los fondos que solicitó, lo que implicó que el 40% de los llamamientos de emergencia no fueron cubiertos. Siria, Yemen, Irak, Sudán del Sur y Etiopía se enfrentan a crisis humanitarias de dimensiones desproporcionadas. El genocidio perpetrado en Myanmar contra los rohinyás ha provocado una crisis de refugiados en Bangladés. La situación es crítica en República Democrática del Congo, República Centroafricana, Nigeria, Somalia y Afganistán, crisis consideradas como crónicas después de más de 15 años de conflictos y hambrunas.

El juego desesperado en la lucha humanitariaCrisis principales en 2018. Fuente: ACAPS

La asistencia humanitaria se ha incluido dentro de la lógica de la guerra y, a pesar de salvar vidas y proteger a civiles, también tiene efectos muy negativos: prolonga el conflicto, expone a las poblaciones, favorece la creación de mercados de armas y estimula el crimen. Todos estos efectos se han visto incrementados por la instrumentalización de la ayuda humanitaria por parte de los Gobiernos, que la han incorporado a sus políticas de seguridad. Esto se debe en gran parte a la retórica de contraterrorismo que ha dominado el escenario internacional desde la intervención en Afganistán y que ha tenido continuación en Irak, Libia, Siria y Yemen. Fortalecer y garantizar la neutralidad e independencia del sector humanitario será esencial para que pueda salir de la crisis de legitimidad en la que se encuentra.

Para ampliar: “La acción humanitaria en 2016-2017: usos, abusos y desusos del humanitarismo en el escenario internacional”, F. Rey Marcos y J. A. Núñez Villaverde en MSF, 2017

El juego desesperado en la lucha humanitaria fue publicado en El Orden Mundial - EOM.


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