
Su géneris se encuentra en la propia vivencia personal de Charlotte Perkins Gilman. Un relato breve perturbador. El papel pintado amarillo puntal en la literatura feminista norteamericana, su autora quiso denunciar el enclaustramiento mental y físico al que se sometía a las mujeres por parte de los maridos, hermanos y médicos. No pensar, no hacer, no molestar. La tiranía de vivir para criar y figurar era terrorífica en el siglo XIX. Es el descenso a la locura de una mujer incomprendida de clase acomodada con depresión postparto. Sometida a un encierro forzoso por su médico, que a su vez, es su marido y acompañada de su cuñada, en una antigua mansión para pasar el verano. A partir de ahí, lo único que le queda es observar la realidad material que tiene delante. A caballo de un aburrimiento mortal, la obsesión hace mella en sus facultades mentales. La experiencia angustiosa de la mujer que ve movimientos y expresiones en el papel pintado de la habitación donde está recluida y que llagará a estar convencida que hay una mujer que lucha por salir de él. La protagonista tratará de salvar a esa extraña mujer de su enclaustramiento que también es el suyo. Una dura crítica a los procesos de psiquiatría de la época y la deshumanización del paciente. Es un demoledor alegato contra el sesgo de género en la práctica médica, los roles sociales, las restricciones del matrimonio, la sumisión y las expectativas limitadas para las mujeres a finales del siglo XIX. El relato culmina, como cabría esperar, en un desenlace frenético, espejo de la locura total del personaje principal. Charlotte Perkins, en forma de diario, revive el perverso tratamiento al que tuvo que someterse después de caer en una depresión postparto. Os llevará de la mano hasta la puerta de la locura, algo hipnótica y poderosamente desconcertante. Vaya por delante, que la extensión no garantiza mayor impacto, ya que hay relatos que condensan todo lo necesario para adentrar al lector en situaciones sumamente complejas. La escritura será su modo de dar forma a la angustia e indefensión hasta la neurosis final que cierra el relato. Este relato, escrito desde la grieta de aquello que parece desintegrarse atrapa al lector profundamente y lo lleva hasta su máximo estreno, y lo arrastra por la senda oscura y difusa. Para ello se sirve de una voz narrativa en primera persona que os sumergirá en una realidad distorsionada, primero por detalles sutiles y después por una creciente sensación de desasosiego. La prosa como la estructura corresponde a una obra adelantada a su tiempo, moderna en su concepción, con recursos narrativos que rozan el surrealismo. Esta escrito de una forma que envuelve al lector y lo incluye en la mete de la protagonista, un lugar del que una quiere salir inmediatamente Es exasperante. Los pocos personajes que aparecen en el relato están descritos entre líneas, pero de una manera obvia, especialmente a través de los silencios de la narradora. Al encontraros ante una obra tan breve, el zoom que la autora hace de las descripciones es menor. Esto se añade a las exiguas acciones y a las descripciones de los personajes que, con dificultad, consiguen tejer una historia compleja. Veréis la psicología de la protagonista y gracias al contexto y a la realidad oculta detrás de la historia que se explica conseguiréis comprender el valor de su significado. La protagonista se os presenta inicialmente como la típica mujer victoriana, obediente, complaciente con su marido, atrapada en una vida regalada pero frustrante, claustrofóbica y opresiva. La autora no escatima su visión hacia la institución, mostrando una relación con el marido de sometimiento y una sensación de desolación y desafección. Leer a Gilman tiene algo de iluminación macabra. Desapareces ahí dentro, y apareces al final del relato preguntándote qué ha pasado, y dónde está el papel pintado. ¿Has logrado, tú también, escapar, como todas esas otras mujeres?
