Revista Espiritualidad

EL REINO DEL SILENCIO (Junio 2010)

Por Srigangamata @SRIGANGAMATA

Un fenómeno:

Se llama “consistencia” y es la respuesta del cerebro a la ansiedad del desconocimiento.

El cerebro no tolera el “vacío”, así, cuando no tiene datos suficientes “Supone”, “Conjetura”.

Un mecanismo que se conoce desde lo social como una costumbre de mal gusto y educación, pero que es mucho más que eso… es un tóxico de la mente y al poco tiempo del alma.

Los toltecas hablaban del fenómeno de las suposiciones, y lo incluyeron como algo cardinal en sus “4 Acuerdos” calificándolo como una fuente principal del “Mitote” (la alienación en la ilusión).

Y la toxicidad se debe a que cuando conjeturamos no nos basamos en el otro, ni en la información objetiva, ni en deducciones…

Nos basamos en nuestra historia, en nuestra experiencia, en nuestros miedos, en nuestros fantasmas, justamente, porque al no hablarnos, poco y nada sabemos del otro…

Así, paradójicamente, cuando suponemos por “consistencia” tratando de llenar “la ausencia” del otro… es cuando más nos alejamos, cuanto más ausente está.

Pero es un fenómeno casi automático.

Un paliativo para la angustia que produce la ansiedad por saber… por conocer, por no quedar en el vacío, por llegar.

Un hecho:

Vivo, leo, busco, exploro. y sobre todo, por pasión, soy una herramienta bien entrenada.

Muchos son los paisajes interiores de soledad… de desconcierto… de distancia emocional… de alejamiento… de finales tormentosos… de inicios tormentosos. Puedo “sentir” el agotamiento emocional tras las palabras.

Y lo que más me llama la atención es que en casi todos ellos hay preguntas recurrentes

Por Qué?

Cómo?

y “La Suposición” está presente en muchas de las respuestas implícitas de estos tormentos.

Vivir “la humanidad” es difícil.

Y de entre sus dificultades, sin comparación, las dos mayores son Sentir y Comunicarse “humanamente”.

Tenemos miedo a abrirnos, porque nos han maltratado antes, y si no ha sido a nosotros ha sido a nuestros padres que nos lo han grabado “con la leche temprana, y en cada canción” (Serrat).

Así que vamos por el viejo proverbio que reza:

“el hombre es esclavo de lo que dice y amo de lo que calla”

Y buscamos ser amos.

Tener el control.

Alejarnos del daño (real o aparente, es igual, lo que vale es lo que nos vale).

Ese silencio dispara en el otro el mecanismo de “consistencia”.

El otro supone, compone, llena vacío, trata de mitigar el sufrimiento del silencio, la incertidumbre de no saber quién es en nuestro plano, qué significa para nosotros.

Y lo hace con sus luces… y sus sombras.

Saca una conclusión y opera en consecuencia.

Porque no le queda más remedio, porque nuestro silencio, nuestra exclusión lo condena a quedar varado en una espera frustrada permanente.

Pero no nos importa, porque somos los amos…amos de lo que no hemos dicho…

Y nos ofendemos…

Nos damos por ultrajados porque el otro no nos tomó en cuenta para decidir, porque el otro supuso lo que nos pasaba, lo que pensábamos, porque el otro no nos preguntó, (cuando es un hecho que  hemos evadido las preguntas)

Real o no, equivocado o no, nos escudamos impunes en el hecho de no haber dicho, de no haber afirmado (aunque nunca hemos negados tampoco), de haber sido amos del silencio para poder acusar al otro del ultraje de suponernos.

O peor, para poder menospreciar lo que el otro dedujo que sentíamos, porque dejamos que los “errores” de su conjetura, (reflejo de sus propios sentimientos, amores, temores, embelesos, sombras) se alojaran en él .

Total, verdaderos o no, siempre podríamos negarlos según la conveniencia de lo útiles que son a nuestros propósitos.

Si no:  sacamos las “Tarjetas Rojas”:

“Vos me mal interpretaste… no fue eso lo que yo quise decir”

(Claro que es bajo!!… salir indemnes no siempre es lo mismo que salir limpios)

No invertimos un minuto de empatía en el daño de nuestro silencio, en la angustia de nuestro abandono comunicacional, de la exclusión emocional.

En el desconcierto de los minutos que se fueron agolpando y que se volvieron veneno en la mente del otro , que presa de su deseo, su necesidad o su amor, construía paisajes posibles en medio de la salina que creó nuestro ostracismo.

El viejo y nunca bien maldecido juego del gato y el ratón:

Un juego mediocre, cruel,

peligroso…

Y sin embargo un juego de gran aceptación entre nosotros.

Andamos a tientas hasta que lo aprendemos, porque parece que todos tienen la clave de “cómo va el juego” menos nosotros.

Pecamos de inocentes, no maltratan, nos humillan y nosotros no sabemos que “botón” hace falta para parar la película.

Y un día…sin importa demasiado cómo, Lo aprendemos.

A veces es porque somos las víctimas de un silencio que nos mata el alma, a veces nos lo enseñan con buenas intenciones, a veces lo deducimos por ensayo y erro. No importa.

Y ya que lo aprendimos creemos que tenemos el santo y seña del mundo en las manos, la llave de la seducción, la fuente de juvencia de nuestras ilusiones protegidas.

Todos a nuestro alrededor funcionan a botonera y nosotros vamos por ahí apretando botones a diestra y siniestra.

Somos los magos de las medias palabras, los silencios estratégicos, las miradas esquivas, las cuasi verdades, las “posiblemente ciertas” sospechas…

Ni por un instante se nos pasa por la cabeza que tal vez todos funcionan a botonera porque eso es todo lo que somos capaces de ver en ellos, o porque los “sintonizamos” de acuerdo a nuestra propia bajeza… Donde está nuestro pensamiento está nuestra realidad.

Ni se nos ocurre pensar que no se puede manipular sin ser manipulado,

no se puede se “dedo” sin ser “botón”.

Creyendo que encontramos la fuente de nuestro control sobre el mundo y los otros, nos convertimos en un estereotipo que sólo puede interactuar con seres iguales, o con aquellos que no los son, pero que se dan cuenta que no es posible compartir más con nosotros y nos tratan con la deferencia que se trata a un inválido emocional.

Porque los Seres Humanos de verdad aman vivir… y vivir no es apretar botones.

De un modo similar, otras veces quedamos del otro lado…

Somos los ignorados, los negados a la palabra, somos aquellos, indefensos e inermes, de los que el otro se está defendiendo, porque en realidad libra una lucha de miedos con sus propios fantasmas.

Y tenemos sentimientos, esperanzas, angustias, necesidades.

Hemos sido “domesticados” en buena fe

(el entregarse en esclavitud para manipular, es otra historia que pronto me tocará contar pero no entra acá)

Y ahora somos dejados en silencio.

Y conjeturamos, suponemos, revolvemos dentro de nuestra propia ansiedad.

Es malo, no es correcto, es indigno, nocivo, minusvalidante, pero es prácticamente inevitable.

Las opciones son eso o la indiferencia emocional…

la muerte de nuestra fuente de vitalidad.

Hace falta mucho entrenamiento para mantenerse al margen, para aislar el silencio de otro como un campo quirúrgico, pero sobre todo hace falta estar dispuesto a hacer de una comunicación una biopsia.

Un remedo aburrido de contacto con el otro que no es lo que teníamos en mente.

Hace falta mucha valentía para decir a alguien, lo que sentimos, lo que deseamos, lo que esperamos, lo que soñamos, lo que necesitamos, lo que creeemos… lo que nos habita, pasando sobre el riesgo que implica “abrirse en canal” para mostrarse y darse.

Y ser cobarde es mucho más fácil.

Negamos lo que somos, lo que sentimos, lo que nos pasa, lo que sabemos, negamos incluso nuestras circunstancias porque como no sabemos qué hacer con ellas preferimos no mencionarlas hasta que explotan en la cara del otro y este siente que el mundo ha quedado sin cielo, y sin suelo.

Se da cuenta de pronto que no lo han tratado como un ser humano sino como un objeto que se acomoda ya aquí, ya allá, de acuerdo con la circunstancias.

Pero siempre excluido, obviado, postergado.

Nos escudamos en cuánto de difíciles son las cosas para nostros para no hacernos cargo de que tenemos un compromiso moral y afectivo con el otro, un compromiso que nosotros hemos adquirido de propia voluntad.

Y honrar esos compromisos a pesar de las ciecunstancias es una muestra de cariño y de respeto.

No podemos forzar al otro a ser esclavo de nuestros tiempo, el otro debe poder tener la libertad de elegir o no nuestras ciecunatancias y sólo la tendrá si lo participamos en ellas.

Esto no significa que tengamos qeu interrumpir nuestros procesos internos, no que tengamos que dar explicaciones que entran en el ámbito de nuestra intimidad o nuestro conflicto significa simplemente ser capaz de confia en el amor que tenemos y en le que recibimos y participar al otro de lo que nos pasa, delo que sentimos,y lo que pensamos, pidiéndole un tiempo para elaborarlo si es preciso y fijándolo en consideración al otro.

Y volver a habla y volver a pautar tiempos si es preciso y dejar al otro la libertad de aceptarlo o no.

Pero no podemos dejarlo a un costado de nuestra vida para recuperado sólo cuando sea necesario, cuando deba volver a cumplir su papel de consuelo, abrazo, contención, cariño, amistad, despeje, engranaje, arranque, reparación.

Pero elegir el miedo y traducirlo en silencios, omisiones, indiferencias o exclusiones es más fácil porque nos da la sensación de el control sobre los mundos, tanto propios como ajenos…

Sin darnos cuenta que en lo que de verdad logra es hacer que nuestro mundo sea tan asfixiantemente pequeño y pobre que puede manejarse todo con un dedo. Y en cuanto al de los otros… manejamos ciertas circunstancias a costa de el riesgo inmenso de que el otro decida que no valemos la pena el esfuerzo.

El juego del gato y el ratón es uno de los tantos hijos del miedo:

Y temo, temes, tememos,

Callo, callas, callamos,

Supongo, supones, suponemos.

y que juzgue el que esté libre del pecado…

 

UN CONOCIDO PROGRAMADOR NEUROLINGÜISTA

LLAMADO LAIR RIBERIO SUELE POSTULAR:

“SI LE MOLESTA LO QUE RECIBE, REVISE LO QUE EMITE”

Y Yo Suelo Agregar En Mis Clases:

Y Si Lo Que Molesta Es Lo Que No Se Recibe,

Revise A Quién No Lo Emite.

Puro Sentido Común.

Pura Empatía.

Una realidad:

SÍ!

Somos amos de lo que callamos…

Los amos absolutos en un reino en el que sólo hay espacio para nosotros.

Los reyes de un desierto de soledad y silencio.

Reyes que se llenan de palabras altisonantes e imágenes idealizadas de sí mismos para poder acallar el silencio ensordecedor…

hasta que un día algo sucede, y nos obligan a quedar callados, a no poder distraernos en defensas y retóricas, en proyectos vacíos de futuros que nacerán mágicamente porque ni los estamos construyendo…

Y de pronto todo el silencio cae sobre nosotros hasta dejarnos sordos.

Para ser honesta,

(y sin importar lo que me gustaría creer de mí,)

no creo que haya sido ni mi crecimiento,

ni mi necesidad de darme,

ni mi búsqueda interior por tratar de emitir correctamente,

o por aprender a valorar a quién me escucha

que he dejado de jugar al silencio.

Ha sido mucho menos noble.

Creo que yo he dejado de callar más por claustrofobia que por valentía.

O lo que es lo mismo…

Por miedo al encierro, más que por libertad.

Porque los miedos que engendran al silencio pueden ser tan inmensos y tan aterradores que no dejan mover y al mismo tiempo se apoderan de nuestras voluntades como de marionetas sin cabeza.

NAMO VHA!!



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