Amparados en la oscuridad del portal de su casa, se despidieron con un beso, dos, mil más. Inés sabía que sus mejillas aún estaban arreboladas por lo sucedido, no tenía ni idea de cómo podría salir al día siguiente a la calle, segura de que cualquiera se daría cuenta de lo que había hecho, del cambio que aquella experiencia ya estaba provocando en su ser. Y sin embargo ya nada le importaba, sólo la boca de Juan en la suya, y sus manos estrechándola contra su pecho.—Nos vemos mañana.—Sí... Sí.—Entonces hablaremos con calma.—No pensaba en hablar —rio Inés, más descarada a cada instante.—En verdad estás algo loca. —Juan la besó de nuevo y luego la empujó suavemente hacia la puerta entreabierta—. Qué descanses.—No creo que pueda dormirSe detuvo en el arco de la entrada, la suave luz del pasillo iluminando apenas sus rasgos. Juan pudo al fin ver su rostro sonrosado y sus ojos somnolientos en los que aún brillaba un rastro sensual que volvía a excitarlo como si no hiciera menos de una hora que la había tenido en sus brazos.—Inés...—¿Sí?—Dile a tu padre que mañana vendré a pedirle tu mano.—¡No! —Inés dio un paso atrás alarmada, recordando que él no quería casarse, que renegaba del matrimonio. ¿Qué futuro tendrían juntos si él sólo pedía su mano por obligación? Porque ella, sí ella, le había seducido, se le había entregado sin reparos y nunca había pensado que con ello le podía estar tendiendo una trampa. Ni quería que él algún día se lo reprochase—. ¡No!Cerró la puerta a su espalda, para evitar que Juan le pidiese explicaciones. Con la espalda apoyada contra la madera aún le escuchó llamarla, Inés, Inés, por dos veces. Corrió por el pasillo, huyendo de su voz, mientras los candelabros se apagaban generosos, para no iluminar su consternación.
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Amparados en la oscuridad del portal de su casa, se despidieron con un beso, dos, mil más. Inés sabía que sus mejillas aún estaban arreboladas por lo sucedido, no tenía ni idea de cómo podría salir al día siguiente a la calle, segura de que cualquiera se daría cuenta de lo que había hecho, del cambio que aquella experiencia ya estaba provocando en su ser. Y sin embargo ya nada le importaba, sólo la boca de Juan en la suya, y sus manos estrechándola contra su pecho.—Nos vemos mañana.—Sí... Sí.—Entonces hablaremos con calma.—No pensaba en hablar —rio Inés, más descarada a cada instante.—En verdad estás algo loca. —Juan la besó de nuevo y luego la empujó suavemente hacia la puerta entreabierta—. Qué descanses.—No creo que pueda dormirSe detuvo en el arco de la entrada, la suave luz del pasillo iluminando apenas sus rasgos. Juan pudo al fin ver su rostro sonrosado y sus ojos somnolientos en los que aún brillaba un rastro sensual que volvía a excitarlo como si no hiciera menos de una hora que la había tenido en sus brazos.—Inés...—¿Sí?—Dile a tu padre que mañana vendré a pedirle tu mano.—¡No! —Inés dio un paso atrás alarmada, recordando que él no quería casarse, que renegaba del matrimonio. ¿Qué futuro tendrían juntos si él sólo pedía su mano por obligación? Porque ella, sí ella, le había seducido, se le había entregado sin reparos y nunca había pensado que con ello le podía estar tendiendo una trampa. Ni quería que él algún día se lo reprochase—. ¡No!Cerró la puerta a su espalda, para evitar que Juan le pidiese explicaciones. Con la espalda apoyada contra la madera aún le escuchó llamarla, Inés, Inés, por dos veces. Corrió por el pasillo, huyendo de su voz, mientras los candelabros se apagaban generosos, para no iluminar su consternación.
