Revista Arte

El Lucifer que todos llevamos dentro

Por Nuevemusas

El Anticristo, del director danés Lars Von Trier (Rompiendo las olas, Bailando en la oscuridad, Dogville, Los idiotas), no es, ni de lejos, una película para todos los públicos.

El Lucifer que todos llevamos dentroCreo que empecé a verla mucho antes de entrar en la sala. Aproximadamente una semana antes leí críticas, busqué información por Internet y sucumbí también al halo seductor que acompaña al film y a la figura de Von Trier, artista engreído, misterioso, atormentado, a la par que inteligente y, posiblemente sin demasiada intención, vendedor de sí mismo.

En la rueda de prensa de la película, en el pasado Festival de Cannes, escoltado por los dos protagonistas del film, únicos actores humanos junto con un bebé, Lars Von Trier se defendió de un periodista que le pidió explicaciones por la dureza de la película con extrema soberbia, como supongo hacía Dalí o muchas estrellas del rock. Contestó que hacía películas para él mismo, que los espectadores eran sus invitados y que no sentía la necesidad de explicarse. Me encanta su arrogancia.

Dos años antes del estreno del film, el director danés escribió el guión y fraguó la película sumido en lo que entiendo como un episodio depresivo mayor. El Anticristo fue para él una terapia. Creo que el film es, de hecho, una terapia, la que intenta la pareja que tiene que afrontar la muerte de su hijo. Éste se defenestra mientras la pareja hace el amor. Él, psicólogo, procesa aparentemente bien el trauma, realiza el duelo y pretende ayudar a su mujer a realizarlo también. Pero ella, sumida en una profundísima depresión, se hunde cada vez más.

La película tiene continuas referencias a la salud mental, los trastornos mentales, la psiquiatría, la psicología, los psicofármacos, el duelo, etc. No hace falta agudizar mucho el ingenio para caer en la cuenta de que el director nos muestra, así también, algo de sí mismo. Cabe decir que es una terapia un tanto extraña, bella por lo que tiene de catártica, de limpia, pero, digamos, arriesgada.

Francia es un país extraño. El Festival de Cannes llenó de gloria a Lars Von Trier el año que presentó allí Bailando en la oscuridad, protagonizada por la, también excéntrica, cantante Björk. La actriz protagonista de El Anticristo, Charlotte Gainsbourg, se llevó la palma de oro por su interpretación. Está realmente convincente la francesa, en un papel que debió ser durísimo. Debió ayudarle mucho tener al lado a uno de los mejores actores de los últimos treinta años, un ya mítico Willem Dafoe (La última tentación de Cristo, Nacido el 4 de Julio, El paciente inglés, Platoon, American Psycho). No acostumbra a elegir malos papeles, casi siempre de reparto. Es un actor forjado en el teatro, que sufre los papeles, si ven El anticristo entenderán por qué.

Son ellos, los actores, los que están geniales en la película. Ésta dependía de ellos. También, supongo, de que pudieran sobrevivir a Von Trier, que los colocó justo en el centro de la diana. Debió haber mucha unión entre ellos tres para soportar el dolor, la sangre, el sadismo, los desnudos integrales y, sobre todo, el sufrimiento vicario al meterse en la piel del que está roto por dentro.

La fotografía es espléndida, también el sonido, que acompañan el dolor, lo van acompasando. Pero no se confíen, no hay tregua, no hay uno de esos trechos en el film para descansar, para ver una luz al final del túnel. Lars Von Trier les va a llevar de la mano al silencio, al grito, al dolor físico y mental, a la oscuridad, al miedo. No hace falta haber leído a Dante, a Schopenhauer o a Nietzsche, que están invitados también al pase; hasta ahí podríamos llegar, si le dieron vueltas, como el danés, al lado más oscuro de nosotros mismos.

No es una película agradable, no es fácil. Tampoco lo es la vida. Si quieren mentiras piadosas vayan a la sala de al lado. Verán, con casi total seguridad, algún espectador abandonando la sala. No son como ustedes. Ustedes y yo estamos invitados a la cena. Presidiendo la mesa, un hombre de barba, de ojos pequeños, fino y sosegado en sus maneras, discípulo de Tarkovsky, de Bergman (ambos renegaron de él), fundador del cine dogma, levanta la copa de vino tinto y, con mirada profunda, nos mira y brinda con nosotros, por el Lucifer que todos llevamos dentro.

El Lucifer que todos llevamos dentro Pedro Rico

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