Revista Cultura y Ocio

El oficio de la taxidermia

Publicado el 21 noviembre 2013 por Srabsenta @srabsenta

El oficio de la taxidermia
Lluís Soler i Pujol pasó a la posteridad como el taxidermista de la Plaza Real, mientras su comercio es recordado como “el museu de les bèsties. La tienda aún sigue en la memoria de muchos barceloneses y eso la gente de la Fundació Setba lo sabe. Razón por la cual le ha dedicado esta exposición que estará abierta al público hasta enero de 2014.De Lluís Soler Pujol les puedo contar que nació en Santpedor, que era el segundo de nueve hermanos y que, en principio, iba para clérigo. No porque quisiera sino porque ese era el deseo de sus progenitores. A Lluís, en cambio, le gustaban las ciencias, por lo que abandonó la teología  y se vino a Barcelona para licenciarse en Ciencias Naturales. Acabados los estudios, se colocó como discípulo de Francesc Darder. El que fuera director de la Colección zoológica del parque de Barcelona y responsable del negro disecado del museo de Banyoles. Ese que hace años provocó tal revuelo que hubo que sacarlo dela vitrina en la que estaba expuesto, llevarlo a Gaborone (donde nació) y darle un funeral digno en el año 2000. Lo curioso de esta historia es que, 10 años después de enterrarlo con todos los honores en el parque de Tsholofelo, su tumba acabó medio abandonada, cubierta de basura y ejerciendo las funciones de banderín de córner en los partidos de fútbol de los chicos del barrio. Para saber más sobre ello recomiendo leer esta crónica de Xavier Aldekoa del 4 de octubre de 2010. 

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El negro de Banyoles, según un dibujo de un catálogo de F. Darder (1888)

Lluís Soler aprendió el oficio de la taxidermia con Darder hasta que el maestro cerró el negocio y Soler se estableció por su cuenta en un local de la calle Raurich, 16-18, y Heures 8-10 en 1889. En ese primer comercio estaban expuestos un oso, un ciervo, leones, unos cuantos esqueletos y otras tantas aves. Luego, el local se trasladaría al número 9 de la calle Raurich (esquina con la calle Ferran) para después moverse a la Plaza Real, 10 y, finalmente, instalarse en el local contiguo del número 8, donde antaño hubo el Café Español, del que Àngel Guimerà era un cliente fiel.

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Interior de la tienda de la C/ Raurich 16-18
("Manual de Taxidermia", 1908, Lluís Soler)

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En la nueva ubicación Soler disecó animales que ahora se pueden ver en la Fundación Setba. Un ejemplo son estos halcones atacando una paloma en el campanario de la Iglesia del Pi (Barcelona).
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Otro es la cría de rinoceronte que Dalí le encargó y que, una vez terminado, salió a lomos de él siendo fotografiado por Postius.

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Foto: Postius

Hoy en día, el rinoceronte forma parte de la colección del Museo de Ciencias Naturales El Carmen (en Onda, Castellón) junto a un centenar de animales disecados por Palaus, entre los cuales se encuentra la célebre elefanta “Perla” del zoo de Barcelona.
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En cambio, me consta que no se conserva la ballena que desapareció durante la Guerra Civil ni la familia de gorilas de enormes dimensiones, disecados en 1904 con la piel y los cráneos que recibió Lluís Soler. Por cierto que los Soler, para disecar, solo utilizaban la piel y los cráneos de los animales. Luego, los rellenaban por dentro con estopa y algodón.
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Joan Miró vivía en el Passatge del Crèdit y solía pararse a contemplar el espectáculo que ofrecía tanto bicho junto aunque nunca entró a comprar.  Incluso hay una foto de Francesc Català-Roca que lo certifica.
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Personajes famosos con los deseos más extravagantes frecuentaban el museu de les bèsties”. Dalí era su mejor cliente. Solía pasar por la tienda un par de veces al año y, a parte del rinoceronte, pidió disecar un tigre, un león y 200.000 hormigas. Desgraciadamente, este último encargo fue imposible de realizar. Mario Cabré quiso impresionar a Ava Gardner al regalarle la cabeza de un toro que él mismo le brindó. Anteriormente, incluso el rey Alfonso XIII había solicitado los servicios de Lluís Soler para que le preparara la cabeza de un caballo blanco.
En los buenos tiempos, Lluís Soler tenía 50 empleados a su disposición. Eso era a principios de los años 20. Poco después, en marzo de 1923, Lluís Soler moría. Su viuda heredó la empresa y se encargó de ella hasta que su yerno (Josep Palaus) la sucedió y dirigió el negocio toda su vida, exceptuando un par de años (durante la guerra civil) en que unos miembros de la FAI se lo llevaron “de paseo”. Por suerte, a uno de ellos le cayó en gracia y lo salvó de morir. Acabada la guerra, Josep Palaus le devolvió el favor.Anna Soler (hija de Lluís Soler y viuda de Josep Palaus desde 1979) fue la siguiente en estar al frente de la tienda hasta que ella también falleció. Ocurría en 1986 y entonces el taxidermista ya no era lo que fue ni tampoco la Plaza Real estaba en su mejor momento. Motivo por el cual tres de los hijos de Anna Soler decidieron abrir dos nuevas tiendas en Barcelona y mantener la de la Plaza Real.

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Vitrina de la tienda de la Pl. Real captada por la cámara de Toni Catany

Era a finales de los 80 cuando El Periódico publicó un artículo de Óscar Hernández acerca del taxidermista y, donde los responsables del local, contaban que no les gustaba disecar animales domésticos. Intentaban evitar este tipo de encargos y una de las tácticas utilizadas era fijar unos precios astronómicos por la disección de un perro o un gato para hacer desistir al propietario del animal muerto. Aun así, no siempre lo conseguían. Por el contrario, sí que les gustaba preparar bestias salvajes del tipo tigres de bengala, leones y elefantes que conseguían comprándolos al zoo (o a los circos) cuando los animales morían.En 1991, un año antes de los Juegos Olímpicos de Barcelona, el Taxidermista de la Plaza Real cerraba sus puertas, se transformaba en un restaurante y Lluís Permanyer se lamentaba de ello en un artículo publicado en La Vanguardia, el 23 de octubre.
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Carme Palaus, la hija que se había encargado de la tienda hasta el final, buscó un nuevo local (mucho más pequeño) al otro extremo de la ciudad. “Carme Palaus. Ciències Naturalsrezaba el rótulo de la entrada y se encontraba en el barrio de Sant Andreu. Concretamente, en la Plaza de las Palmeras, 15. Lugar que se mantuvo abierto mientras ella y su marido vivieron y sobre los que Ignacio Vidal-Folch escribió.

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