Revista Ciencia

El ladrón de luz

Por Alma Ruiz Velasco @almaruizvelasco

Después de un miércoles desesperanzador tuve la dicha de visitar la Reservación de los Indios Navajo en el norte de Arizona. Hay algo en el hecho de cruzar una frontera abierta y entrar en una nación semi-autónoma que me levantó el ánimo y me devolvió la fé en la humanidad.

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Según Google maps, el trayecto de Flagstaff a Kaibeto era de solo dos horas y 15 minutos. No le crean. Hice más de cuatro horas de la puerta de mi casa hasta que entré al salón de ciencias de la escuela primaria. Obviamente el grupo que iba a visitar ya estaba en otra clase así que la maestra me dijo que ya que estaba ahí podía platicar con los muchachos en turno. Tengo que admitir que estaba muy nerviosa. Con el ambiente político al rojo vivo y una horrible incertidumbre en el futuro, lo último que quería era ser parte del exterminio de una cultura que a duras penas se aferra a sobrevivir en un mundo patriarcal y dominado por blancos supremacistas. 

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Ahí iba yo sola en una carretera sin fin, escuchando música subversiva y cuestionándome mi papel en todo esto. ¿Quién era yo para irles a decir que es correcto y que no lo es? ¿con que derecho me presentaba en su territorio con la presunción de que yo sabía algo de la vida o del Universo? Pero me recibieron con amor y compasión. Los niños tenían curiosidad y querían platicar sobre agujeros negros y sobre qué pasaría si en lugar de Júpiter tuviéramos otra estrella. Me sentí bienvenida y hasta logré improvisar más de una hora de clase con un grupo que nunca me había visto en su vida.

Al regreso me tomé todo el tiempo del mundo para saborear los impresionantes paisajes y capturar esa sensación de libertad que solo se experimenta cuando hay paz en el corazón.

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Les quiero compartir unas cuantas fotos (que pueden ver en tamaño completo al hacer click sobre ellas) y una leyenda que, desde mi punto de vista, me parece muy adecuada a los tiempos que estamos viviendo. Según el libro de donde hice la traducción*, esta leyenda no es específicamente del pueblo Navajo sino que pertenece a la tribu Tsimshian del pacífico noroeste; Leyendas similares aparecen en la cosmovisión de las tribus del suroeste y por eso decidí compartirla por este medio. Lo hago con sincero respeto y admiración y espero no ofender a nadie.

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El Cuervo roba la luz del Sol

Hubo un tiempo en el que solo había oscuridad, nunca había luz de día. Gigante se puso su piel de cuervo y abandonó los cielos, volando sobre las aguas por mucho tiempo. Cuando estuvo muy cansado, dejó caer una piedrita redonda que su padre el jefe le había regalado. Ésta cayó al mar y se convirtió en una gran roca, donde se posó para descansar. Luego voló hacia el este nuevamente hasta que llegó a tierra firme en la desembocadura del Rio Skeena, y ahí esparció hueva de salmón y de trucha diciendo: “Que cada río y arroyo tengan todo tipo de peces!”. Abriendo una vejiga seca de león marino que había empacado con fruta, la esparció sobre la tierra diciendo: “Que cada montaña, cerro, valle y planicie se llene de estos alimentos!”.

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Cuando el cielo en este mundo de oscuridad se despejaba, había un poco de luz proveniente de las estrellas, pero cuando estaba nublado todo era una noche oscura. La gente estaba angustiada por esta causa, y Gigante lo estaba también cuando se dio cuenta de lo difícil que era encontrar comida en la oscuridad. Había luz en el lugar del que provenía, así que decidió traerla. Poniéndose su piel de cuervo, voló hacia arriba hasta que encontró el agujero en el cielo y lo atravesó. Se quitó la piel de cuervo y la puso cerca del agujero, luego viajó hasta llegar a un manantial cerca de la casa del jefe del cielo. Ahí se sentó y esperó.

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Muy pronto la hija del jefe apareció con una pequeña cubeta para recoger agua. Cuando Gigante la vio acercarse al manantial se transformó en una hoja de cedro y se posó flotando sobre el agua. Sin darse cuenta de la hoja, la hija del jefe tomó un poco de agua y se la tragó.

Poco tiempo después ella quedó embarazada y dio a luz a un niño. El jefe y su esposa estaban muy contentos y criaron al niño que creció fuerte y empezó a gatear. Sin embargo el niño empezó a llorar “Hama, hama” todo el tiempo. Nada de lo que hicieran lograba calmarlo, hasta que finalmente el jefe llamó a sus consejeros y les preguntó porqué el niño lloraba.

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Uno de los hombres escuchó el llanto del niño y los entendió. Le dijo al jefe: “Él llora por la “, la caja donde se guardaba la luz del día y que se encontraba colgada en una esquina de la casa del jefe. Era lo que Gigante recordaba de cuando había descendido a nuestro mundo. El jefe inmediatamente ordenó bajar la  y ponerla cerca del fuego. En ese momento el niño dejó de llorar y empezó a jugar con la caja por cuatro días, hasta que el jefe se acostumbró a sus juegos y dejó de notarlos. Entonces el niño (quien en realidad era Gigante), tomó la , la puso en sus hombros y corrió fuera de la casa. Cuando lo vieron, alguien dijo “Gigante se escapa con la !”, y todos los habitantes del cielo lo persiguieron. Pero él llegó al agujero del cielo, se puso la piel de cuervo y bajó volando con la , así que sus perseguidores regresaron a sus casas.

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Esta vez Gigante comenzó en la desembocadura del rio Nass y viajó en la oscuridad. Después de un tiempo escuchó el ruido de la gente, quienes se encontraban pescando olachen con bolsas de red desde sus canoas. Sosteniendo la , Gigante se sentó en la orilla del rio y le pidió a los hombres que le arrojaran uno de sus pescados. Ellos se negaron, llamándolo mentiroso, aunque estaba usando su piel de cuervo, ellos sabían que se trataba de Gigante.

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“Láncenme un pescado, o romperé la !” dijo Gigante. Aún así ellos lo regañaron y se burlaron de él. Gigante volvió a pedirles pescado cuatro veces y luego rompió la . En ese momento hubo luz de día. El viento del norte empezó a soplar muy fuerte, y todos los pescadores, que de hecho eran ranas, fueron arrastrados rio abajo hasta que llegaron a una gran isla montañosa. Aquí las ranas intentaron subir pero estaban congeladas por el viento helado y se convirtieron en piedras y quedaron pegadas a la roca. Hasta el día de hoy todavía están ahí, y hasta el día de hoy todavía hay luz de día en el mundo.

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*“American Indian Myths and Legends”. Compilación de Richard Erdoes y Alfonso Ortiz.Ed. Pantheon (1984).


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